[¿? – Valencia, 1095] Abu Ahmad Ya’far ben ‘Abd Allah ben Yahhaf, al-Ma’afirí.
Abeniaf en las crónicas medievales cristianas.
En árabe أبو أحمد جعفر بن عبد الله بن جحاف المعافري

Rey de la taifa de Valencia (1092-1093) y (1094)

Yaafar era cadí de la ciudad de Valencia a finales del siglo XI, bajo el gobierno de al-Qadir. Era asimismo un alfaquí de gran prestigio que pertenecía a una familia de la tribu de Ma’afir y que destacó como maestro tanto de la escuela malikí en derecho como en literatura y lengua árabe.

La política de sumisión con el rey Alfonso VI de Castilla y León de Yahya al-Qadir durante su gobierno en Valencia (1086-1092) dio lugar a que se formara un partido de notables a favor de dar el dominio de Valencia a los almorávides para evitar, de este modo, la expansión de los cristianos.

Yaafar invitó al gobernador almorávide de Murcia, Ibn ‘A’isha, a ocupar la ciudad de Valencia. En octubre de 1092 un destacamento de soldados almorávides bajo la dirección de Ibn Nasr, caíd de Alcira, ocupaba Denia, Valencia y otras localidades levantinas como Játiva.

El rey al-Qadir intentó huir y salió del alcázar llevando consigo parte importante de sus tesoros, pero fue capturado.

Gobierno de Yaafar en Valencia

Yaafar ben Yahhaf mantuvo preso a al-Qadir y, al poco tiempo, ordenó su ejecución (23 ramadán 485H – 28 de octubre de 1092). Esta orden fue cumplida por un hombre del clan de los Banu Hadidi, que tenía una deuda de sangre pendiente con al-Qadir desde que éste era monarca de Toledo (había ordenado asesinar al visir de su padre, también de los Banu Hadidi).

La cabeza de al-Qadir fue paseada por la ciudad y Yaafar se apoderó de la mayor parte de las riquezas del difunto.

Ante la ausencia de personaje alguno de importancia entre los almorávides y amparándose en el importante papel que éstos concedían a los alfaquíes, Yaafar comenzó a comportarse como si fuera el nuevo rey de la taifa de Valencia, aunque reconoció la soberanía del emir almorávide Yusuf ben Tashufín.

Yaafar amplió y fortaleció la residencia real. No adoptó los símbolos reales, como la acuñación de moneda a su nombre o adoptar ropas diferentes a las de su condición de alfaquí. Reorganizó la administración del reino, nombrando a los secretarios y visires de la misma, muy debilitada tras la huida de los partidarios de al-Qadir.

Sin embargo, esta actitud provocó que algunos notables se enemistaran con él, como era el caso del antiguo rey de Murcia Ibn Tahir. Este escribió estos versos dirigidos a Ibn Yahhaf tras haber asesinado a al-Qadir de Valencia:

¡Oh! Tú, el de un ojo azul y otro negro, por 
haber cometido un crimen tan horrendo, por
haber dado muerte al rey Yahya, revistiéndote
con sus túnicas.
No faltará, a buen seguro, de sobrevenirte el
día en que recibas la recompensa a que te has
hecho acreedor.

La falta de visión política de este personaje contribuyó a dificultar la posición de los valencianos ante las amenazas de los castellanos. El propio Rodrigo Díaz mantuvo correspondencia con el nuevo gobernante valenciano, echándole en cara haber dado muerte a al-Qadir y haber saqueado los víveres de los castellanos en el barrio donde residían, Alcudia, y le amenazó con atacar Valencia y vengar la muerte de al-Qadir.

Yaafar reunió un pequeño contingente de soldados valencianos y almorávides a los que pagó con parte de los bienes saqueados. Entonces comenzó a formarse un grupo contrario a su gobierno que, aliado con los almorávides y dirigido por los Banu Wayib, comenzó a preparar la destitución de Ibn Yahhaf y la entrega de la ciudad al gobernador de Denia, Ibn ‘A’ isa. Mientras tanto, los daños causados por el ataque de las tropas del Cid contra los valencianos iban en aumento, y tras tomar algunas fortificaciones de la zona como el hisn de Yubayla, que no habían llegado a aceptar el dominio del cadí ni el norteafricano, configuró una cabeza de puente desde la que acosar a la taifa levantina.

En Valencia, el partido favorable a unirse al imperio almorávide fue ganando fuerza, y exigieron el envío de una embajada a Yusuf ben Tashufín, el soberano almorávide; el gobernador de Denia hizo saber a los valencianos que su misión no tendría éxito si no iba acompañada del tesoro de al-Qadir. En este momento parece haberse producido un primer engaño de Ibn Yahhaf a propósito de esta riqueza, pues al parecer envió solamente una parte de menos valor y retuvo para sí la parte más preciada; este envío no llegó, al parecer, a su destino, pues fue interceptado por el Cid gracias a la intervención de un miembro de la embajada, antiguo partidario de al-Qadir, que comunicó al castellano el recorrido de la misma.

El Cid asedia Valencia (1093-1094)

El asedio al que sometió Rodrigo Díaz a la ciudad de Valencia desde julio de 1093 fue muy dañino para Yaafar, pues fueron incendiadas las propiedades extramuros de su clan.

Las negociaciones entre ambas partes condujeron a un principio de acuerdo para hacer evacuar a los almorávides presentes en el alcázar la ciudad, que se concretó en agosto de 1093, con la salida de los beréberes hacia Denia y el restablecimiento de la tutela castellana sobre la ciudad, que seguía bajo el mando de Yaafar, a quien Rodrigo Díaz propuso someter a los gobernadores de las plazas menores de la región para que pudiera hacer frente a los pagos a los que se había comprometido.

Yaafar es depuesto entre diciembre 1093 y febrero 1094

En diciembre de 1093 la proximidad de un fuerte ejército almorávide hizo que el bando partidario de apoyarlos, con los Banu Wayib a la cabeza, forzara a Yaafar a cerrar las puertas a los representantes castellanos, a la espera de la llegada de los norteafricanos, y depuso a éste del poder, entregándolo a los Banu Wayib, mientras el cadí se refugiaba en su residencia para no ser objeto de violencia.

Mientras, el Cid reunió en sus manos las rentas de las poblaciones cercanas a Valencia. Las malas condiciones de vida y la falta de ayuda llevaron a los habitantes de la ciudad a deponer a los partidarios de los almorávides y a devolver el control de la ciudad a Ibn Yahhaf (febrero de 1094), que aceptó una condición impuesta por el Campeador y expulsó a los más destacados partidarios de los almorávides de la ciudad, que fueron entregados al castellano. Sin embargo, las conversaciones para una paz definitiva fracasaron, y el cerco de la ciudad fue reanudado con mayor violencia.

El Cid llegó a un acuerdo con el cabecilla de los Banu Wayib, que le había sido entregado por el propio dirigente de Valencia, y se concitó con él para que entrara en la ciudad, la levantara contra el antiguo cadí y se convirtiera en el rey de la taifa. Sin embargo, Yaafar consiguió sofocar la revuelta y ejecutó a su enemigo.

Entrada del Cid en Valencia

En junio de 1094, los valencianos, tras agotar toda esperanza de recibir ayuda, pactaron la entrega de la ciudad, que fue efectuada el 16 de junio de 1094; en los primeros momentos los pactos incluían una cláusula por la que los habitantes de la ciudad conservarían sus vidas y sus bienes, incluyendo al antiguo cadí, pero las dilaciones en el cumplimiento de la entregan provocan disputas entre los historiadores acerca de la validez del mismo.

En los primeros momentos de la ocupación intentó congraciarse con Rodrigo Díaz, sin éxito, pues éste le solicitó la entrega de los tesoros de al-Qadir que todavía tuviera en su poder, aunque Ibn Yahhaf juró que no tenía nada de aquella riqueza. Poco después el Cid ordenó su detención y la de los suyos, que fue efectuada por los mismos valencianos, y tras ser torturado para que revelara dónde había escondido sus riquezas, fue condenado a muerte; según las crónicas cristianas ésta fue por lapidación y según las árabes en la hoguera.

La falta de habilidad de este personaje hizo que incluso Ibn Jaldún lo señalara como ejemplo de las dificultades que un alfaquí atraviesa en el mundo, muy diferente al de su disciplina, de la vida política. Es un personaje que ejemplifica la transición entre el mundo de las taifas, en que triunfaron hombres de similares características, y el del siglo XII, en que los alfaquíes gozaron de relevancia como apoyo del movimiento almorávide, pero sin detentar poder nominal alguno.

La muerte de Ibn Yahhaf según las crónicas musulmanas

Según Ibn Bassam:

Me contó una persona que le vio en este sitio, que se cavó en tierra un hoyo y se le metió (hasta la cintura para que pudiese) elevar sus manos al cielo, que se encendió la hoguera a su alrededor, y que él se aproximaba los tizones que le rodeaban, con el fin de acelerar el suplicio. ¡Quiera Dios escribir este sufrimiento en la hoja de sus buenas acciones, y olvide por ella sus anteriores pecados, y nos libre de semejantes males por él merecidos, y nos impulse hacia lo que se aproxima su gracia! También pensó (Rodrigo), al que Dios maldiga, en quemar a su mujer y a sus hijos; pero le habló por ellos uno de sus parciales, y después de algunas dificultades, no desoyó su consejo de las manos de su fatal destino.

Ibn Bassam

La narración de Ibn Idarí es mucho más explícita:

Cuando el Campeador -¡Dios lo maldiga!- se hizo dueño de Valencia, comenzó a manifestar su tiranía, encarcelando al cadí de la ciudad así como a los miembros de su familia y a sus parientes, y, todos en sus calabozos, fueron sometidos a tortura. Lo que les pedía era que le entregaran las riquezas de al-Qadir ibn Di-l-Nun, y no cesó de irles sacando cuanto poseían, hasta que no les dejó nada de sus bienes ni de sus fortunas. Una vez que no les quedó nada, ni patente no oculto, mandó encender una hoguera. El cadí Ibn Yahhaf, que sufría en sus cadenas, fue hecho comparecer, rodeado de su familia y de sus hijos, en presencia de una multitud de musulmanes y cristianos, que se había congregado al efecto. El Campeador preguntó a un grupo de musulmanes:”¿Cuál es el castigo que, conforme a vuestras leyes, debe darse a quien mata a su príncipe?”. Como nadie contestara añadió: “Entre nosotros, la ley dice que su castigo ha de ser quemarlo vivo”. Y dio orden de que se acercara a Ibn Yahhaf y a los suyos a la hoguera, cuyas llamas, a pesar de la considerable distancia, calentaban sus rostros. Un rumor se esparció entre musulmanes y cristianos, que suplicaron todos al Campeador que perdonara a los niños y a las mujeres, que no tenían culpa ni sabían nada de aquel asunto. No sin tiempo ni esfuerzo accedió el Campeador a sus súplicas de sus súbditos, y amnistió a las mujeres y a los niños. En cuanto al cadí, cavaron un hoyo en el que lo metieron hasta medio cuerpo, allanando la tierra alrededor, y luego le rodearon de tizones encendidos. Cuando el fuego le llegó a abrasar el rostro, exclamó:”¡En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso!”. Y comenzó a arrimar él mismo los leños ardiendo a su cuerpo, hasta que quedó carbonizado (¡Dios Altísimo, tenga de él misericordia).
La saña del jefe cristiano contra Ibn Yahhaf no tenía otros motivos que la notable firmeza de que éste había dado pruebas durante el asedio, los esfuerzos que había desplegado para procurarse ayudas, y la resistencia que había opuesto durante el prolongado cerco, en la esperanza de conservar la ciudad y mantenerla dentro del Islam.

Ibn Idari: al-Bayan al-Mugrib

Bibliografía

  • Huici Miranda, A. : El cadí de Valencia Ibn Yahhaf, Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos Vol. 11/12, 1963/64, p. 149-167.