Contenidos
En la taberna de cualquier villa castellana del siglo XIII, entre el vino y la lumbre, sonaba un ruido inconfundible: el de los dados rodando sobre la madera. El juego acompañó a Castilla desde sus orígenes condales, en los caminos de peregrinos, en los campamentos militares y en las plazas de mercado. Y, contra lo que podría suponerse de una sociedad profundamente religiosa, no vivió escondido: fue descrito, clasificado, regulado y hasta gravado con impuestos por la propia Corona.
El libro que lo cuenta todo: Alfonso X y su tratado de 1283
La fuente capital es el Libro de los juegos —Libro del axedrez, dados et tablas—, terminado en Sevilla en 1283 por encargo de Alfonso X el Sabio y conservado hoy en la biblioteca de El Escorial. El rey ordenó allí todo el universo lúdico de su tiempo con una clasificación sorprendentemente moderna: el ajedrez, juego de puro “seso” (ingenio); los dados, juego de pura “ventura” (fortuna); y las tablas, antepasadas del backgammon, donde seso y ventura se mezclan. Siete siglos antes de que los matemáticos hablaran de azar y estrategia, un rey castellano ya había trazado la frontera exacta entre ambos.
Entre los juegos de fortuna, el manuscrito describe variantes de dados como la “azar”, la “triga” o el “marlota”, con sus reglas y sus trampas. Las miniaturas que ilustran el códice muestran jugando a hombres y mujeres, cristianos, musulmanes y judíos: el tablero fue uno de los pocos territorios verdaderamente compartidos de la península medieval.
Las tafurerías: cuando la Corona decidió regular en vez de prohibir
Más revelador aún es el Ordenamiento de las Tafurerías de 1276, atribuido al maestro Roldán y promulgado bajo el mismo Alfonso X. Las tafurerías eran las casas de juego, y el ordenamiento las sometió a licencia real: establecía qué juegos se permitían, castigaba a tramposos y blasfemos, protegía al jugador frente al garitero deshonesto y, naturalmente, reservaba a la Corona su parte de los beneficios. Mientras los concilios eclesiásticos condenaban los dados una y otra vez, el poder civil optó por un camino más pragmático: si el juego no podía erradicarse, mejor ordenarlo, vigilarlo y cobrarle tributo. El debate entre prohibición y regulación, que hoy parece tan contemporáneo, ya estaba resuelto en la Castilla del siglo XIII… a favor de la regulación.
Las palabras que nos quedaron
Aquel mundo dejó huella en el idioma. “Azar” procede del árabe az-zahr, el dado, llegado a Castilla por al-Ándalus; “tahúr”, el jugador profesional que frecuentaba las tafurerías, sigue significando exactamente lo mismo ocho siglos después; y el alquerque —del árabe al-qirq—, tatarabuelo del tres en raya, dejó sus tableros grabados en piedra en claustros e iglesias, donde los canteros mataban las horas entre sillar y sillar.
Del tablero medieval a la pantalla
Los herederos de aquellos juegos de fortuna no han desaparecido: han cambiado de soporte. Los dados de la taberna viven hoy en las plataformas digitales reguladas, donde quien quiera probar suerte puede descargar latamwin app u opciones similares y encontrar a los descendientes directos del azar y las tablas alfonsíes, ahora con verificación de mayoría de edad, límites de depósito y reglas escritas, como habría exigido el maestro Roldán. Porque si algo enseña la historia castellana del juego es que el impulso de tentar a la fortuna es tan viejo como el propio condado, y que la diferencia entre el vicio y el entretenimiento nunca estuvo en el dado, sino en las reglas con las que se lanza.