Abu Bakr Hisham ben Muhammad ben ‘Abd al-Malik ben ‘Abd al-Rahman an-Nasir, Hisham III (en árabe: المعتد بالله” هشام بن محمد)

[Córdoba, 975 – Lérida, 1036]

Duodécimo y último califa de Córdoba (1027-1031), llamado al-Mu’tadd bi-llah (El que confía en Dios)

Hisham III era hijo de Muhammad ben ‘Abd al-Malik, un nieto de ‘Abd al-Rahmán III, y de una esclava llamada ‘Atib. Según Ibn Idari el califa Hisham III era «blanco, rubicundo hasta la piel, de cabello liso, nariz respingona, lampiño de mejillas y barbilla, de cuerpo hermoso tirando a bajo».

Pertenecía a la dinastía omeya y era hermano del califa ‘Abd al-Rahman IV. Tras la derrota de su hermano (1018), Hisham huyó de Córdoba y se refugió en los dominios del señor de Alpuente, ‘Abd Allah ben Qasím¹

La inestabilidad continuaba en la capital del califato. En el año 1027, los cordobeses, que habían depuesto al califa  Yahya al-Muhtal, se pusieron de acuerdo con las gentes de la frontera para proclamar a un califa y eligieron a uno perteneciente a la familia omeya: Hisham. Fue proclamado califa en la fortaleza de Alpuente, el 4 de junio de 1027 pero no acudió a Córdoba hasta fines del año 1029².

Poco se conoce de su corto gobierno ya que Hisham III fue depuesto el 30 de noviembre del año 1031. La causa parece ser que su visir, Hakam ben Said, llamado Abu-l-Asi, tomaba caudales de los comerciantes cordobeses y se mostraba generoso con los bereberes, lo cual era odioso a ojos de los árabes cordobeses. Los árabes acordaron entonces su asesinato. Mientras tanto, un primo de Hisham III, Umayya ben ‘Abd al-Rahman, aprovechó la situación para levantarse y optar a ser califa. Ante el descontento generalizado, la plebe saqueó el alcázar. 

Los notables de Córdoba, a cuyo mando estaba Abu al-Hazam ben Yahwar, acordaron deponer a Hisham III y pregonaron la total abolición del califato y la expulsión de los omeyas, volviendo el gobierno a los visires.

De este modo finalizó el dominio omeya del califato de Córdoba. Aunque se respetó la vida de Hisham III, tuvo que abandonar Córdoba y acabó sus días en la comarca de Lérida, donde fue enterrado en el mes de safar del año 428 de la hégira (24 de noviembre a 22 de diciembre de 1036).

 

 

Narración de su último día del califato según Ibn Idari

«Los cordobeses transmitieron a al-Mu’tadd (Hisham III) y a Umayya que ninguno de los dos se quedara en el alcázar ni en Córdoba, y convinieron unánimemente en deshacerse de todos los Banu Omeya. Bajó Hisham al pasadizo de la mezquita aljama, conducente a la macsura con quienes se le unieron de sus hijos y mujeres, preguntándose sobre la unión de la comunidad, conjurándoles por Dios respecto de su vida.

 

Se le informó de la aversión de la gente hacia él; entonces dijo: “Ojalá me hallara cerca del mar y me arrojáseis a la masa de sus aguas, pues sería lo más llevadero para mi situación. Haced lo que queráis. Conservadme con mis hijos y mi familia.” Así les mostró la debilidad de su ánimo, la flaqueza de su expresión y el entregarse lo cual estaba oculto a la gente. Permaneció en ese sitio el resto del día y aquella noche prisionero, sumiso, despreciado, temeroso, y fija la vista hacia donde le podía abordar la muerte.

 

Alguno de los custodios de la aljama contó que lo primero que pidió a los jeques, que entraron contra él, fue que le trajeran un pedacito de pan con que aplacar el hambre de una niñita suya que llevaba en brazos y cubría con sus mangas, protegiéndola del frío de aquella noche, y que se quejaba de hambre, desconcertada de lo que le rodeaba. Aumentó su preocupación y pidió una lámpara para entretenerse a su luz con sus mujeres. Hacía llorar al que le hablaba, considerando las vicisitudes de la suerte.

 

Los visires y la gente pasaron la noche en la aljama y decidieron acabar con el asunto de Hisham; entonces fue conducido al castillo de Ibn Saraf, sin que tomasen su firma en la deposición, sin atestiguar su incapacidad para regentar el califato y sin la revocación de la comunidad de sus compromisos de fidelidad que la obligaba, según lo habitual en los contratos. Dios, empero, les hizo olvidar eso, ora por indiferencia, ora por olvido».

 

  1. Ibn Idari: La caída del califato de Córdoba y los reyes de taifas. Traducido por Felipe Maíllo Salgado. Estudios Árabes e Islámicos. Universidad de Salamanca, 1993. pág. 114.
  2. Op. cit. págs. 127-131