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Martinillos: los duendes castellanos

por Javier Iglesia Aparicio
2 comentarios 234 visitas 7 min. de lectura
Los martinillos o martinicos

¿Quiénes son los martinillos?

El nombre de martinillo, martinico o simplemente martín se ha utilizado frecuentemente en Castilla para nombrar a un pequeño y travieso tipo de duende, trasgo o demonio. Habitualmente es descrito como un ser rechoncho, narigudo, rabón, achaparrado, patituerto, con un poco de chepa y cojitranco.

Son bastante inestables emocionalmente. y, aprovechándose de su invisibilidad, los martinillos se dedican a divertirse rompiendo cosas, escondiéndolas o cambiándolas de sitio, apagando y encendiendo las luces… Pero lo que más les motiva es el lanzamiento de piedras.

Suelen ser unos vecinos muy molestos: muy bromistas, especialmente con los avaros, a los que suelen convertir su oro en carbón; con las doncellas, haciendo ruidos en las alacenas, apagando los candiles, tirando pucheros; engañando a los humanos de varias maneras; y, en ocasiones,​ asustando a los niños. Pero se han dado casos es lo que se muestran generosos y solidarios con aquellas familias que viven en su casa siempre que le hayan caído en gracia. De todos modos, no hay nada peor que tratar de importunarlos: Es entonces cuando se vuelven temibles y hacen imposible la vida a los moradores de la casa.

Los martinillos son sobre todo hogareños, dueños de la que consideran su casa. Los hubo monásticos, palaciegos, castellanos, y aristocráticos. Si acaban encariñándose de una familia puede darse el caso sí alguien de dicha familia tiene problemas hagan todo lo posible por ayudarlo. En ocasiones, se encariñan tanto de una familia que cuando estos se mudan, el martinillo se traslada con ellos.

En cuanto a su vestimenta, aunque les gusta el rojo, se les ha visto también con ropas de otros colores. Les gusta vestir capita, sombrero y, sobre todo, hábito de fraile, sin tener preferencia por orden religiosa alguna.

Martinico o martinillo castellano
Martinico o martinillo

Tiene graves y secretos poderes que utiliza para metamorfosearse en animal (motivo por el cual algunos autores los emparentan, en forma lejana, con las hadas). No parece existir ningún método expeditivo para librarse de la pesada cargas de los martinillos salvo armarse de paciencia y practicar las más estricta indiferencia y ausencia de atención al ser. Este, al sentirse ignorado, se sentirá herido en su ego y acabará por irse a otro sitio a continuar su molesta actividad.

Duende Martinico en el grabado "Duendecillos", Capricho nº 49, serie Los Caprichos de Francisco de Goya
Duende Martinico en el grabado “Duendecillos”, Capricho nº 49, serie Los Caprichos de Francisco de Goya

Algunos martinillos con fama

Escribió Marie-Catherine le Jumelle de Barneville, Baronesa d’Aulnoy, en su Mémoires de la cour d’Espagne que durante su viaje por España en el año 1679:

…me había referido que pasaríamos cerca del castillo de Quevado, en el cual habitaba un duende. Me refirió muchas extravagancias creídas por los naturales del país, hasta el punto de no haber quién se refugie en el castillo… el dueño de la posada nos manifestó que al duende no le placía ser molestado y que, si le venían ganas, por muchos que fuéramos, nos golpearía a su sabor hasta dejarnos medio muertos.

Se atribuyó también a un martinillo un suceso denunciado en 1956 en la localidad burgalesa de Horna y conocido como el duende de Horna. Las cuatro familais que residían en una casa cercana a la estación del ferrocarril Santander – Mediterráneo denunciaron que, durante la noche, se escuchaban tremendos golpes secos que les impedía dormir. Aunque la Guardia Civil concluyó que estos sonidos eran producidos por las ratas, parece ser que en realidad fue una acción de la familia arrendadora para echar a los inquilinos. ¡Nada de culpa de los martinillos!

La Casa del Duende de Córdoba

Alla por el siglo XVI vivía en Córdoba una acaudalada dama, a la que su hermano envidiaba por haber sido favorecida en el testamento de sus padres, así que pensó en matarla para quedarse con toda la herencia. La afortunada heredera vivía en la calle cordobesa de Almonas, entre el barrio de San Andrés y el de la Magdalena.

Resulta que esa casa ya tenía otro imprevisto huésped: Martinico, un duende condenado a vivir penando toda la eternidad por haber maltratado a su anciano padre. El duende se enamoró perdidamente de la dama, se le aparecía y le hablaba queriendo enamorarla, pero ella lo rechazaba una vez y otra pues le producía espanto y temor, pero el amor del duende era incondicional.

Mientras tanto, el hermano de la dama seguía con sus aviesas intenciones. En numerosas ocasiones acudió a la casa con el objetivo de matarla pero, durante seis años, el duende se ocupó de que sus planes fracasaran. Martinico se encargaba hacer ruidos ensordecedores que hacían acudir a los vecinos para ver que pasaba. Con tanta gente al hermano le era imposible cometer el crimen y así el duende evitó durante mucho tiempo la muerte de la dama.

Cansada del acoso del pesado duende y del hermano, decidió cambiar de casa a pesar de las advertencias y ruegos de Martinico. Pero, el día de Nochebuena, a la salida de la misa del Gallo, el malvado hermano la atacó por la espalda y logró asesinarla sin que nadie lo viera. Libre de sospecha, fingió una gran pena por su hermana y hasta se vistió de luto. De este modo logró por fin hacerse con todos los bienes que tenía su hermana.

Decidió además irse a vivir a la misma casa de la calle de Almonas, aquella donde vivía el duende. Una noche, cuando ya estaba en la cama, se sintió mal, las fuerzas y la respiración le faltaban. Se llevó entonces las manos al cuello y adivinó una soga que le apretaba y asfixiaba, Quiso encender una luz pero no pudo, y poco a poco, ya casi muerto, sintió que se movía en el aire y que alguien tiraba hacia arriba de la cuerda, hasta que quedo colgado de una viga ya sin remedio.

Cuando los vecinos, acompañados de la autoridad, forzaron la puerta y entraron en la casa se lo encontraron colgado y a su lado estaba el Martinico que autorizaba a que se llevaran el cadáver para ser enterrado en camposanto, pues no había sido un suicidio, sino una ejecución del más allá a quien por avaricia había acabado con la vida de su hermana.

Como por arte de magia se metió el duende volando en el pozo del patio y desapareció. Todos vieron y oyeron como al meterse en el agua surgió un ruido por toda la casa como el que hace el viento en una noche de tormenta.

El guardián de los aljibes del Albaicín granadino

En el barrio del Albaicín de Granada cuentan que el duende Martinico era el guardián de los aljibes, de los depósitos de agua, y con él se asustaba a los niños para evitar que ensuciaran el agua que servía para beber en la ciudad, evitándose de este modo infecciones.

Son numerosísimas las leyendas y anécdotas con martinillos en Castilla y Andalucía. Como por ejemplo los de Mondéjar y Berninches en Guadalajara. Os recomendamos escuchar este podcast que narra la leyenda de un martinillo de Torredonjimeno (Jaén).

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Los martinillos en la literatura y el arte

Martín es nombre de diablo o demonio en la Edad Media; en el cuento XLV de El conde Lucanor de don Juan Manuel se llama al demonio que sirve a un hombre “Martín”.

Pedro Calderón de la Barca, en su comedia La dama duende, jornada segunda, escena XIII, describe al supuesto duende que dice haber visto el miedoso Cosme como “fraile tamañito” o “duende capuchino”. Goya los representa como enanos cabezones o de gran cabeza, con manos grandes​ y vestidos con hábito franciscano; lo corrobora que en Extremadura sean conocidos como frailecillos. Su fisonomía tal vez se asocie con los cabezudos que aparecen en las fiestas populares de Castilla.

En el siglo XVIII el dramaturgo Antonio de Zamora aludió a esta superstición en su comedia Duendes son alcahuetes donde cuenta la costumbre de hacer pasar por duendes a los amantes y novios descuidados y ruidosos que escondían las mozas.

Benito Jerónimo Feijoo combatió esta superstición en sus ensayos (Teatro crítico universal, tomo tercero, discurso cuarto, “Duendes y Espíritus familiares”, Madrid, 1729)​ y Fernán Caballero recogió en el XIX algunos cuentos populares en que son protagonistas.

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2 comentarios

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Bebel 06/12/2022 - 09:54

Curiosamente Martinillo se llama el compañero del Papamoscas de la catedral de Burgos

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Eduardo López Tomé 09/12/2022 - 17:31

Buenas tardes. Te felicito por estas breves reseñas históricas. Recuerdo que de niño, y no tan niño, veía en el entonces Diario de Burgos, en aquellas sábanas de papel, una pequeña sección que se titulaba MARTINILLOS, era una pagina que sacaba “punta” a algunas cosas de aquella sociedad. Pensé que era por los del compañero del Papamoscas, que a lo mejor lo era, pero me ha dejado un poco perplejo.
Gracias por tus ilustraciones y comentarios.
El Tomé.

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