Las reales salinas de Añana, siglos X-XIX Book Cover Las reales salinas de Añana, siglos X-XIX
Historia medieval y moderna
María Rosario Porres Marijuán
Economía medieval
Universidad del Pais Vasco
2007
393

Conocidas desde la Antigüedad y utilizadas cuando menos desde la época de los romanos, las salinas alavesas de Añana se contaron a partir de la Edad Media entre las más importantes del norte peninsular. Explotadas en un principio por propietarios libres, pasaron a ser compartidas después por la Iglesia, la Corona y la familia de los Sarmiento, para quedar incorporadas al Patrimonio Real tras publicar Felipe II la ley del Estanco de 1564. Desde entonces y hasta el Desestanco decretado en 1869, las salinas de Añana funcionaron como una fábrica real, aunque con condiciones muy precisas para los propietarios asociados en la Comunidad de los Caballeros Herederos de las Salinas, que durante aquellos más de tres siglos mantuvieron la titularidad de las eras.

Pero si merced a estas salinas la provincia de Álava pudo contarse en todo aquel tiempo entre las principales productoras, no quiso en cambio renunciar a formar parte de las llamadas Provincias Exentas, lo que entrañaba disfrutar de ciertas ventajas fiscales en el consumo de la sal. Esa dualidad se convertirá en muchos momentos en una mezcla explosiva, tanto más cuanto mayor se fue haciendo el grado de organización del sector salinero por parte de la Corona. Cuando a efectos de fiscalización ésta dividió el Reino en partidos, la Álava salinera -la de las villas productoras- quedó incardinada en el de Castilla la Vieja, con su engranaje de administradores, recaudadores, guardas y demás “ministros” como se decía entonces, a merced de los intereses de los arrendatarios de la renta de la sal y de la Hacienda Regia; en definitiva, a la política de los gravámenes sobre el producto.

En cambio, la Álava consumidora, la de los alaveses que estaban acostumbrados a las exenciones fiscales y por tanto con intereses opuestos a los de aquella, dejará oir su voz a través de sus Juntas y su Diputado General para reivindicar, no ya los derechos adquiridos, sino la posibilidad de alcanzar otros nuevos, tratando de emular a sus vecinos de Vizcaya y Guipúzcoa que en el tema de la sal disfrutaban de superiores ventajas fiscales.

En el libro que aquí se presenta, el establecimiento del estanco de la sal por Felipe II abre un mundo apasionante de trescientos años en el que se va desenvainando, de un lado, la transformación de unas salinas, explotadas por señores laicos y eclesiásticos durante todo el medievo, en una verdadera fábrica real, con sus ventajas e inconvenientes; y, de otro, el proceso mismo de la conformación de Álava como entidad política, administrativa y fiscal. Una entidad llena de contradicciones, fruto de aquella ambivalencia, agravada además por una inexcusable condición de tierra de frontera que la fue convirtiendo en pasto continuamente del temido contrabando, cuyo control por otra parte será motivo de frecuentes rencillas jurisdiccionales entre la Real Hacienda y las autoridades provinciales.