Cuando Paloma acepta clasificar la biblioteca de su padre, no espera encontrar nada más que recuerdos. Pero entre las carpetas del despacho paterno aparece una obsesión que él nunca llegó a contarle: las pinturas murales de San Baudelio de Berlanga, una ermita soriana cuyas imágenes románicas fueron arrancadas de sus muros a principios del siglo XX y vendidas a museos norteamericanos en una operación que la ley llamó ilegal y el tiempo convirtió en silencio.
Ese hallazgo abre tres tiempos que la novela entrelaza con precisión: el presente de Paloma y su duelo; las décadas en que el expolio se consumó entre complicidades y documentos olvidados; y el año 1109, cuando un niño llamado Munio llega a las tierras de Osma con los dedos torpes por la niebla y una manera de ver el color que nadie a su alrededor comprende todavía.
Blanco y bermejo es una novela sobre lo que se pierde, lo que se roba y lo que, contra toda lógica, sobrevive. Sobre el arte como forma de memoria y sobre las personas que, sin saberlo, se convierten en sus últimos custodios.



