Como es habitual, el último fin de semana de enero se celebra en la localidad de Santo Domingo de Silos (Burgos) la tradicional Fiesta de Los Jefes. En concreto los días 31 de enero y 1 de febrero de 2015 Silos acogerá la XVI edición de una fiesta declarada de Interés Turístico Regional.

Cuenta la leyenda que durante la invasión musulmana de la Península, un ejército de moros puso sitio a la villa de Santo Domingo de Silos. Ante la desigualdad de las fuerzas encontradas, un vecino silense ideó una estrategia singular: simulando un incendio, y con él la destrucción de cuantos bienes hubiera en el pueblo, el enemigo daría por inútil cualquier intento de asedio. Y así fue. En la oscuridad de una fría noche castellana, ardieron numerosas hogueras, resonaron gritos de alarma, retumbaron en todo el valle los ecos de cientos de cencerros en estampida.. Ante esta situación el ejército invasor optó por volver grupas y olvidarse de aquella villa arrasada por el fuego. Curiosamente, a pesar de que la leyenda es plenamente medieval, las indumentarias de los participantes son plenamente decimonónicas, afrancesadas y carlistas.

Los actos

La fiesta de Los Jefes tiene su verdadero inicio el día de reyes. En la tarde de la mencionada fecha, se produce al sorteo de los cargos de Capitán, Cuchillón y Abanderado entre los varones casados del pueblo.

En la mañana del sábado del último fin de semana de enero, el pueblo se reúne en la plaza. Es el momento de ir a buscar a Los Jefes a sus respectivos domicilios. Entre el gentío, hay dos grupos de personas que destacan por su indumentaria. Los hombres vestidos con capa castellana son los comisarios de la fiesta y suelen ser todos los cabeza de familia de la villa. Los niños ataviados con chalecos y polainas de borreguillo y cargados con cencerros son la representación de los ganados que durante el incendio fingido de Silos se encargarán de provocar el mayor ruido y alboroto posible. Conducidos por el aire marcial del tambor, se procede a recoger al Cuchillón, al Abanderado y finalmente al Sargento.

A continuación la comitiva se dirige al Monasterio, donde la Comunidad la recibe en el patio de San José. Allí, el Abanderado hace una demostración de su pericia y entona repetidas veces el grito más emblemático de toda la fiesta: ¡Viva nuestra devoción al Dulce nombre de Jesús y María! De nuevo en la plaza, tiene lugar la lectura del Pregón y, concluido éste, se presentan formalmente a los Jefes de ese año. Todo el pueblo forma un gran círculo y en su interior cada uno de los jefes dará una serie de vueltas con aire gallardo y solemne, finalizado éstas con el consabido Viva.

A primeras horas de la tarde celebramos la Corrida de Gallos o Las Crestas, ritual antiquísimo en el cual los jefes, y posteriormente cualquier audaz jinete, habrán de intentar cobrar alguna de las prendas que cuelgan de una soga que es hábilmente manejada por un vecino para entorpecer las aspiraciones de los participantes. Y tras Las Crestas, La Carrera de San Antón, prueba ecuestre en la cual los jefes y otros animosos vecinos competirán por alzarse con la victoria en un breve pero complicado circuito urbano.

Carrera de Los Gallos o Las Crestas

Con la llegada de la noche, se puede disfrutar de uno de los actos más espectaculares y llamativos de toda la fiesta: Silos en llamas. Rememorando la hazaña de sus antepasados, esta noche fingen igualmente que el pueblo es devorado por un pavoroso incendio. Se encienden hogueras por todos sus rincones; los hombres, escoltando a los jefes, recorren varias veces el pueblo, portando teas e invocando los nombres de Jesús y María; los más jóvenes se cargan de cencerros y provocan la realista sensación de una desbandada general de animales domésticos. En la plaza, una gran pira sirve de punto de reunión de todos los participantes y en torno a ella concluye esta jornada.

Fiestas de Los Jefes. Silos en Llamas

El domingo esta consagrado casi por completo a las Benditas Ánimas. Por la mañana se celebra una misa dedicada a todos los silenses difuntos. De una emotividad incomparables es el Rosario que se reza por la tarde. El luto de Los Jefes, Las letanías acompañadas por el grave resonar del tambor, la austeridad de la procesión y el recogimiento general de la ceremonia conforman la antesala de lo que será el último de los rituales de la fiesta. La plaza es escenario de la postrera representación de la fiesta. Una a una las mujeres de los jefes, vestidad de luto y hermosamente tocadas, tomarán la bandera e iniciaran un gracioso desfile, concluyendo el mismo con la mil veces repetida aclamación de los nombres de Jesús y de María.

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