Aquellos que amamos los libros, acabamos tarde o temprano sucumbiendo al deseo de hacernos con algún ejemplar antiguo, alguna obra descatalogada, una primera edición o un volumen de difícil acceso. Afortunadamente, en la actualidad tenemos numerosas opciones para buscar, rastrear y adquirir estas joyas: librerías de viejo, sitios webs especializados y compradores de antigüedades y libros antiguos.

Este afán por disponer de obras relevantes y formar la mejor biblioteca era también común en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media de la península Ibérica, sin apenas distinción entre los reinos cristianos y los estados andalusíes.

Generalmente eran los poderosos quienes se preocupaban de adquirir nuevos libros e incluso de mandar copiarlos. Ejemplos claros son los califas de Córdoba y muchos de los reyes taifas que los sucedieron en al-Andalus. Y en la parte cristiana, esta labor la realizaron sobre todo los monasterios, verdaderos centros de producción y difusión cultural de la época.

Pero quizás no nos damos cuenta de lo difícil que era adquirir libros en aquellos tiempos y el gran valor y coste económico que, en consecuencia, que tenían. Las bibliotecas eran verdaderos tesoros y, a diferencia de hoy en día que compramos antigüedades por toda España con facilidad casi en cualquier sitio, en la época altomedieval no existían librerías ni imprentas.

Los libros se confeccionaban generalmente en scriptorium situados en monasterios o en dependencias reales. La confección de cada uno era realmente laboriosa. Por un lado el material donde se escribía, el pergamino, era caro de producir; por otro, el proceso de escritura era totalmente manual, artesano. El monje debía de prepararse sus propias tintas donde luego mojaban los cálamos para escribir con parsimonia en el pergamino. Si se equivocaba, el único método para borrar era el raspado, así que todo se debía de hacer con sumo cuidado.

Los amanuenses pasaban horas y horas copiando minuciosamente los manuscritos, enriqueciéndolos con miniaturas, anotaciones y comentarios. Gracias esa labor silenciosa, detallada y precisa han llegado a nuestros días la mayor parte de las obras de la Antigüedad y de la Edad Media que hoy en día forma parte fundamental de nuestra cultura.

Así es como se formaron bibliotecas tan famosas como la de San Pedro de Cardeña, Santo Domingo de Silos y Valeránica en Burgos; San Cosme de Abellar, Sahagún y Valcavado en León; Tábara en Zamora; San Millán de la Cogolla, Albelda y Nájera en La Rioja; Sobrado y Celanova en Galicia; Guimaraes en Portugal; San Juan de la Peña en Aragón; Cuixá, Ripoll, Urgel y Gerona en la actual Cataluña. No es coincidencia que muchos de estos monasterios contarán también con los mejores scriptorium de la época.

Por otro lado, eran frecuentes los viajes de monjes y personas cultas en busca de nuevos ejemplares para enriquecer sus propias bibliotecas.

Pero, sin duda, el caso más espectacular de este afán por la cultura lo protagonizó el califa al-Hakam II. A fines de su gobierno, su biblioteca tenía decenas de miles de libros (40.000 o 400.000, según fuentes). Se encontraba en el alcázar de Córdoba y estaba ya organizado, teniendo un catálogo que, según Ibn Hazm, tenía 44 cuadernos de 50 folios cada uno.

al-Hakam disponía de un servicio oficial de búsqueda y adquisición de libros que se ocupaba de llegar a aquellos lugares donde podía adquirir nuevos volúmenes. Sabemos que un enviado a Persia pagó a Abu-l-Farach al-Isfahaní 1000 dinares de oro por una copia de su obra Libro de las Canciones. Por supuesto, el califa disponía de su propio taller de copias donde trabajan numerosos copistas y correctores.

Pero, por desgracia, esta insigne biblioteca fue devastada en época de Almanzor en aras de la ortodoxia musulmana, quemándose parte de ellos. El resto fueron vendidos al comienzo de la fitna por el liberto Wadih.