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Breve crónica del año 1027 – Era hispánica 1065

por Javier Iglesia Aparicio
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Breve crónica año 1027

Sea bienvenido el devoto lector a este humilde pergamino, donde quien os escribe, testigo de los vaivenes de la fortuna y observador de los designios que la Divina Providencia dispone sobre las cabezas de reyes y vasallos, se dispone a relatar los sucesos que han marcado el curso del sol en este año de gracia de mil y veinte y siete de la Encarnación de Nuestro Señor, que en el cómputo de nuestra Era Hispánica se cuenta como el mil y sesenta y cinco.

Nos hallamos en un tiempo de grandes mudanzas, donde las viejas columnas del califato sarraceno se desmoronan como arena entre los dedos, mientras en los valles del norte, los príncipes cristianos tejen alianzas de sangre y espíritu para restaurar el orden de los antiguos godos. Es este un tiempo de espadas, pero también de cruces; de pactos firmados en altares y de coronas que cambian de sienes bajo la mirada de Roma y de los santos. En las líneas que siguen, daremos cuenta de cómo la paz intenta florecer entre los campos de batalla y cómo la autoridad de los césares y los califas busca sostenerse en un mundo que ya no es el de nuestros abuelos.


Brevis rerum gestarum summarium

En este año de mil y veinte y siete, la cristiandad y el islam han vivido jornadas que marcarán el destino de las generaciones venideras. La península ibérica, corazón de nuestra atención, ha sido testigo del agónico intento de restaurar la unidad omeya en Córdoba, mientras que en la Marca Hispánica, la Iglesia ha alzado su voz para imponer una tregua a la ambición de los barones. Más allá de los Pirineos, los tronos de Francia y del Imperio han visto nuevas consagraciones, consolidando linajes que aspiran a la hegemonía europea.

  • El sínodo de Toulouges y la Tregua de Dios de Oliba, abad de los monasterios de Santa María de Ripoll, San Miguel de Cuixà, San Martín de Canigó y obispo de Vic..
  • Proclamado un nuevo califa omeya en Córdoba: Hisham III.
  • El conde García Sánchez de Castilla alcanza la mayoría de edad

Annales rerum gestarum Era MLXV

El sínodo de Toulouges y la invención de la Paz de Dios

El 16 de mayo, cuando el sol empezaba a calentar las tierras del condado de Rosellón, tuvo lugar un evento de trascendencia espiritual y social sin parangón en nuestra época. En el prado de Toulouges, cerca de Perpiñán, se reunió una asamblea de obispos, abades y nobles, presidida por la autoridad moral del abad y obispo Oliba, quien en ausencia del obispo Berenguer de Elna tomó las riendas del sínodo. Este encuentro no fue una mera reunión litúrgica, sino una respuesta desesperada a la violencia desenfrenada de los señores feudales que, tras la descomposición del orden carolingio, han convertido el campo en un lugar de rapiña y desolación.

El abad Oliba, cuya sabiduría es respetada desde las montañas de Montserrat hasta las cortes de Gascuña, ha logrado imponer lo que se denomina la “Tregua de Dios”, de momento únicamente para los habitantes del condado de Rosellón y del obispado de Elna. Este pacto sagrado establece que desde la hora de vísperas del sábado hasta la aurora del lunes, ningún cristiano puede atacar a otro, bajo pena de excomunión y anatema. Pero la protección no se limita al tiempo, sino también al espacio. Se han delimitado las “sagreras”, espacios de treinta pasos alrededor de las iglesias que gozan de inviolabilidad absoluta. Allí, los campesinos pueden guardar sus aperos y sus cosechas, y los inermes pueden refugiarse de las mesnadas de caballeros que no conocen más ley que la de su propia espada.

Esta iniciativa de Oliba bebe de las fuentes de los concilios de Charroux y Puy, pero en Toulouges ha adquirido una fuerza nueva. Se trata de un contrato social donde la Iglesia, ante la debilidad de los condes para mantener el orden público, asume la función de protectora de los pobres y de los clérigos desarmados. Es, en esencia, un intento de civilizar a una nobleza que ha olvidado sus deberes de justicia para con sus vasallos. Los cánones de este sínodo prohíben expresamente asaltar iglesias, saquear cementerios o atacar a mercaderes y peregrinos, estableciendo que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino un estado de santificación del tiempo y del espacio.

La sombra del último califa: Hisham III en Alpuente

Mientras en el norte se busca la paz mediante la cruz, en el sur, el islam peninsular se desmorona en un caos que los sarracenos llaman la fitna. El 4 de junio de este año, en un intento casi nostálgico por restaurar la gloria de la casa de los Omeyas, ha sido proclamado califa Hisham III, con el sobrenombre de al-Mutadd bi-llah. Sin embargo, la estampa de este nuevo califa dista mucho de la de sus antepasados como el gran al-Nasir. Hisham III es un hombre que ha aceptado la corona casi por obligación de los notables cordobeses, quienes ven cómo su ciudad, antaño capital del mundo, se convierte en un nido de intrigas de eslavos y bereberes.

Lo más inusitado de este reinado es que el propio califa no ha pisado aún su capital. Se halla refugiado en las tierras de Alpuente, bajo la protección de ʿAbd Allāh b. Qasīm. Desde allí, Hisham contempla cómo la autoridad que ostenta es puramente nominal.

La situación de Córdoba es penosa. El tesoro está esquilmado por décadas de guerras civiles. No hay un ejército central capaz de imponer la voluntad del califa, y las murallas de la ciudad apenas contienen el descontento de una población hambrienta y sedienta de estabilidad. La proclamación de Hisham III en este año de mil y veinte y siete parece ser, a ojos de cualquier observador informado, el canto del cisne de una dinastía que gobernó estas tierras durante tres siglos y que ahora se ve reducida a una figura errante que teme entrar en su propia corte.

La mayoría de edad de García Sánchez y el creciente poder de Sancho III de Pamplona

En las tierras del condado de Castilla, el año ha traído consigo un cambio de guardia que no ha pasado inadvertido para los ojos atentos de la política peninsular. El conde García Sánchez, que ha vivido bajo la tutela de sus tías y la sombra de su cuñado Sancho III de Pamplona, ha cumplido este año sus diecisiete inviernos, alcanzando así la mayoría de edad para gobernar sus estados. Un diploma fechado el 7 de abril en la abadía de Santillana del Mar nos muestra al joven conde realizando donaciones por su propia mano, ya sin la presencia obligada del obispo Pedro o de sus parientes femeninas, lo que señala el inicio de su gobierno efectivo.   

Sin embargo, la libertad del joven conde es limitada. Castilla es hoy un territorio que, aunque nominalmente dependiente del reino de León, se encuentra bajo la influencia asfixiante del monarca pamplonés, Sancho Garcés III. Sancho, que se titula a sí mismo como “Rex Dei Gratia Hispaniarum”, está moviendo los hilos para casar a García Sánchez con la infanta Sancha, hermana del rey Bermudo III de León. Este matrimonio, que se negocia en estos momentos, tiene como objetivo pacificar la frontera entre León y Castilla, pero también asegurar que la estirpe de Sancho el Mayor se extienda por toda la geografía cristiana.   

Sancho III de Pamplona no solo es un guerrero, sino un diplomático de primer orden. Ha introducido en nuestras tierras las corrientes de la reforma cluniacense y mantiene relaciones constantes con los duques de Gascuña: durante este año, junto a Guillermo Sánchez de Gascuña incluso se han atrevido a atacar los reinos taifas de Lérida y de Denia.  Su figura domina este año mil y veinte y siete, actuando como el verdadero motor de la cristiandad hispana. Ha sabido aprovechar la debilidad de los califas cordobeses para extender su influencia hacia el sur y hacia el este, incorporando condados como el de Ribagorza y manteniendo una vigilancia constante sobre las tierras de Lérida y Zaragoza.


Persona insignis Era MLXV in Hispania

Si este cronista tuviera que señalar a un hombre que encarne el espíritu de este año, ese no sería un rey con espada, sino un monje con báculo: el Abad Oliba, obispo de Vic, abad de varios monasterios y alma de la cristiandad en la Marca Hispánica.

Oliba no es un hombre de paz por debilidad, sino por una profunda convicción de que el orden de Dios debe prevalecer sobre el caos de los hombres. Nacido de la más alta nobleza, hijo de los condes de Cerdaña y Besalú, renunció a sus títulos temporales en su juventud para profesar como monje en Ripoll. Sin embargo, su capacidad de liderazgo le ha llevado a dirigir los destinos espirituales de media Cataluña. Bajo su mandato, los monasterios de Ripoll y San Miguel de Cuixá se han convertido en los faros culturales de Hispania, donde se preserva el saber de los antiguos y se fomenta la reforma de las costumbres.

En este año de mil y veinte y siete, su labor en el sínodo de Toulouges le consagra como un legislador de la paz. Ha sabido leer los tiempos: ante el derrumbe de la autoridad pública, ha alzado la autoridad de la Iglesia para proteger al humilde. Pero su influencia no se detiene en lo espiritual; es consejero íntimo de los condes de Barcelona. Oliba representa la excelencia de nuestra época: la unión entre la fe inquebrantable, la cultura clásica y la astucia política necesaria para navegar en un tiempo de sombras.


Res gestae memorabiles in cetero Orbe Terrarum

El mundo, en su inmensidad, no se detiene en las fronteras de nuestras tierras. Desde la lejana Roma hasta las estepas del oriente, el año de mil y veinte y siete ha dejado huellas que merecen ser consignadas.

La coronación imperial de Conrado II y la presencia de los hombres del norte

El 26 de marzo, en la basílica de San Pedro en Roma, el papa Juan XIX impuso la corona imperial a Conrado II, el primero de la dinastía Salia en ocupar el trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue una ceremonia de una pompa inusitada, donde se buscó restaurar la majestad del imperio de Carlomagno y de los Otones. Conrado II ha demostrado este año una determinación de hierro para controlar a los díscolos duques de Alemania y a los levantiscos ciudadanos de Pavía, a quienes ha sometido tras un asedio implacable.   

Lo más llamativo de esta coronación fue la presencia de Canuto el Grande, rey de Inglaterra, Dinamarca y Noruega. Ver a un descendiente de los feroces vikingos, que antaño asolaron nuestras costas, sentado en un lugar de honor junto al Papa y el Emperador, es una señal inequívoca de los tiempos que vivimos. Canuto ha aprovechado este viaje no solo para mostrar su devoción, sino para negociar acuerdos comerciales y de seguridad para sus súbditos que peregrinan a la Ciudad Eterna. Es un monarca que, habiendo unificado bajo su mano los reinos del Mar del Norte, busca ahora el prestigio y la legitimidad que solo la Iglesia de Roma puede otorgar.   

El Imperio Bizantino y la decadencia de la Dinastía Macedónica

En la lejana Constantinopla, el emperador Constantino VIII sigue gobernando con una mezcla de indolencia y crueldad. A sus ya maduras hijas, las princesas Zoe y Teodora, se las observa con inquietud, pues de su matrimonio depende la sucesión de un trono que empieza a mostrar grietas preocupantes. Constantino ha descuidado la política exterior sabia de su hermano Basilio II, prefiriendo los placeres del hipódromo y la mesa a las fatigas del gobierno. Mientras tanto, en las fronteras, los enemigos del imperio acechan, esperando el momento en que la debilidad del césar de oriente sea tal que permita un nuevo asalto a sus ricas provincias.   

El conflicto en Ifriqiya: Al-Muizz y los Zanata

En las tierras del norte de África, el soberano zirí Al-Muizz b. Badis se enfrenta a un año de graves reveses. La región de Tripolitania se ha perdido de forma permanente ante la revuelta de los bereberes Zanata, quienes cuentan con el apoyo solapado de los califas fatimíes de Egipto. Este debilitamiento de los ziríes, que antaño fueron los guardianes del Mediterráneo central, tiene consecuencias directas para nosotros, pues altera las rutas comerciales y la seguridad de las costas que miran hacia el sur. Al-Muizz, a pesar de su juventud y su celo religioso, ve cómo su autoridad se fragmenta, de la misma manera que el califato de Córdoba se desmorona en nuestra península.   


Meae praedictiones pro anno proximo

Tras haber analizado con detenimiento los sucesos de este año que termina, este cronista se atreve a aventurar lo que la Divina Providencia podría tener guardado para el año de mil y veinte y ocho. Es casi seguro que el joven conde García Sánchez de Castilla se encamine hacia León para celebrar sus esponsales con la infanta Sancha. Esta unión, bendecida por Sancho el Mayor, promete ser el cimiento de una nueva hegemonía en el norte, aunque no debemos ignorar que en León los ánimos están caldeados por la pérdida de influencia de su monarca ante el empuje pamplonés. No sería de extrañar que las tensiones fronterizas entre Castilla y León busquen una resolución que no sea del todo pacífica.   

En cuanto al califato, la situación de Hisham III en Alpuente es insostenible a largo plazo. Si el califa no se decide a entrar en Córdoba y tomar las riendas del poder con mano firme, es probable que la ciudad se hunda en una nueva ola de violencia o que los notables decidan prescindir de una figura tan ausente. 

Por último, la semilla de la Paz y Tregua de Dios plantada por Oliba en Toulouges florecerá sin duda en otros condados, pues la necesidad de orden es tal que los propios caballeros terminarán por aceptar estas leyes sagradas para evitar la excomunión y el desorden total de sus tierras. Que Dios nos dé salud y juicio para verlo y contarlo en la próxima crónica.