Cuenta una tradición, casi ya perdida, que en la localidad de Salas de los Infantes, el lugar de procedencia de los siete infantes de Lara y donde estaba la casa solariega de su padre, Gonzalo Gustios, se conservaba una huella de una herradura de caballo en una piedra.

Así lo cuenta Menéndez Pidal, quien pudo contemplarla en un periplo por la zona de Salas: «Saliendo ya de la villa en dirección a Vilviestre, al atravesar la dehesa, muestran los pastores en una calva peñascosa del suelo, que ellos llaman La pata del caballo, una herradura estampada en dirección contraria a la Sierra de Neila: persiguiendo  los de Salas a Doña Alambra, huía ésta con el caballo herrado al revés para dejar tras de sí rastro engañoso; pero luego se vio acosada de cerca, y rompió en una maldición: “¡Así la tierra me tragase!”. Entonces el caballo pegó un bote desde el peñasco y fue a hundirse allá en la Laguna Negra.»1

 

En la toponimia de la zona aún existe un lugar llamado Pata el Caballo, a las afueras de Salas, hacia el sureste. En el mapa se muestra su localización exacta. Pero parece que la huella ya no es visible y además cerca se construyó una instalación agropecuaria que seguramente modificó el lugar.

Una leyenda más que deja en mal lugar a doña Lambra y que tiene como protagonista a un fabuloso salto de caballo. Me vienen a la memoria otros saltos gigantescos de caballo como el de Juan Martín el Empecinado entre dos cerros que bordean el río Duero en la zona de San Martín de Rubiales; o el Salto de Roldán en el Pirineo oscense.

1. Menéndez Pidal, Ramón. La Leyenda de los Infantes de Lara, Madrid, 1896.

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