La batalla de San Martín de Rubiales (1007) fue un enfrentamiento entre las tropas castellanas y el ejército del Califato de Córdoba que acabó con una derrota castellana.

El mismo año en el que ‘Abd al-Malik, hijo de Almanzor y sucesor de su cargo de hayib en Córdoba, había conquistado la ciudad de Clunia, asedió y acabó conquistando la fortaleza más occidental del condado de Castilla en la línea del Duero: la fortaleza de Sant Martín, lo que hoy es la localidad de San Martín de Rubiales.

‘Abd al-Malik salió de Córdoba el 28 de octubre de 1007 y llegó a los alrededores de la fortaleza de San Martín. Allí instaló su campamento y comenzó el asalto del castillo. El combate, que ocurrió en el mes de noviembre del 1007, duró tres días. En el primero la guarnición castellana, tras oponer una resistencia inicial a campo abierto, se refugió en la fortaleza mientras los musulmanes asolaron la villa y los campos aledaños.

Durante la segunda jornada, ‘Abd al-Malik ordenó abrir una brecha en la muralla de la fortaleza. Lograron su empeño y además prendieron fuego a parte de ella. Finalmente, el tercer día, mientras atacaban con catapultas y flechas, avivaron el fuego que se había provocado el día anterior.

Una vez asediado de este modo el castillo, se mantuvo el cerco durante nueve días más. La guarnición castellana fue vencida por sed y solicitaron el aman o perdón a cambio de entregar el castillo  a ‘Abd al-Malik. Aunque éste prometió el perdón, al entrar en el castillo, ordenó ejecutar a todos los hombres. El resto de la población, mujeres y niños, fue capturada y entregada a los soldados que habían participado en la ofensiva. Por último, ordenó la reparación de la fortaleza, suponemos que para instalar una guarnición en ella.

‘Abd al-Malik volvió a Córdoba a mediados de diciembre del 1007.

Socastillo. Lugar donde se encontraba la fortaleza de San Martín de Rubiales

Socastillo. Lugar donde se encontraba la fortaleza de San Martín de Rubiales

Narración de la batalla de San Martín de Rubiales en al-Bayan al-Mugrib

En la crónica histórica al-Bayan al-Mugrib¹ se narra con detalle esta sexta aceifa de ‘Abd al-Malik que tuvo como objetivo la fortaleza de San Martín de Rubiales:

«El año 398 (17 septiembre 1007 – 4 septiembre 1008), el hayib ‘Abd al-Malik partió con la sexta de sus expediciones; la única campaña de invierno de todo su reinado. Salió de Córdoba el 12 de safar de este año (28 octubre 1007) y habiendo seguido su camino vino a enfrentarse con el castillo de Sant Martín. Una vez allí ‘Abd al-Malik dio la orden de descargar la impedimenta, e inmediatamente los musulmanes se lanzaron al asalto de la citada fortaleza.

 

Los infieles que la guarnecían se habían adelantado con la esperanza de impedir la aproximación y librar el combate en el exterior, pero no tardaron en batirse en retirada; varios fueron abatidos a golpe de sable y el resto buscó refugio en la fortaleza. Protegidos detrás de las fortificaciones, pretendían lanzar piedras y flechas sobre los musulmanes, pero ninguno de ellos podía asomar su mano sin que fuese inmediatamente atravesada por dos o tres dardos; así que se ocultaron tras los muros de las fortificaciones. los musulmanes ocuparon la población, a la que prendieron fuego, después de haberse apoderado de todo cuanto encontraron.

 

Al día siguiente al-Muzaffar reanudó la lucha contra el castillo; envió soldados de ingenieros y zapadores que bajo la guía de especialistas abrieran una brecha en la fortaleza, arrancando las piedras encajadas entre las vigas de madera (el aparejo del muro). Pusieron todos sus cuidados en este trabajo y así abrieron una ancha brecha que rellenaron de madera empapada de resina a la que prendieron fuego. El incendio alcanzó por encima de la plataforma del bastión, que fue consumida por las llamas. Los infieles, ante este espectáculo, quedaron aterrados, y dando por perdida su vida se arrepentían de haber querido resistir a ‘Abd al-Malik y a los musulmanes.

 

‘Abd al-Malik los combatió todavía un tercer día, ordenando a los oficiales encargados de transmitir sus órdenes que acumularan ramaje junto a la brecha, que fue acarreado en grandes montones. Entretanto, la catapulta lanzaba sin interrupción sus proyectiles sobre los enemigos de Allah y llovían las flechas, impidiendo cualquier movimiento a los defensores de la fortaleza. Durante nueve días se luchó rabiosamente.

 

Cuando los infieles se vieron vencidos, víctimas de la sed, decidieron entregar su castillo a ‘Abd al-Malik y solicitaron para sí el aman. ‘Abd al-Malik hizo que sus tropas se acercaran para saber qué era lo que pedían; solicitaron la vida salva y permiso para salir del fuerte e irse; si sus condiciones no fueran aceptadas, ellos se remitirían a lo que ‘Abd al-Malik decidiera, puesto que se hallaban al límite de cualquier resistencia. El hayib aceptó y los infieles abrieron la puerta de la fortaleza; ordenó a su hermano ‘Abd al-Rahman y a su oficial Safi que penetraran en el interior. Una vez éstos en la fortaleza ordenaron a sus ocupantes que salieran, lo que éstos hicieron llenos de inquietud y de pesar.

 

Una vez reunida la población del castillo en el patio exterior y cuando ya no quedaba nadie en el interior, ‘Abd al-Malik ordenó separar los combatientes y los demás hombres de las mujeres y de los niños y colocar a cada grupo aparte. Cuando fue avisado de que su orden había sido cumplida montó a caballo, rodeado de un gran número de musulmanes invocando el favor de Allah entre alabanzas y acciones de gracias. Detuvo su caballo en el patio interior de la fortaleza y se puso a examinarla; a continuación se dirigió al lugar donde había reunido al grupo de los hombres; éstos a su llegada se habían puesto de pie y esperaban su clemencia, que serían simplemente llevados en cautividad. Los miró y los aplicó la sentencia que fue pronunciada contra Said ibn Muad, que Dios lo acoja. Hizo una señal a los soldados que los rodeaban; éstos descargaron sobre ellos sus armas y los hicieron perecer en un instante; a continuación ordenó que los cautivos fueran distribuidos entre los voluntarios de la guerra santa (ahl arribat) y los caballeros irregulares según la costumbre.

 

Después hizo reparar las brechas abiertas en las murallas y ordenó al secretario encargado de la redacción de sus cartas que enviara a la capital un mensaje en dos copias, como era usual, anunciando la victoria. El ejército retomó el camino hacia Córdoba, donde entró a principios del mes de rabi II (15 diciembre de 1007).»

 

1. Bayan al-Mugrib, trad. Lévi-Provençal, en R. Dozy, Historie des musulmans d’Espagne, Leyde, 1932, III, pp. 200-201.