Tras la derrota castellana en Clunia en agosto del 1007, fruto de la sexta campaña de ʿAbd al-Malik b. Muḥammad al-Muẓáffar. este tuvo que volver de nuevo contra Castilla. Y fue ese mismo año, en otoño.

A 12 días pasados de safar del 398H (28 de octubre 1007) tiene que volver de nuevo a la frontera del Duero castellano a enfrentarse a Sancho. En esta ocasión entabló batalla en la fortaleza de San Martín de Rubiales. De nuevo seguimos el relato de al-Bayan al-Mugrib:

El año 398 (17 septiembre 1007 – 4 septiembre 1008), el háyib ʿAbd al-Malik partió con la sexta de sus expediciones; la única campaña de invierno de todo su reinado. Salió de Córdoba el 12 de safar de este año (28 de octubre de 1007) y habiendo seguido su camino vino a enfrentarse con el castillo de Sant Martin (San Martín de Rubiales). Una vez allí ʿAbd al-Malik dio la orden de descargar la impedimenta, e inmediatamente los musulmanes se lanzaron al asalto de la citada fortaleza,

Los infieles que la guarnecían se habían adelantado con la esperanza de impedir la aproximación y librar el combate en el exterior, pero no tardaron en batirse en retirada; varios fueron abatidos a golpe de sable y el resto buscó refugio en la fortaleza. Protegidos detrás de las fortificaciones, pretendían lanzar piedras y flechas sobre los musulmanes, pero ninguno de ellos podía asomar su mano sin que fueses inmediatamente atravesada por dos o tres dardos; así que se ocultaron tras los muros de las fortificaciones. Los musulmanes ocuparon la población, a la que prendieron fuego, después de haberse apoderado de todo cuanto encontraron.

Al día siguiente al-Muẓaffar reanudó la lucha contra el castillo; envió soldados de ingenieros y zapadores que bajo la guía de especialistas abrieran una brecha en la fortaleza, arrancando las piedras encajadas entre las vigas de madera. Pusieron todos sus cuidados en este trabajo y así abrieron una ancha brecha que rellenaron de madera empapada de resina a la que prendieron fuego. El incendio alcanzó por encima de la plataforma del bastión, que fue consumida por las llamas. Los infieles, ante este espectáculo, quedaron aterrados, y dando por perdida su vida se arrepentían de haber querido resistir a ʿAbd al-Malik y a los musulmanes.

ʿAbd al-Malik los combatió todavía un tercer día, ordenando a los oficiales encargados de transmitir sus órdenes que acumularan ramaje junto a la brecha, que fue acarreado en grandes montones. Entretanto, la catapulta lanzaba sin interrupción sus proyectiles sobre los enemigos de Allāh y llovían las flechas, impidiendo cualquier movimiento a los defensores de la fortaleza. Durante nueve días se luchó rabiosamente.

Cuando los infieles fueron vencidos, víctimas de la sed, decidieron entregar su castillo a ʿAbd al-Malik y solicitaron para sí el aman. ʿAbd al-Malik hizo que sus tropas se acercaran para saber qué era lo que pedían; solicitaron la vida salvar y permiso para salir del fuerte e irse; si sus condiciones no fueran aceptadas, ellos se remitirían a lo que ʿAbd al-Malik decidiera, puesto que se hallaban al límite de cualquier resistencia. El háyib aceptó y los infieles abrieron la puerta de la fortaleza; ordenó a su hermano ʿAbd al-Raḥmān y a su oficial Safi que penetraran en el interior. Una vez éstos en la fortaleza ordenaron a sus ocupantes que salieran, lo que éstos hicieron llenos de inquietud y de pesar.

Una vez reunida la población del castillo en el patio exterior y cuando ya no quedaba nadie en el interior, ʿAbd al-Malik ordenó separar los combatientes y los demás hombres de las mujeres y de los niños y colocar a cada grupo aparte. Cuando fue avisado de que su orden había sido cumplida montó a caballo, rodeado de un gran número de musulmanes invocando el favor de Allāh entre alabanzas y acciones de gracias. Detuvo su caballo en el patio interior de la fortaleza y se puso a examinarla; a continuación se dirigió al lugar donde había reunido al grupo de hombres: éstos a su llegada se habían puesto de pie y esperaban su clemencia, que serían simplemente llevados en cautividad. Los miró y los aplicó la sentencia que fue pronunciada contra Sad ibn Muad, que Dios lo acoja. Hizo una señal a los soldados que los rodeaban; éstos descargaron sobre ellos sus armas y los hicieron perecer en un instante; a continuación ordenó que los cautivos fueran distribuidos entre los voluntarios de la guerra santa y los caballeros irregulares según la costumbre.

Después hizo reparar las brechas abiertas en las murallas y ordenó al secretario encargado de la redacción de sus cartas, Ahmad b. Burd, que enviara a la capital un mensaje en dos copias, como era usual, anunciando la victoria. El ejército retomó el camino hacia Córdoba, donde entró a principios del mes de rabí II (15 diciembre 1007).»