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En la Península Ibérica de la Reconquista, la espada era mucho más que un arma. Era símbolo de nobleza, objeto de juramento y, en ocasiones, reliquia familiar transmitida durante generaciones. Repasamos cómo eran las espadas que se empuñaron en Castilla entre los siglos X y XV.
La espada de armas: el arma del caballero
Entre los siglos X y XIII predomina la llamada espada de armas: hoja recta de doble filo, de unos 75 a 85 cm, con una acanaladura central que aligeraba el peso. La guarda era una cruz sencilla y el pomo solía tener forma de disco o de nuez.
Se manejaba con una sola mano, porque la otra sostenía el escudo. Su diseño estaba pensado para cortar, sobre todo contra enemigos con cota de malla.
La espada tenía además un papel central en la investidura del caballero. En la ceremonia, el nuevo caballero recibía el arma y juraba lealtad a su señor y a la fe. Por eso muchas hojas llevaban inscripciones religiosas o invocaciones grabadas, que su dueño entendía como una protección en la batalla.
Tizona y Colada: las espadas del Cid
Ninguna espada castellana es tan famosa como las de Rodrigo Díaz de Vivar. El Cantar de mio Cid cuenta cómo ganó Colada al conde de Barcelona y Tizona al rey Búcar. Ambas se convierten en el poema en símbolo del honor del héroe, hasta el punto de que el Cid las reclama a los infantes de Carrión tras la afrenta de Corpes.
La espada que la tradición identifica como Tizona se conserva hoy en el Museo de Burgos.
Las órdenes militares y la espada templaria
Con la llegada de las órdenes militares, la espada adquirió un fuerte sentido religioso. El Temple tuvo una presencia importante en la Corona de Castilla, junto a las órdenes hispanas de Calatrava, Santiago y Alcántara.
La forma de cruz de la empuñadura se leía como un símbolo de fe, y era habitual jurar sobre ella. Hoy las espadas templarias son una de las réplicas históricas más buscadas por recreacionistas y aficionados a la historia.
La evolución hacia la Baja Edad Media
A partir del siglo XIV, la armadura de placas cambió la forma de combatir. Las espadas se alargaron y se volvieron más puntiagudas para buscar los huecos de la armadura. Aparecen las espadas de mano y media, que podían empuñarse con una o con dos manos.
Los pomos se diversifican y la guarda empieza a curvarse. Es el camino que, ya en el siglo XVI, desembocará en la ropera y en la fama de los aceros toledanos.
Para los aficionados a la historia
Quien quiera ver estas piezas de cerca tiene buenas opciones: el Museo del Ejército en Toledo y la Real Armería de Madrid conservan colecciones excepcionales.
Para los recreacionistas y coleccionistas, existen réplicas de espadas medievales que reproducen con fidelidad las hojas, guardas y pomos de cada época. Son una forma de acercar a casa un pedazo de la historia que se escribió en los campos de Castilla.