Puede que este artículo se escape un poco del tema acostumbrado en el blog y en el sitio web. Es una reflexión cuando tengo acostumbrados a mis lectores a publicar artículos informativos. Como estudioso, aficionado y apasionado de la historia medieval siempre me han fascinado las crónicas medievales y su periplo para llegar hasta nuestros días. Pocas, muy pocas, son las que han logrado perdurar en esa larga singladura. Así, a bote pronto, no llegarán a la veintena las crónicas, cronicones y anales históricos (sin contar documentos de cartularios) los que hoy en día sirven para perfilar (porque poco más podemos hacer) la historia de la Península Ibérica entre los siglos V y XI, la Alta Edad Media, el período cronológico al que se dedica esta página web. Sí señores, disponemos de una veintena de crónicas para completar unos 600 años de historia.

Y esto lo escribo en mi sala de estudio con más de 2000 volúmenes de todo tipo…¿Se imaginan si todos estos libros fueran crónicas y documentos altomedievales? ¿Cuánto más sabríamos? ¿Cuánto tiempo pasaríamos los enamorados de este período enfrascados en su lectura, estudio y disfrute? Pero es que en la Alta Edad Media disponer de una biblioteca de pergaminos así era solo algo digno de la corte real y de los monasterios. Y dudo que llegaran a unos pocos miles de volúmenes las bibliotecas más provistas de ellas. Por eso la labor del escriba era tan reconocida: eran los responsables de hacer que las bibliotecas se mantuvieran y aumentaran poco a poco y además los artífices de crear los únicos vehículos de transmisión del conocimiento de la época

Está claro que el paso del pergamino a la imprenta en el siglo XV fue un enorme avance. El libro de papel hizo posible expandir el conocimiento tanto entre habitantes de una época como de aquellos que la estudiamos desde el futuro. Los historiadores que se ocupan de las edades moderna y contemporánea lo tienen, a priori, más fácil: más documentos, más visiones, más posibilidades de afianzar, defender o demostrar teorías e hipótesis… o quizás más difícil, porque surgen más controversias, más debates y hay que analizar, cotejar y leer multitud de escritos. Que quieren que les diga: preferiría tener más documentación y perderme en diatribas en vez de tener que escribir tan a menudo: no se sabe, es posible, se supone, no es posible confirmarlo….

Y siguiendo con esta digresión: desde la aparición y expansión de Internet y la consecuente digitalización de los libros, ¿no les parece que esto es un bendito maremágnum de información? Bendito porque ahora, los que no vivimos cerca de grandes ciudades o al lado de grandes archivos y bibliotecas, podemos acceder a documentos de un modo impensable hace solo una década. Es maravilloso poder consultar PARES (Portal de Archivos Españoles); colecciones digitales como la Biblioteca Digital Hispánica o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; o los grandes metabuscadores que agrupan miles de archivos y colecciones en lo que se puede buscar de forma simultánea: Hispana, Europeana y Worldcat; y no me puedo olvidar de una gran ayuda en cualquier investigación histórica: Google Books, con multitud de libros de todas las épocas, en muchas ocasiones difíciles de encontrar por estar descatalogados y que, además, permite, sí, buscar dentro del texto de los libros. No hay mejor sitio para consultas los volúmenes de, pro ejemplo, la Soledad Laureada de Argáiz o la España Sagrada de Enrique Flórez cuando rastreo entre leyendas y tradiciones. Y, cómo no, el acceso a artículos de investigación desde cualquier universidad o en conjunto como ofrece Dialnet. Si alguno de estos portales es nuevo para usted no dude en consultarlos: me lo agradecerán.

Pero esto es también un maremágnum. Terabytes, petabytes, zetabyte, yottabytes… nos quedamos sin prefijos griegos para medir el volumen de información existente en la red. Y el tamaño de lo que podemos almacenar en nuestro ordenador, tableta o, incluso móvil tampoco para de crecer. En efecto, la aparición del libro electrónico en sus distintos formatos (libros ePUB, mobi, Kindle…) hace que, en muchas ocasiones, almacenemos más libros de los que, seamos honestos con nosotros mismos, vamos a poder leer en un par de vidas. La bajada de precios gracias a este formato o incluso la existencia de portales de descarga de ebook gratis, hace cada vez más sencillo el acceso a la información.

Así que, vuelvo a mirar hacia las estanterías de libros que me rodean y parece que ha envejecido: ocupa mucho, es difícil de rastrear, pero, ¡qué narices! si me gusta lo viejo, lo pausado, si no hago más que escribir acerca de lo que pasó más de un milenio atrás. Los libros me acompañan en estas horas de grato esfuerzo.