Es muy difícil para nosotros entender lo realmente costoso que era transferir el conocimiento en la Antigüedad y la Edad Media. Nosotros tenemos a un clic casi cualquier documento o libro, podemos crear libros digitales y enviarlos a una imprenta digital en instantes y disponer en poco tiempo del documento en papel.

La elaboración de un libro en tiempos pasados, antes de la invención de la imprenta por Gutenberg, era un trabajo costoso, especializado y, en consecuencia muy caro. El libro era una artículo de lujo solo al alcance de la alta nobleza y de la alta clase religiosa. Y eran precisamente los clérigos y monjes casi los únicos capacitados para hacer realizar las tareas de escritura, iluminación y encuadernación de libros.

Pero, ¿en qué tipo de materiales se hacían los libros medievales? Tres son los soportes de la escritura en esta época: pergamino, papiro y papel. No todos se utilizaron en la misma medida. En particular en España lo más utilizado es el pergamino seguido por el papel, introducido por los árabes; el uso del papiro es muy escaso debido al monopolio que mantuvo Egipto hasta la conquista árabe y su menor resistencia al paso del tiempo.

El pergamino

Si bien se tiene constancia de uso de piel de animal o cuero para escribir en él desde la IV dinastía del Antiguo Egipto, el pergamino, tal y como lo conocemos hoy en día, se crea en el período helenístico, en concreto en la ciudad de Pérgamo, de donde procede su nombre. En la actualidad se considera que el manuscrito más antiguo pergamino que se conserva es el Gran Rollo de Isaías, datado entre el año 150 y 100 a. C.

A partir del siglo III se extendió su uso por Europa y durante la Alta Edad Media fue el material común para la escritura debido a su mayor resistencia al paso del tiempo y a la capacidad de poder escribir en sus dos caras.

Por otro lado, era factible plegarlo para encuadernarlo en formato de códice, más manejable que los rollos de papiro, tanto para almacenar como para transportarlo. Además la materia prima estaba disponible con facilidad: pieles de animales como ovejas, cabras, vacas o asnos… materia prima que en la Península Ibérica abundaba.

El laborioso proceso del pergaminaje

La primera actuación, que duraba unos 20 días, es el raspado, que consiste en eliminar la epidermis, la capa externa de la piel del animal. Se introducía la piel en baños de cal con el objetivo de quitar el pelo o la lana raspando la superficie exterior con un cuchillo poco afilado. La piel se sujetaba sobre un soporte curvo y se raspaba con una cuchilla de la misma forma con mango de manera llamada rasorius. EL trabajador raspaba de arriba a abajo haciendo que el pelo se desprendiera; luego se daba la vuelta y del mismo modo se eliminaban los restos de carne. Generalmente esta primera fase se hacía cerca de alguna fuente de agua para eliminar los restos de cal.

El siguiente proceso es el estirado. Se somete la piel a una tensión uniforme para evitar que se formen arrugas y pliegues. Para ello se montaba en un bastidor de forma que el colágenos de la piel se reoriente de paralelamente a la superficie de la piel. Ene sta operación la piel pierde una parte importante de su contenido en agua. El proceso se repite varias veces mientras se mantiene la piel húmeda con agua caliente y se raspa la piel con un tipo de cuchillo denominado lunelum. Además, la cara de la flor de la piel se cubría con greda o tiza, material que absorbía la grasa y daba mayor blancura y opacidad al pergamino. A continuación se realizaba el secado de la piel.

Pergaminos de piel de cabra
Pergaminos de piel de cabra

El último paso lo solía hacer ya el escriba o copista antes de comenzar a utilizar el pergamino. Se trata del bruñido. Es un proceso diferente según a qué se vaya a dedicar la pieza. En el caso de los destinados a escritura, el copista los raspaba con piedra pómez, resina de saldaraca o hueso de sepia.

El proceso de pergaminaje necesitaba de mano de obra especializada. Probablemente muchos grandes monasterios cristianos disponían de especialistas en su elaboración. Y también en algunas ciudades de al-Andalus había talleres especializados. Por ejemplo en Córdoba existía un Barrio de los Pergamineros; y en Sevilla, dentro de su alcázar, se cita un Hamman de los Pergamineros donde acabaron sus días los reyes taifas de Muhammad ben Nuh de Morón y Abdún Jizrun de Arcos.

Tipos de pergamino

El color y la calidad del pergamino varían según el animal utilizado. Los de oveja tienen una tonalidad blanco crema; los de cabra son grisáceos. Además eran más claros si el animal era de lana o pelo blanco que los que procedían de animales de color, que además podían tener manchas o ser más oscuros. También había ciertas razas apreciadas por la calidad de su piel para pergaminos. Por ejemplo en la Península Ibérica se utilizaron aveces pergaminos de piel de gacelas procedentes del norte de África, famosos por su calidad.

Además, en un mismo pergamino se diferencian dos caras. La cara donde estuvo el pelo, con un color algo más intenso y de apariencia más lisa, suele ser la cara más indicada para hacer las miniaturas. En cambio, la cara de la carne es más mate y blanda, más adecuada para la escritura.