Puede que a primera vista parezca extraño, pero en al-Ándalus también existían leyendas épicas comparables a las de los reinos cristianos. Este artículo trata de una de ellas protagonizada por el rebelde muladí (hispano convertido al islam) Bahlul ben Marzuq, quien se alzó con el poder en las ciudades de Zaragoza y Huesca entre los años 797 y 801 tras rebelarse contra el emir al-Hakam I de Córdoba y los Banu Salama de Huesca.

La historia ha llegado a nosotros gracias al almeriense al-Udrí (1003-1085), un geógrafo e historiador que escribió una obra llamada Tarsi al-ajbar wa-tanwi al-atar wa-l-bustan que trataba sobre los desórdenes que habían ocurrido en la Marca Superior y otras zonas de al-Ándalus.

Existe un interesante estudio de José Fradejas sobre las semejanzas entre esta historia y las gestas francas así como referencias en otras leyendas épicas medievales, como muestra de una posible influencia de la épica árabe en la épica provenzal. A continuación se transcribe el texto traducido las gestas de Bahlul tal y como las tradujo Fernando de la Granja en su artículo La marca superior en la obra de Al-Udri:

 

El mal gobierno de los Banu Salama de Huesca

Hoy en día no hay en Huesca verdaderos árabes descendientes de aquéllos [los que conquistaron Huesca tras la invasión del 711], aparte de los que se glorian de ser del linaje de los que por entonces se convirtieron.

 

Aquellos árabes continuaron afincados [en al-Askar, Angáscara (Huesca)] hasta que se sublevaron los Tuyibíes Banu Salama, proclamaron abiertamente su rebeldía y atacaron a los que se mantenían leales, pero tuvieron una política desacertada y demostraron su veleidad, hasta el punto de que uno de ellos lanzó un halcón contra una gallina, pero el halcón se apartó de ella y fue a posarse sobre un niño al que su madre daba el pecho. La madre intentó apartar de su hijo el halcón, pero el valí se lo impidió y permitió que el halcón devorara al niño hasta que quedó saciado.

 

La profecía de Ibn al-Mugallis y Marzuq ben Uskara

Al cometer públicamente los Banu Salama hechos como este y otros semejantes, las gentes pusieron el grito en el cielo y acudieron horrorizados a uno de los santos varones de Huesca, conocido por Ibn al-Mugallis, virtuoso y sumamente temeroso de Allah y entregado a la vida ascética. Descendía de los árabes y decían que era cliente de al-Hasan, el padre de ‘Abd Allah ben al-Hasan, cadí de Huesca. «Ves sobradamente, le dijeron, la arbitrariedad, la expoliación y la iniquidad que estamos sufriendo a causa de los Banu Salama. Queremos que con tus oraciones se realice el milagro: pide a Allah en favor nuestro por si se digna librarnos de su opresión.» Pidió, pues, a Allah en favor de ellos, y la situación de los Banu Salama sufrió un cambio, y Allah les deparó a Bahlul ben Marzuq, del que se ha hecho mención antes, al hablar de los rebeldes de Zaragoza.

 

La causa fue, a más del cambio de situación de los Banu Salama que a Allah plugo hacer, que un hombre les llenó de desasosiego con estas palabras:«Vuestro poder declina, y la causa viene de la región de Barbitaniya [Barbastro]». Deliberaron y llegaron al convencimiento unánime de que la amenaza partiría de Marzuq ben Uskara. Este Marzuq tenía treinta hijos varones, y había llegado por el norte hasta el castillo de Qars Muns [¿La Puebla del Castillo?], en los alfoces de Barbitaniya, que es un castillo inexpugnable, del que eran dueños en su mayor parte él y sus hijos. Los Banu Salama se propusieron capturar a Marzuq y a sus hijos dondequiera que estuviesen y confinarlos en el castillo de Barbitaniya. «¿Por qué  queréis expulsarnos de nuestro solar, les dijo Marzuq, siendo así que no somos gentes de quienes tengáis que temer nada? Venid más bien, y aseguraos de nuestra fidelidad mediante rehenes.» Los Banu Salama aceptaron sus palabras y tomaron y se llevaron rehenes, entre ellos a aquel Bahlul, que era el más apuesto de los hermanos, al que el valí de Huesca encerró en la Sudda [el palacio del valí].

 

Bahlul se escapa con una esclava

Estando en ella se asomó a verle una esclava de Ibn Salama, el señor de Huesca, destinada a su harén, y en cuanto vio lo apuesto que era, quedó cautivada y le hizo la promesa de sacarle del alcázar. Él se mostró conforme, y salieron de noche, llevándose la mayor parte de las riquezas de Ibn Salama. Cuando su señor la echó de menos, corrió a ver a Bahlul, y descubrió que también éste había desaparecido. Poniéndose en lo peor, montó a toda prisa y llegó de noche a Qasr Muns, donde estaba el padre de Bahlul. Encontró a todo el mundo dormido, sin muestras de actividad, les cogió por sorpresa y les preguntó: «¿Qué es lo que ha hecho Bahlul?». «No sabemos nada de él desde que lo dejamos en vuestro poder como rehén», le contestaron. Pero él no se conformó con sus palabras y mostró el propósito de buscarle entre ellos. Entonces le dijeron: «Toma nuestros juramentos y a nuestros hijos. No podemos ofrecerte nada más.» Con aquellas palabras quedó apaciguado.

 

Cuando la noche volvió a la calma, Bahlul, en compañía de la muchacha y llevando las riquezas, pidió a su padre que le protegiera, pero éste le dijo: «Si no te vas de mi lado te pondré en manos del que te anda buscando». Bahlul huyó entonces con la muchacha y las riquezas y llegó a tierras de Barcelona, donde tenía unos tíos por parte de su madre, y en ellas vivió algunos años, al cabo de los cuales, hastiado de permanecer allí, partió en dirección del pueblo de Selgua, en el llano de Barbitaniya, dependiente del amal de Barbastro, donde vivían su hermana y su cuñado. Al entrar  a ver a su hermana, le dijo: «No temas. Soy tu hermano Bahlul, al que le ha pasado esto y lo otro.» Ella lo reconoció y quedó tranquila.

 

Bahlul se rebela contra los Banu Salama

El amil por aquel entonces de los Banu Salama en este pueblo de Selgua imponía a sus habitantes duros trabajos, y les sometía a toda clase de obligaciones y deberes. Uno de los que sufrían estas arbitrariedades era el marido de la hermana de Bahlul. Cuando ella le envió recado para que viniera a casa, el amil no se lo permitió, pero al insistir la mujer acabó por dejarle. Vino y se encontró con Bahlul, al que puso al corriente de cuanto pasaba. Mientras se desahogaba con él, apareció pronto el criado del amil, con la orden tajante de que volviera al trabajo. Bahlul le pidió y rogó al criado que le dejase con él el resto del día, pero el otro se negó y le dijo: «Ven tú, trabaja  en lugar suyo y te lo dejo». Aquello tenía lugar en la época de la recolección. «Ciertamente, le dijo Bahlul, voy a terminar de mala manera la cosecha de los cereales de los Banu Salama si no miro por mí». Arremetió con su espada contra el criado y le dio muerte. Consideró luego lo que acababa de hacer y las consecuencias que tendría, y tuvo miedo de perderse. Entonces se dirigió a donde estaba el amil y lo mató. Pensó en lo que había hecho, se volvió a su cuñado y a los habitantes de Selgua, y les dijo: «Todos nosotros hemos matado al amil de los Banu Salama y a su criado. Conocéis bien su iniquidad, sus atropellos y su veleidad, ¿qué os parece que hagamos con ellos?» «Dinos qué es lo que piensas tú y te seguiremos», le contestaron. «Mi opinión, dijo, es que lleguemos hasta su seguro refugio y Allah nos dará el medio de atacarlos». Cuarenta hombres, uno tras otro, le prestaron juramento de lealtad, y se dirigieron a Robres, en el amal de Huesca, y entraron en él.

 

Bahlul derrota a los Banu Salama en Robres y se hace con Huesca

Cuando lo sucedido llegó a oídos de los valíes de Huesca que dependían de los Banu Salama, montaron a caballo con los hombres disponibles y gentes leales y acamparon junto al castillo de Robres, en el que estaba Bahlul ben Marzuq con los hombres que se le habían unido, y trabaron con ellos un violento combate. Como era verano, aflojaron la lucha en la mitad del día, y las gentes del campamento de los Banu Salama se entregaron al descanso; unos se tendieron a dormir y los demás se despreocuparon de la situación. Al notar Bahlul que estaba desatendida la protección del valí, cuya tienda se alzaba a un extremo del campamento, dijo a los que estaban con él: «No podemos esperar nada más que la muerte. Vale más tomar las espadas, atacar los primeros y morir dignamente, a permanecer de brazos cruzados, sin otra alternativa que someternos y ser condenados a muerte. Carguemos pues con arrojo contra la tienda del valí. Si conseguimos llegar hasta él, habremos alcanzado nuestro propósito. En caso contrario, no nos quedará más solución que morir.» Se precipitaron, pues, contra él, lo encontraron acostado, por previo designio de Allah, y lo asesinaron. Las tropas se echaron a temblar, pero Bahlul les gritó lo más alto que pudo: «Oh, gentes, nada tenéis que temer de mí. Si me he levantado ha sido solo por la cólera y la inquietud que siento ante lo que Allah hizo inviolable y ante las atrocidades que han cometido estas gentes tiránicas, violando vuestras cosas más íntimas y utilizándoos como juguetes a vosotros y a vuestros hijos.» A continuación les relató el suceso del halcón y el niño y les concedió el amán [perdón] para ellos y sus bienes. Luego pidió que le dieran el mando y se comprometió con ellos a tratarlos bien y a exigirles nada más que lo debido. Se tranquilizaron al oír sus palabras, se acercaron a él, le prestaron acatamiento y se pusieron a desproticar de los Banu Salama, contando sus actos abominables y censurando sus maneras de proceder.

Dieron muerte a todos los Banu Salama que se encontraban entre las tropas, y Bahlul ben Marzuq se apoderó de sus monturas y de sus bienes. Se dirigió luego a la ciudad de Huesca, entró y se hizo dueño de ella, cuyos habitantes se le sometieron. Entró y se apoderó también de Zaragoza, según ha quedado referido al tratar de los rebeldes  de esta ciudad. Ocupó además Tortosa y las zonas de la Marca contiguas a ella. Se dice que terminó siendo valí de la ciudad de Toledo. Más tarde le envió Allah a Jalif ben Rasid, que lo mató, según vamos a contar, si Dios quiere.

Jalaf ben Rasid

En el año 186 (802) se alzó Jalaf ben Rasid contra Bahlul ben Marzuq. Este Jalaf ben Rasid vivía en el castillo de Antasar, en el amal de Barbitaniyya. Entró en contacto con Bahlul ben Marzuq y se puso a su servicio. Era un hombre apuesto, decidido, elocuente y noble. A causa de sus buenas prendas y de la confianza que le merecía Bahlul ben Marzuq, le envió éste varias veces al Señor y Grande de la Casa [personaje desconocido que bien podía ser algún dirigente franco], y negoció un tratado de paz entre uno y otro. El Señor de la Casa pudo darse cuenta de que este Jalaf era hombre cultivado y astuto, y escribió a Bahlul aconsejándole que matara a Jalaf. Bahlul le contestó: «Es mi criatura y ha alimentado mi dicha. Mi corazón no abriga ningún temor de él.» El Señor de la Casa le dijo: «Te he indicado aquello a que me obliga el deber de la amistad, y no aceptas mis consejos. Haz lo que te plazca.»

Bahlul apresa a Jalaf

Jalaf continuaba tratándole respetuosamente, y las gentes seguían prestándole acatamiento. Bahlul recordaba entretanto lo que le había aconsejado hacer el Grande de la Casa, hasta que un día que partía a una de sus expediciones, le dijo su mujer: «Veo que no hay entre tus tropas nadie más apuesto ni de mejor figura y planta que Jalaf ben Rasid». Las palabras de su mujer unidas a la recomendación que el Grande de la Casa  le había hecho contra él, le irritaron y encendieron la cólera en su pecho. Mandó que le pusieran los hierros en los pies, y le envió, acompañado de un emisario de su confianza y con una escolta de veinticinco caballeros, al Grande de la Casa. Cuando llevaban a Jalaf a través de las tierras de labor de al-Hassa, en la parte de Barbitanniyya, donde vivían su padre y su familia, vio a uno de los criados de su padre y le dijo: «Oh, Fulano, ¿no ves en qué situación me encuentro? Ve, y díselo a mi padre y a mi familia.» El mozo le contestó: «No te preocupes. ¿Dónde acamparéis esta noche?» Él dijo: «Les he oído mencionar tal lugar». El muchacho corrió a casa del padre y de la familia de Jalaf y les puso al corriente de lo que había visto.

Jalaf es liberado por su familia  y asesina a Bahlul

Tomaron las armas y se lanzaron en pos de él, hasta llegar al sitio donde estaba. Cargaron contra la escolta y mataron a todos, sin dejar uno. Cortaron los hierros a Jalaf, le dieron una montura y se marcharon. Jalaf entró con los suyos en el castillo de Barbastro, que era entonces un peñasco pelado que se llamaba Midyar, que es donde está hoy la Sudda. Hizo entrar a su padre y a su familia y les pidió ayuda. Buscó a Bahlul, que escapó delante de él, y lo acoso hasta una cueva, en la región de Pallars, donde lo mató. Este lugar se conoce hasta hoy con el nombre de Gar Bahlul. Este hecho sucedió en el año 186 (802). Jalaf ben Rasid se apoderó de todo el reino de Bahlul y reinó en las dos Marcas, prolongándose su reinado durante sesenta años.

Barbastro

Murió en Barbastro y fue sepultado en su parte occidental en el cementerio llamado la Peña de los Cuervos [Sajrat al-Girban]. Los hitos de su sepulcro siguen todavía en pie. Se construyó con piedras del tamaño de adobes, esculpidas en su mayor parte. Al morir Jalaf ben Rasid reinó en su lugar su hijo ‘Abd Allah ben Jalaf, al que prestó obediencia la mayoría de los habitantes de la Marca. Se mantuvo independiente en su territorio durante veintiún años. Su yerno Ismail ben Musa le invitó a ir al castillo de Monzón junto a ocho de sus hijos, y dio muerte a todos ellos