Reconquista y Guerra santa: La concepción de la guerra en la España cristiana desde los visigodos hasta el siglo XII Book Cover Reconquista y Guerra santa: La concepción de la guerra en la España cristiana desde los visigodos hasta el siglo XII
Biblioteca de Humanidades. Chronica Nova de Estudios Históricos
Alexander Pierre Bronisch
Historia militar
Universidad de Granada, Universidad de Oviedo y Universidad de Valencia
2007-02-15
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La primera reflexión que se obtiene de la lectura de este trabajo, es que, sin lugar a dudas, nos encontramos frente a un discurso erudito. El objetivo final de Bronisch es plantearse si se puede considerar a la llamada «reconquista» en términos de una guerra santa, entendiendo este concepto como se hizo desde Clermont en adelante, para lo cual realiza un análisis crítico-filológico acucioso de textos litúrgicos y narrativos seleccionando las noticias que encuentra en ellos, en la más tradicional línea de la escuela alemana. Para alcanzar la definición de «guerra santa», el autor recorre una copiosa bibliografía, mucha de ella bastante añeja y tradicionalista; además, sigue muy de cerca los trabajos de Sánchez-Albornoz, ampliamente superados, determinando el carácter unívoco del concepto. Si bien en los comienzos del libro cita bibliografía reciente, no la incorpora al cuerpo de la obra, y se echa de menos algunos trabajos sobre la tardoantigüedad y los comienzos de Occidente donde la arqueología del paisaje ha hecho avances sorprendentes en este último tiempo. Hay que recalcar que en ningún momento conceptualiza, y por lo tanto ni se plantea la vigencia o validez del complicado proceso de la sociedad de frontera mal llamado «reconquista». Para Bronisch basta aludir que la sociedad asturleonesa y sus continuadores actuaban exclusivamente en respuesta «(…) a la permanente confrontación con el vecino islámico, que amenazaba la propia existencia» (p.441). De tal modo, para el autor, la guerra entre cristianos y musulmanes desde el siglo V en la península Ibérica era constante, sin tregua y casi perpetua. No hay reflexiones de la interculturalidad propia de las relaciones de frontera en todo ámbito de la vida cotidiana, no únicamente oficial de la casa regia, sino que de la sociedad hispana en general. Para Bronisch, la guerra constante es la columna vertebral de todas las expresiones sociales y políticas en esa época, y ese supuesto es el telón de fondo de todo su trabajo. Basándose en los postulados de Erdmann y de Flori, concluye que el carácter de «santas» de las acciones bélicas es una invención historiográfica que, catalizada por la religión en Occidente, fue interpretada como una empresa militar que Dios ordena iniciar a su pueblo. Si bien hubo guerras profanas, la presencia de elementos religiosos de fuerte carga simbólica, a la vez que las acciones también relacionadas con los mismos, las hacen santas. Y aquí comienza la postura de Bronisch, que es hacer la diferenciación del concepto para el caso hispano desde la conversión de los visigodos al catolicismo hasta el siglo XII cuando las cruzadas cambiaron ese paradigma.

Pero veamos someramente el trabajo presentado. Tras hacer una revisión de la evolución del pensamiento cristiano respecto a la guerra, comenzando con la aceptación de la guerra justa que es eminentemente defensiva, a la abiertamente ofensiva contra el infiel impulsada por el papado, primero para proteger esta institución de origen divino, para luego ampliar el ámbito de influencia geográfico, y tras la proclamación en toda la comunidad cristiana occidental de la Paz de Dios, el autor se percata de que esta progresión no se produjo en la Península Ibérica, sobre todo porque el papel pontificio romano y de la jerarquía eclesiástica aparecen como irrelevantes. Sin embargo, se habría desarrollado una concepción de la guerra de mucho más largo aliento y de profundas raíces: según las fuentes narrativas, los godos son el pueblo elegido gracias a su conversión al catolicismo, por lo que tendrán el favor divino en las campañas bélicas que emprendieron, según San Isidoro. De tal modo, la guerra aparece como una guerra querida por Dios, reforzando este hecho primero por la unión entre la nación cristiana y su rey, que es ungido, santificado como el primer rey de Israel , lo que le confiere la fuerza divina en su actuar, tal y como aparece reflejado en la «Historia Wambae». En segundo lugar, las fuentes litúrgicas robustecen a las anteriores. De ellas destacan el «ritus pro rege observandus», recogido en el «Liber Ordinum», en donde aparecen una serie de canticos, oraciones y bendiciones que se cantaban o recitaban fuera a la despedida del rey y su ejército, a su regreso de la campaña o en su entrada triunfal en Toledo. Es fundamental para el autor que se reseñen siempre los símbolos santificadores de la guerra en la presencia constante de la cruz y los estandartes. Siguiendo con la línea argumentativa de Bronisch, la invasión del Islam y su posterior asentamiento habría producido un cambio importante en esta tradición. La población cristiana dominada por los musulmanes habría perdido la noción de guerra santa, a la vez que los himnos litúrgicos se tornaron en ruegos a Dios para ser librados de la autoridad infiel. Cosa bien distinta ocurriría en las zonas del norte peninsular, específicamente en el reino asturleonés, donde las fuentes narrativas enfatizan la presencia de la voluntad divina a favor de los ejércitos cuando los objetivos eran justos y los guerreros eran puros. El autor destaca una persistente visión providencialista de la guerra en donde la unión de la monarquía con Dios, de los godos con los astures, traerá como resultado la victoria definitiva. Tres crónicas sirven para reforzar este postulado. En primer lugar, la «Crónica de Alfonso III» ensalza los orígenes espirituales del reino astur, en donde el relato de la batalla de Covadonga une a la casa regia con la defensa de la comunidad cristiana. La «Albeldense» analoga a los astures con los cristianos, mientras que los caldeos son representados por los musulmanes. De tal modo, son «sacras victorias» las de Alfonso I y Alfonso III. Finalmente, la «Crónica Profética», relaciona la penitencia, culpa y la Gracia de Dios con el pueblo astur, introduciendo por vez primera la figura de Cristo en el discurso, que será quien ayudará a los cristianos en sus luchas. Para Bronisch, esta tradición se perderá ya para el siglo XII con la «Historia Compostellana» o la «Chronica Adefonsi Imperatoris» donde se ensalza o bien la historia eclesiástica o la del gobernante  exclusivamente. En un lugar privilegiado sitúa el autor, para cimentar toda su teoría, la «missa de hostibus». Este es un texto lleno de relaciones de citas bíblicas, especialmente veterotestamentarias, para pedir ayuda a Dios, en el momento de la despedida al ejército; por lo tanto, la misa se celebraba durante la campaña bélica, para la victoria de las armas cristianas frente a un enemigo numéricamente mayor que flagela a la población norteña. Las palabras del texto enfatizan en cada repetición piadosa, «(…) que el número de sus combatientes y la fuerza de sus armas, en las que confiaban sus enemigos, no era decisivo, sino la fe y la oración» (p. 323). El libro de Judit y los libros de los Macabeos constituyen la base de la «missa», de ahí que Dios sea el del Antiguo Testamento, el señor de la guerra, y los combatientes, como el pueblo de Israel. Teniendo este dato, el autor se aventura a plantear una hipótesis según la cual nos encontramos con el testimonio litúrgico que, modificado, se insertó en la «Crónica de Alfonso III», en el episodio de Covadonga.

Bronisch conecta en una minuciosa faena los dos textos; sin embargo, las razones que aduce para hacer del uno parte del otro, son insuficientes. El hecho de que ningún rey sea citado y que según el autor nunca antes de Covadonga hubo una situación de tal magnitud de amenaza, no determina férreamente que la «missa» fue anterior a la crónica alfonsina, y menos que la primera corresponda al origen del conocido relato épico asturleonés, narración cuya veracidad aún sigue estando en duda. No hay razón lógica ninguna para atestiguar que el relato se refiera específicamente a Covadonga, ni que antes no hubiera algo igual, o después de este dato, digamos, histórico. Bien podría ser de otra acción bélica si siguiéramos ese racionamiento primero y casi antojadizo del autor. Por otro lado, es irrelevante la falta de nombramiento regia: el autor nos habla, y así lo demuestra, de una serie de ruegos a Dios; no tiene que mencionarse, luego, algún personaje específicamente. Así pues, creo que, como historiador, Bronisch hace lo propio: recrear e interpretar según su criterio historiográfico lo que le lleva a convertir ese dato de la «missa» en un hecho histórico fehaciente y fundante. Tengo que decir nuevamente que disiento de esa apreciación; no así en la metodología para llegar a ella, que me parece muy bien lograda.

Finalmente, y según lo visto, el autor concluye que la «reconquista» fue una «guerra santa» en cuanto querida y auspiciada, bendecida, por la jerarquía eclesiástica cuando la acción amparaba al cuerpo místico de Cristo. La causa primera de la lucha contra el infiel musulmán es por la relación entre Dios y el pueblo elegido astur, y no por las creencias de los enemigos. Más allá de ciertas apreciaciones con las que no estoy de acuerdo, sea por encontrarlas inconsistentes o superadas historiográficamente, sinceramente pienso que Alexander Bronisch ha realizado una consistente investigación, con riguroso análisis de fuentes, especialmente las litúrgicas, y una metodología digna de imitar, que le permite afirmar lo que el título del libro ya sugiere, eso es que la  Reconquista y la guerra santa estuvieron vinculadas en la España cristiana desde los visigodos hasta el siglo XII.

ÁNGEL G. GORDO MOLINA