El dominio del Monasterio de San Millán de la Cogolla (siglos X a XIII). Introducción a la historia rural de Castilla altomedieval Book Cover El dominio del Monasterio de San Millán de la Cogolla (siglos X a XIII). Introducción a la historia rural de Castilla altomedieval
José Ángel García de Cortázar y Ruiz de Aguirre
Historia
Ediciones Universidad de Salamanca
1969
372

La primera parte de este trabajo es una aproximación al tema, complementada con el establecimiento de los límites previos y del método empleado en la investigación. Aproximación geográfica (“El monasterio de San Millán de la Cogolla o, mejor dicho, los monasterios — de Suso y de Yuso — se yerguen hoy en el pueblo que ha heredado el nombre del cenobio, municipio en la actual provincia de Logroño, a 39 kms. de la capital y 16 de la cabeza del partido judicial, Nájera”), artística (“si desde el aire, adonde ascendimos para obtener una imagen de conjunto del espacio circundante al monasterio de San Millán, descendemos de nuevo al valle del Cárdenas, podremos observar cómo en el centro aproximado del área ocupada por el espacio dedicado al regadío, se yergue el complejo de construcciones que constituyen el monasterio de Yuso, y cómo, a mitad de una vaguada que desciende del monte a la orilla izquierda del Cárdenas y frente por frente con el de Yuso, aunque a unos 60 metros por encima de él, se alza la construcción más humilde de la iglesia de Suso, es decir, del primitivo monasterio”) e histórica (“Se trataba, ahora, por tanto, de empalmar el origen del monasterio con la propia figura del ermitaño del siglo vi, empresa en la que colaboran también las igualmente apócrifas listas de abades que, encabezadas por San Millán, salvan sin interrupción el período comprendido entre su muerte en el 571 y los primeros documentos seguros del segundo tercio del siglo x. Son éstos, en cambio, los que impiden acreditar la existencia del monasterio emilianense antes de la toma de Nájera por Sancho Abarca en el 923, ya que su sucesor García Sánchez parece ser el primer favorecedor del cenobio”).

Trata luego el autor de los objetivos, límites y método del trabajo (págs. 29-47). Los objetivos no pueden ser más claros: “el estudio sistemático de un área relativamente reducida — la limitada por el Cantábrico, el Arlanza, el Iregua y el Pisuerga — a lo largo de un espacio cronológico que pretende abarcar desde comienzos de la repoblación hasta principios del siglo XIII”. Antecedentes tiene este trabajo, pero, como lo indica el autor, “de hecho, la producción en este campo es absolutamente dispersa y, en la mayoría de los casos, no ha profundizado en las realidades materiales en que tales dominios se asentaban, conformándose, bien con esbozar las líneas generales de formación del patrimonio monacal, o bien con precisar las condiciones de vida interna de una comunidad, asomándose, cuando mucho, a la descripción de los contratos y situación jurídica de los dependientes de un monasterio”. En el campo de la historia agraria medieval hay ya nombres consagrados, aunque en un terreno puramente institucionalista: Gibert, Beneyto, Concha, Domínguez Guilarte y Sánchez Albornoz.

El autor se ha impuesto para su investigación un límite cronológico, “entre los años 930 y 1250”, y uno temático, “el dominio del monasterio de San Millán de la Cogolla”. El método usado tiene que ver con la documentación utilizada (Archivo de San Millán: documentos originales, Becerro gótico, Becerro galicano, Becerro III y Colección Minguella; Archivo Histórico Nacional y documentación publicada por el Padre Serrano especialmente, y anteriormente por Yepes, Sandoval, Moret, Argáiz, Sota, Berganza y Llórente), con la crítica documental (el problema de las falsificaciones) y con la elaboración del material (acumulación del mismo y su tratamiento, presentación de resultados, cartografía).

La segunda parte del libro está dedicada a la formación del dominio. Ante todo, las formas de creación del dominio monacal (págs. 51-95). “Entre los años 930 y 1250… el dominio de San Millán nace y crece a través de una serie de vicisitudes, cuyo estudio resulta previo al análisis de la estructura y explotación de aquél”. Se trata de los tipos de adquisiciones por su carácter jurídico (donaciones, compras y cambios). En cuanto a las primeras hay que tener en cuenta la calidad social del donante, los motivos que tuvieron para hacerlas, las restricciones con que las hicieron, los límites que tenía la capacidad de donar. También se analiza el alcance económico de tales donaciones, etc. En cuanto a compras y cambios, se sigue el mismo método. Las adquisiciones, por su calidad, se dividen en iglesias, villas, molinos, salinas, tierras y viñas. Sobre todo el material acumulado adelanta el autor dos hipótesis fundamentales: “Según la primera, el engrandecimiento de San Millán parece más bien obra de grandes propietarios — nobles y reyes — que de campesinos de tipo medio, quienes, en cambio, habrían contribuido casi exclusivamente a la formación de los reducidos dominios de esa serie de 18 monasterios que en algún momento —casi siempre antes del último cuarto del siglo xi— se incorporan al cenobio riojano. La segunda hipótesis, a la que la primera presta cierta claridad, es el carácter de la política económica de San Millán: el monasterio, en este sentido, no ejerce ninguna dirección en un proceso de tipo colonizador, se conforma con recibir o comprar determinadas propiedades, normalmente ya en explotación, a cuyo más alto aprovechamiento aspira”.

El capítulo siguiente trata del nacimiento del monasterio de San Millán en el marco de la colonización espiritual y agraria (págs. 97-117). “Cuando a principios del segundo tercio del siglo x comienza a sonar en el área de la Rioja alta el nombre del monasterio de San Millán… hacía ya más de doscientos años que comenzara el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes en el suelo peninsular y poco menos de dos siglos que se redactara el documento que, andando el tiempo, iba a constituir la escritura más antigua del archivo emilianense”. Aquí se trata ante todo de los comienzos de la colonización espiritual y agraria, estableciendo tres pistas fundamentales: la procedencia de los repobladores, la colonización espiritual y sus formas, y las fórmulas iniciales de ordenación de la vida agraria. Se toca luego lo relacionado con los orígenes y desarrollo de los monasterios agregados a San Millán (monasterios e iglesias propias, y la primitiva colonización monástica y los elementos del paisaje agrario). En cuanto al nacimiento del monasterio de San Millán y su carácter inicial, queda en claro lo siguiente: “Carácter aristocrático y valor político y estratégico son… los dos elementos que configuran inicialmente el desarrollo más temprano de San Millán”.

La constitución del dominio inicial (931-1002) es el tema del capítulo 5 (págs. 119-136). “Rodeado por las últimas estribaciones de la sierra de la Demanda y asentado en la falda de una de las colinas desde la que se da vista a la parte más llana de la Rioja, nace en 931 el monasterio de San Millán como célula de repoblación de la que la monarquía navarra, deseosa de ocupar el área riojana, pretenderá sacar el máximo partido”. El contenido del capítulo cubre estos temas: geopolítica y comienzos del engrandecimiento de San Millán (931-970), con referencia a las bases de la formación del dominio, a San Millán en el juego político de Fernán González, a los esfuerzos navarros por controlar San Millán y su éxito, y a la consolidación del prestigio de San Millán. Luego trata de la madurez de San Millán y sus primeros frutos (971-1002). “Mientras el monasterio de San Millán, gracias a la dinámica creada por la serie de donaciones otorgadas por García Sánchez de Navarra y Fernán González de Castilla constituía las bases de su dominio, morían en el mismo año, 970, el monarca navarro y el conde castellano… Entre este momento y, aproximadamente, 1002, la comunidad
emilianense, asegurada en las sólidas bases que he descrito, comienza a dar los primeros frutos de prestigio económico e intelectual, signo inequívoco de los cuales son no sólo la construcción de la iglesia de Suso, todavía conservada, la masiva producción del escritorio, comprobada en estas fechas por la composición de relevantes códices,
sino por la propia y hostil dedicación que mereció por parte de Almanzor”.

Capítulo 6: el período brillante del dominio emilianense (1003-1106), págs. 137-192. Con dicho capítulo termina esta parte del trabajo. “Al día siguiente del paso de Almanzor o, con más tranquilidad, una vez muerto y ‘sepulto en el infierno’ el caudillo árabe, el abad Ferrucio, con el grupo de administradores del dominio, haría examen
del estado del mismo. Hasta donde alcanzaba la vista, nada estimulaba el ánimo de los directores de la comunidad emilianense. Pero, desde Suso, la vista se encuentra en seguida obstaculizada por las colinas de enfrente, las montañas que se yerguen al sur y el propio monte donde se hallaba el monasterio; sólo hacia el norte y al pie de aquél, por donde las aguas del Cárdenas trazan una ruta de huertas y el esfuerzo de los collazos del monasterio rotura el bosque, era la vista más amplia, lo suficiente para entrever el alcance del paso mu-sulmán. Pero Ferrucio era hombre de íe y pensaba que aquellas posesiones alavesas y castellanas, que las eras de Salinas e incluso, tal vez,
las propias viñas de Nájera, que no veía desde su observatorio, habrían escapado al azote de Almanzor. Pensaba, en suma, que no sería difícil restaurar el núcleo monacal y seguir desde allí ordenando un dominio que, poco a poco, no había dejado de crecer durante el siglo x. San Millán entraba así confiado en la nueva centuria…”.

Se trata entonces, ante todo, del engrandecimiento de San Millán en el seno de la monarquía navarra (1003-1054), tocando estos temas: recuperación y fortalecimiento (1003-1035), con alusión a la nueva oportunidad castellana, a la intervención decisiva de Sancho el Mayor y a los nuevos signos de riqueza del monasterio; geopolítica y expansión imperialista (1034-1054), con referencia a la política de agregación de monasterios, a San Millán beneficiario de tal política y a la ampliación de la base y nuevas formas de dominio. Se estudia luego a San Millán en el proceso de castellanización de la Rioja (1054-1106): política de atracción (1054-1076), con indicación de la lucha por la Rioja y sus resultados, y la aceleración del ritmo de adquisiones emilianenses; y nuevas circunstancias y nuevos beneficios (1076-1106), que suponen el proceso de enriquecimiento y su orientación, y los signos de señorialización.

La tercera parte del libro que reseñamos trata de la explotación del dominio y su influencia en la ordenación del paisaje. El capítulo 7, primero de esta parte, trata de la estructura y modos de explotación del dominio (págs. 195-243). “La ojeada que lanzábamos sobre la evolución del dominio emilianense nos ponía en contacto con la realidad de un proceso expansivo… Pero nuestra mirada, al tener también algo de oteadora del horizonte hacia el que se dirige el sendero a recorrer, impedía un desbordado optimismo por nuestra parte. Por todo ello, conviene ahora que, hacia 1106, tomemos un pequeño descanso y, en vez de seguir avanzando hacia 1200, nos detengamos a profundizar en la estructura y la explotación del dominio de San Millán, antes que las medidas a tomar a lo largo del siglo xn oscurezcan los rasgos más peculiares del mismo”. La investigación se adelanta en este terreno sobre dos hipótesis: la de que “en las mismas circunstancias económicas, sociales y políticas, la respuesta dada dentro de un área geográfica —España respecto a Francia — a un mismo problema, el de la supervivencia, debió ser necesariamente muy similar”; y la de que “una vez admitida la existencia del elemento básico del sistema señorial, habrá que plantear, como segunda hipótesis de trabajo, que su estructura y forma de explotación pudo ser sensiblemente parecida, por lo menos hasta donde lo sería en la propia área donde el sistema adquirió la categoría de clásico”.

Al tratar de la distribución geográfica del interés y de las posesiones del monasterio, distingue el autor seis áreas ocupadas por las propiedades de San Millán: la zona riojana, en la que “nace el monasterio el año 931 como resultado de una decisión del poder real, empeñado en revalorizar un área hasta entonces despoblada”; la zona alavesa, a la que llega San Millán “en virtud de la adquisición de la cuarta parte de Salinas de Anana, donada por Fernán González, y la agregación por el propio conde del monasterio de San Esteban de Salcedo”; la zona de los valles de Mena, Valdivielso y Tobalina, “extendida al occidente de la región alavesa”; la zona de la Bureba, que es la región “donde, fuera de la Rioja, afincó con más insistencia San Millán”; la zona de los montes de Oca y Tirón, “dos extensas áreas forestales”; y la zona cantábrica, adonde llega San Millán por el interés económico de aprovecharse del pescado marítimo.

A propósito del carácter de las posesiones de San Millán, observa el autor “el diferente nivel del interés que la administración del cenobio muestra por sus distintas propiedades: mientras aspira a ampliar y fortalecer su situación en el área riojana, creando en ella lo que podría constituir un verdadero dominio señorial, con todas las implicaciones que el sistema encierra, en las restantes se conforma con aprovechar, de manera muy concreta, un determinado producto — sal, hierro, pesca, pasto—, sin llegar a comprometerse a fondo ni en la ordenación, conservación o transformación de un paisaje, ni en la explotación de los demás recursos de la zona”.

Como elementos constitutivos del dominio aparecen los siguientes: monasterios y decanías, “gobernados directa o indirectamente por la comunidad de San Millán”; la reserva, cuya existencia se deduce “de la de las prestaciones de los campesinos instalados en aquellos [mansos], de los inventarios de bienes del monasterio en determinados lugares, en que no consta ni su sujeción a censo ninguno ni la presencia de un colono en ellos, e incluso, de la frecuencia del empleo de la palabra serna que, si en un principio, se aplica a una tierra sembrada de cereales, toma después el sentido de prestación, y, por extensión, el de tierra explotada directamente por el monasterio, o con más exactitud quizá, que no era concedida a nadie”; el coto, “como centro de toda la administración del dominio emilianense, es la residencia de la familia señorial, cuyas necesidades tienden a satisfacer la explotación de las múltiples heredades del complejo que desde allí se gobierna”; los mansos, que son “ciertas heredades, asiento de hombres cuyo excedente de fuerza productiva va a aprovechar el monasterio afectándolo a la explotación de sus propias parcelas, mediante la prestación de determinados servicios y labores”, y que se distinguen en mansos libres, o solares, habitados por hombres de condición jurídica libre, y en mansos serviles, o casales (casatos), de menor extensión que los anteriores y ocupados por siervos rurales obligados a servicios duros y degradantes.

Pasa luego el autor a estudiar las relaciones entre los elementos constitutivos del dominio. Comienza por los collazos y siervos no instalados en mansos, que “estaban más sujetos a los dominios señoriales porque de su permanencia en ellos dependían las prestaciones a que venían obligados, y no tenían un campo de cultivo, una tierra que respondiese de aquéllas”. Luego trata de las prestaciones debidas por los mansos, y que son los censos (tributum, parata, jorum o injurción) y los servicios en trabajo. Sigue con los contratos agrarios (cartas de fuero), y con la afectación a la reserva señorial de diezmos y tributos. “En resumen, por tanto, y es idea fundamental, S. Millán aparece como una institución que, merced al favor de que goza por parte de la monarquía y de los magnates seculares, puede aprovechar, afectándolo en beneficio de la reserva señorial, el excedente de fuerza productiva de los habitantes instalados en los mansos, ya libres, ya serviles. Tal aprovechamiento lo realiza bajo una triple fórmula: la prestación de servicios en trabajo por parte de los tenentes de solares y casatos, la vinculación de los diezmos satisfechos por estos mismos a las iglesias rurales dependientes de San Millán y la incorporación — mediante afectación o exención — de una serie de gravámenes de tipo público debidos a la monarquía”.

El cap. 8 de este apasionante estudio lleva por título: Las producciones del dominio, síntoma de la ordenación del paisaje agrario (págs. 245-297). “Desde el Cantábrico hasta el Sistema Central —aunque el Duero pueda considerarse, sin grave error, frontera meridional — y desde el Pisuerga hasta los alrededores de Jaca — si bien el Cidacos, que fluye por Calahorra, sea el límite oriental del con-junto macizo de las mismas— se extienden las posesiones emilianenses”. Para estudiar la adquisición del espacio y su ordenación inicial, se parte de esta consideración: “En el caso de la España cristiana, en cualquiera de los diversos núcleos de la etapa altomedieval, toda incorporación de nuevos espacios suponía: un enfrentamiento militar — de variada formulación — con el poder musulmán enemigo, que ocupaba el espacio de que se quería disponer, y una instalación de nuevos elementos humanos”. Esto tiene que ver ante todo con la geografía inicial, pues, “desde el punto de vista de la orografía, es indudable que el avance de las comunidades castellana y navarra hacia el sur permite a sus hombres el abandono de una zona montañosa —sierras y estribaciones de la Cordillera Cantábrica o del Pirineo— y su sustitución por un área de relieve menos brusco: llanada alavesa, cuenca de Miranda, Bureba, Rioja, etc.”. Como segundo factor aparece la población, pues “es evidente que una comunidad humana estacionaria no promueve un avance de las dimensiones y duración del que tuvo por escenario el área castellana y, en menor medida, la zona riojana”.

Como tercer factor condicionante está la tecnología, es decir, “el mejor aprovechamiento de la energía que suponen: la introducción y extensión del molino, la mejora del sistema de atalaje y los comienzos de la utilización del hierro”. También se tiene en cuenta la operatividad de los factores externos, que “influyen sobre la ordenación concreta del espacio adquirido con vistas a su aprovechamiento agrícola y ganadero”. Entre los factores internos se incluyen fundamentalmente dos: “la organización del poblamiento, esto es, del esfuerzo colectivo, y el régimen de propiedad, muchas veces implicado en él”. Viene luego la diversificación del espacio agrario y sus modalidades. “El primer estadio de la evolución, la etapa inicial de aprovechamiento del espacio por parte del cenobio riojano, corresponde a la dedicación ganadera”. Ganadería ovina primordialmente. Luego, “la pesca fluvial [que] fue dedicación temprana de las primeras comunidades altomedievales en los valles de las cordilleras cantábrica y pirenaica”. Esta actividad implicó el control del cauce del río Cárdenas y la extensión de los aprovechamientos del río Ebro, para acabar configurando una explotación sistemática de los recursos pesqueros, ya no simplemente fluviales sino marítimos. Como derivación de la pesca se impone la necesidad de buscar la sal, para conservar aquellos productos y hacerlos llegar en buen estado al cenobio de la Cogolla. Por esto, “no puede parecer excesiva audacia presuponer que el aumento de la cabana emilianense o la ampliación de las pesquerías fluviales o marítimas significaría un incremento paralelo de las exigencias salineras de la administración del monasterio”. En cuanto a la agricultura, ésta se especializa en varios ramos: los cereales, “que presiden las exigencias de una población en continuo crecimiento”; el viñedo, cuya ampliación en España, “como en el resto del occidente europeo, se explica por las necesidades litúrgicas, el hecho de ser una de las pocas bebidas existentes y, poco después, el interés de los grandes señores por prestigiar su mesa con la presencia en ella de caldos de calidad”; y las huertas (cultivos hortícolas y desarrollo de ciertos árboles frutales). Todo esto tiene su sentido especial desde el punto de vista demográfico, económico o social. Queda por ver el destino de los productos señoriales. “Sin embargo, — advierte el autor — todo intento a este respecto resulta fallido: podemos conocer, en el caso de las tierras de sembradura, por ejemplo, la superficie media aproximada de las parcelas, los rendimientos más verosímiles de las mismas, el número incluso de las que, de una forma específica, se entregan al monasterio, pero, al fin, tropezamos con la dificultad insalvable de desconocer la cuantía de las que en villas donadas íntegramente al monasterio posee la comunidad. Y el problema se repite con cada uno de los capítulos de la economía emilianense”.

La última parte de este libro trata de las transformaciones del dominio, y la constituye el cap. 9: “La fase defensiva en la evolución del monasterio. La alteración de la estructura del dominio (1106-1259)” (págs. 301-339). “Cuando, tras contemplar estadísticamente la evolución del dominio emilianense en el último cuarto del siglo xi, pasamos a hacer una consideración semejante del primero de la centuria siguiente, es lógico presumir que nos invada un sentimiento de sorpresa. Al fin y al cabo, hemos dejado al monasterio recibiendo 262 donaciones entre 1076 y 1100 y lo encontramos adquiriendo sólo 47 por ese procedimiento entre 1101 y 1125… Quiere ello decir simplemente, que han empezado otros tiempos para San Millán, a los que, para sobrevivir, tendrá que ajustarse de alguna manera; nuestro monasterio, en concreto, elegirá la defensiva”.

De aquí que ante todo se trate de analizar el ensayo de nuevas fórmulas defensivas del dominio (1106-1166), poniendo el acento en la alteración de las antiguas condiciones (1106-1137), y en el significado y repercusiones de las fórmulas defensivas (1137-1166), que concretamente fueron tercias y diezmos, inmunidades y exenciones y, ¡quién lo creyera!, falsificaciones documentales. Luego se establece el carácter de las nuevas adquisiciones. Se estudian entonces las bases de un nuevo optimismo y la reorganización del dominio (1167-1226), deteniéndose en dos puntos principales: el incremento de las donaciones y la concentración defensiva del dominio, que supone la sustitución de las prestaciones por censos y rentas y la ampliación del coto. En cuanto a la defensa a ultranza del patrimonio (1227-1259), el autor se refiere a los campos y formas de actuación, todo esto respaldado por la protección pontificia: “Por lo que se refiere a San Millán, el monasterio no había obtenido bula de protección común durante el siglo XII, en cuyo penúltimo año se conformó con la confirmación por parte de Inocencio III de la concordia de 1163 con el obispo de Calahorra; fue en 1236, con Gregorio IX, cuando la Santa Sede recibió por primera vez bajo su protección al monasterio emilianense, y, años más tarde, después de que la sentencia de 1246 le hubiera confirmado en sus reivindicaciones frente a la diócesis calagurritana, conseguirá una bula que constituirá al monasterio en jurisdicción verdaderamente nullius con las iglesias del obispado de Calahorra…”.

Conclusión (págs. 343-349): “Cuando el 30 de abril de 1259, el pontífice Alejandro IV recibe al monasterio emilianense bajo la protección de la Santa Sede, concediéndole una extensa serie de privilegios y exenciones, la comunidad riojana está evidenciando la gravedad de la coyuntura por la que atraviesa como institución señorial. Es entonces también, cuando, por decisión propia, concluye mi trabajo…”. García de Cortázar se propuso hacer una investigación en que se impusieran las notas de claridad, coherencia e inteligibilidad. Creo que lo ha logrado, y ha ofrecido además una visión apasionante de la Edad Media Española. El libro está enriquecido con cinco láminas,
un gráfico y cuatro mapas. Y lo complementa un índice de personas y lugares (págs. 355-366) y uno de materias (págs. 367-371).

CARLOS VALDERRAMA ANDRADE.