El fin del Imperio Romano de Occidente a finales del siglo V provocó el decaimiento del comercio de larga distancia y la aparición de pequeñas comunidades aisladas, limitadas y autosuficientes. Por lo tanto, ya no era tan necesaria la protección de las rutas comerciales como lo había sido anteriormente y por esa razón los seguros parecen haber desaparecido entre los siglos V y XI. Los seguros existentes hasta ese momento estaban sobre todo relacionados con la actividad comercial y con el fallecimiento, muy lejos de la actual variedad de seguros que podemos comparar en sitios como https://aseguramos-online.es.

Los seguros en el Imperio Romano

En el período de esplendor del Imperio romano existían instrumentos de aseguramiento como el contrato de garantía financiera (exige que el emisor efectúe pagos específicos para reembolsar al tenedor por la pérdida en la que incurre) y el préstamo a la gruesa (un tipo de contrato mutuo en el cual el prestamista entrega dinero u otros bienes fungibles a un naviero para realizar transporte marítimo, obligándose el naviero a pagar al prestamista el precio del riesgo si el viaje concluía bien; en caso contrario, si el barco naufragaba o no llegaba a puerto, nada debía el naviero al mutuante perdiendo capital e intereses).

También contaron con la fideiussia indemnitatis, que se ha comparado con el seguro de solvencia, por el que se lleva a cabo un desplazamiento del riesgo de incumplimiento de una obligación de pago.

Pero la mayor contribución de los romanos a la herencia aseguradora fue la organización de sociedades de enterramiento, que constituyeron una forma rudimentaria de los seguros de decesos y enfermedad. Aunque estas asociaciones surgieron en Grecia los romanos ofrecieron unos servicios más elaborados, que llegaban a incluir la beneficencia para sus familiares, mediante los collegia funeraticia o tenuiorum. Los miembros pagaban de modo anticipado su contribución a un fondo cuyos beneficios eran satisfechos con un entierro decente y atendiendo los gastos en que incurrían los parientes.

Estas asociaciones eran numerosas en el Imperio y procuraban especializarse en ciertos aspectos sociales o de empleo. Así, había collegia para los militares en cada una de las provincias; para los más ricos ciudadanos; e, incluso, para las clases más bajas. Los gladiadores también tenían los suyos. Los collegia militum de la milicia concedían unas limitadas pensiones por causa de incapacidad derivada de heridas de guerra, al igual que otorgaba beneficios de retiro a los soldados que alcanzaban el límite de edad activa en su carrera militar.

Los collegia son los directos precedentes de las guildas medievales y del mutualismo actual.

Las guildas medievales

Los collegia romanos evolucionaron hacia las guildas del medievo. En el siglo VII aparecen las primitivas guildas anglosajonas, asociaciones familiares unidas débilmente en el propósito común de obtener ayuda mutual. Con el tiempo, las guildas ampliaron sus funciones para proporcionar ciertos beneficios a los artesanos, artistas y profesionales.

El gremio desempeñó el papel central de la economía, y las guildas se transformaron en organizaciones gremiales, políticas y religiosas. Hacia el siglo VIII, las guildas comerciales y sociales de Dinamarca, Flandes y Alemania ofrecían protecciones mutuas para muchas situaciones de infortunio, desde las pérdidas originadas por incendios, hasta las del ganado.

Las primitivas guildas teutónicas, establecidas en zonas costeras, más expuestas a ciertos peligros, negociaron también contratos de seguro marítimo. Sin embargo, en una sociedad agraria formada por comunidades pequeñas y aisladas, había escaso margen para el desarrollo de este y otros tipos de seguros.

El seguro es más bien un instrumento de una sociedad comercial, y hasta el resurgimiento del comercio en Europa y Asia existieron pocos ejemplos de instituciones de seguro en sentido moderno. Ya en la época bajomedieval, a partir sobre todo del siglo XII, cuando la vida económica descansaba sobre el sistema de guildas, se consideraba inmoral el buscar beneficios muy elevados, porque al conseguir tales ganancias se perjudicaba a los otros miembros de la corporación. Pero, poco a poco, el propósito de lucro fue tomando importancia para quien desarrollaba una labor profesional. Este proceso se inició con la reactivación de la economía y el resurgimiento del comercio internacional a partir de las Cruzadas.