Seguramente que si cerramos los ojos y nos imaginamos una fiesta o celebración durante nuestra Edad Media, aparte de mesas pantagruélicas, jarras de vino o cerveza por doquier y el ruido estruendoso de los cánticos y los bailes, aparecerá un personaje medieval indispensable en esas lides: un juglar o un bufón que además de hacer música, bailar y cantar trata de divertir a los comensales de variopintas maneras.

No es de extrañar que nos venga esta imagen tras décadas de películas, series de televisión, espectáculos y animaciones que así presentan las fiestas y el papel de los juglares medievales. Pero, ¿qué hay de verdad en esta imagen? ¿Cómo eran en realidad los juglares? ¿De dónde surgieron? ¿Cómo evolucionaron? ¿Qué rastro han dejado en nuestra cultura actual?

¿Qué es un juglar?

Un juglar es toda aquella persona que, en época medieval, se ganaba la vida actuando ante un público con intención de divertirlo. El término juglar procede del latín iocularis, que tiene el doble significado de ser algo gracioso, divertido o entretenido pero a la vez está relacionado con los juegos y las festividades.

Por el propio carácter de su profesión, hemos de suponer que un juglar, además de estar acostumbrado a una vida itinerante, yendo de festividad en festividad allá donde pudiera ganarse sus cuartos, era también un individuo con múltiples habilidades artísticas: canto, baile, música, malabarismos, acrobacias,…

¿Pobres o ricos? ¿Cultos o vulgares? Difícil establecer un canon. En realidad, al igual que hoy en día por ejemplo entre los actores, los había ricos y pobres, que actuaban sólo ante los más poderosos y que lo hacían en cualquier ocasión; los que estaban asentados en un lugar y los que itineraban; los que vivían de las limosnas y los que tenían un sueldo fijo de nobles, municipios o incluso de la propia Iglesia…

Origen de los juglares: el mimo tardorromano

Muy pocos hechos en la historia surgen de repente y sin antecedentes o sin ser parte de la evolución de algo anterior. Y es este también el caso de los juglares. Puede parecer que con el derrumbe del Imperio Romano toda la cultura desaparece o al menos se desvanece, pero no es así realmente: simplemente evoluciona.

De la época romana nos han llegado noticias de mimos e histriones protagonistas del teatro de Bajo Imperio y la Tardoantigüedad. El histrión era un actor que se solía disfrazar y exageraba reacciones y sentimientos en su actuación. El mimo era un actor cuya actuación se basaba en cuatro aspectos básicos: la recreación de escenas de la vida cotidiana; la improvisación teniendo en ocasiones como base un texto; la ausencia de máscara y la gestualidad del cuerpo y del rostro; y, por último, la imitación de personas y animales haciendo uso de la voz.

Por otro lado, los pueblos germánicos tenían una larga tradición de scotas o bardos que cantaban las gestas, antiguas leyendas, relatos mitológicos. Eran errantes y que, en ocasiones, se acompañaban de músicos o interpretaban ellos mismos las melodías. 

Los juglares medievales son herederos directos de los mimos tardorromanos y van a incorporar las formas germánicas e incluso, en determinadas zonas, como veremos, también tendrán influencias orientales a través del contacto con la cultura musulmana.

La tradición del mimo se mantiene siglos después de la caída del Imperio Romano. Es más, se puede suponer que los géneros teatrales sencillos como los que ejecutaban los mimos se habrían visto revitalizados tras la caída del Imperio de Occidente, puesto que no exigían el mantenimiento de grandes infraestructuras. Así, las fuentes señalan que no era de extrañar hallar en las cortes de los monarcas bárbaros actores y músicos profesionales. 

Estos artistas profesionales eran muy valorados por el público y la crítica social que realizaban constituía un factor clave en la mentalidad de la época, a pesar de contar con una tenaz oposición eclesiástica. Tal y como afirman varios investigadores, los artistas, junto con el público para el que actuaban, realizaron un papel de vital importancia en la preservación y transmisión de la tradición oral.

Las primeras referencias a la existencia de juglares en época medieval en la península Ibérica son muy tempranas. Gregorio de Tours, al contar uno de los milagros de San Martín, obispo de Braga, nos dice que el rey suevo Mirón (570-583) tenía a su servicio un mimo (mimus Regis) que con su verba iaculatoria solazaba al rey y le entretenía. Pero, por hacer una burla irrespetuosa al santo, recibió un castigo celestial.

En Orense, en la fachada de la iglesia dedicada a San Martín, crecía una parra que por orden del rey y ante el temor de ser castigado por la providencia nadie se atrevía a tocar, pero el citado mimus, al hacer caso omiso del aviso real y no mostrar el menor respeto por San Martín, se le quedó la mano pegada a la parra cuando se dispuso a coger algunas uvas y comenzó a sentir un gran dolor al tiempo que rogaba a los presentes que rezasen para que fuera perdonado. Ante los gritos de sufrimiento y la imposibilidad de despegar al actor de la parra, el rey ordenó que le cortaran la mano, pero fue disuadido y el monarca optó por entrar a la iglesia y orar, consiguiendo finalmente el perdón divino para el mimus regis.

Traducido de Gregorio de Tours: De virtutibus sancti Martini episcopi 4.7. Ed. de Krusch, Bruno, Hannover, 1895

Y casi un siglo después, en época del rey merovingio Dagoberto I (629-639), San Amando, mientras predicaba el cristianismo en las montañas de la Vasconia septentrional, tuvo que sufrir las burlas y la ridiculización de un mimilogus quien, en contrapartida, fue poseído y muerto al momento por venganza divina.

En una ocasión, mientras les predicaba la palabra de Dios y les anunciaba el Evangelio de la salvación, se levantó uno de los siervos —ligero, lascivo y, por si fuera poco, arrogante— a quien el vulgo llama «mimílogo» y profiriendo palabras que provocaban la risa de los presentes, comenzó a contradecir al siervo de Cristo y a menospreciar el Evangelio que predicaba. Pero, arrebatado casi en ese mismo momento por el diablo, el miserable comenzó a lesionarse con sus propias manos, y se vio obligado a confesar públicamente que tenía la obligación de sufrir tales males por la afrenta que había hecho al siervo de Dios; y así expiró entre tales tormentos.

Traducción tomada de Lanz Betelu, Jokin: Un minister quem vulgo mimilogum vocant entre los vascones, Stud. hist., H.ª antig., 35, 2017, Universidad de Salamanca, pp. 75-94

Estas dos menciones nos permiten asegurar que los mimos continuaban activos durante los siglos VI y VII. Y también son una muestra de la clara animadversión que la jerarquía eclesiástica tenía hacia este tipo de profesiones que consideraban perversas, cuando no demoniacas y contra las que siempre existe algún edicto en los diversos concilios. 

Poco más podemos decir en los siglos siguientes, salvo que se atestigua la presencia de estos artistas en las cortes de los reyes. Alcuino de York se queja de la presencia de músicos —thymelici—, histriones, mimos y pantomimos —saltatores— en el séquito de Carlomagno en el 799. La situación en la corte carolingia no cambió demasiado con el emperador Ludovico Pío, ya que hacia el 835 se mencionan en ella actuaciones de bufones —scurrae—, mimos con corales —mimi cum coraulis— y citaristas —citharistae—.

Los primeros juglares en Hispania

Aunque no conozco noticias directas de la presencia de mimos u otros artistas asimilables entre los siglos VIII y X en los reinos de Asturias, León y el resto de estados cristianos peninsulares, es plausible que la tradición también se mantuviera en ellos, quizás conservando como en otras facetas un cierto arcaísmo en la preservación del teatro tardorromano. 

Probablemente el único ejemplo cercano es el llamado Canto a Leodegundia, el epitálamo o poema matrimonial más antiguo de Europa con notación musical con el objeto de celebrar la boda de Leodegundia, una hija posiblemente de Ordoño I, con un rey de Pamplona a mediados del siglo IX.

Mujeres tocando panderos. Biblia isidoriana del 960, miniatura f. 39v
Mujeres tocando panderos. Biblia isidoriana del 960, miniatura f. 39v

Pero todo va a cambiar a partir del siglo XI. La expansión hacia el sur de los reinos cristianos va a asegurar la ruta de peregrinación hacia Santiago de Compostela e incluso va a ser posible un cambio de ruta, lo que hoy en día se conoce como el Camino francés

Peregrinos de toda Europa van a caminar por nuestras tierras aportando nuevas visiones, nuevas mentalidades y nuevos modos de hacer las cosas. El influjo, sobre todo franco y provenzal, va a ser enorme en la cultura y en la Iglesia. Hispania se vuelve a sumergir en la cultura europea occidental gracias a la gran autopista del peregrinaje jacobeo.

Los nuevos modos de entretenimiento llegan a nosotros y precisamente de esta época proceden las dos primeras menciones a juglares con el nombre ioculator en la España medieval.

Juglares en la Biblia de Sant Pere de Rodes
Juglares en la Biblia de Sant Pere de Rodes

La primera, en orden cronológico, se encuentra en el Cartulario de San Martín de Albelda, un monasterio riojano, donde se rastrea el nombre del primer juglar conocido en todos los reinos españoles de la Edad Media. Se trata de Cardillo (Cardelle ioculero), un juglar del reino de Pamplona, que parece que fue asesinado en la zona de Albelda de Iregua durante el reinado de García III de Pamplona.

El documento en cuestión parece redactado hacia el año 1082 y describe algunos de los crímenes cometidos en época del rey García III. En algún momento entre los años 1047 y 1054 fue asesinado Cardillo y otro vasallo de Galindo Íñiguez. 

La segunda mención procede del reino de Aragón. Por el cartulario de la catedral de Huesca, en un documento del 1062, sabemos que en un juicio público cele­brado ese año en Salamaña, partido de Jaca (Huesca), se consigna la entrega de una viña como indemnización y avenencia por la muerte de un caballo del señor Sancho Galíndez y figuran como testigos personas de alta calidad, entre ellas cinco señores o nobles de los pueblos comarca­nos, además de todo el vecindario de Salamaña con el ju­glar Elka: «et totos bicinos de Salmayna, sciente Scemeno Lopez de Agini et Elka jokulare qui ibi fait». 

No sabemos por qué estos dos últimos han de ser «sabedores» de esta indem­nización. La aclaración «qui ibi fuit» referida exclusivamente a Elka nos hace pensar que se trata de un juglar ambulante que se halló por acaso presente y, como persona notoria, se le incluyó en el acta judicial.

Por último, pero no menos importante, en 1116 unos juglares, que habían participado en Sahagún en los enfrentamientos entre burgueses y los monjes cluniacenses, fueron expulsados y se refugiaron en Burgos.

Juglares del Beato de Silos (1109)
Juglares del Beato de Silos (1109)

La tradición juglar andalusí

Una figura similar a la del juglar existe también en al-Andalus: viaja como los juglares; sirve, como éstos, de mensajero, y recibe oro y vestidos en contrapartida a sus servicios. Es muy posible que exista influencia de este tipo sobre el análogo cristiano y debió ejercerse a través de la extensa y porosa frontera. 

La poesía y su recitación eran muy apreciadas en las cortes andalusíes. El ciego Muqaddam ibn Muafá (847-912), de Cabra (Córdoba), uno de los poetas favoritos del emir ʿAbd Allāh I de Córdoba, inventó, a fines del siglo IX, sus moaxajas, un tipo de poesía en árabe que termina con una estrofa escrita en lengua romance andalusí y en verso vulgar denominada jarcha. Esta composición posteriormente dio lugar al zéjel y al villancico en la lírica occidental. Esta estrofa, usada después por las literatura románica, influyó notablemente en las cantigas de Alfonso X el Sabio, así como en el Arcipreste de Hita.

Pero además en al-Andalus era muy importante la labor de las cantoras. Su origen es claramente oriental pues fue el persa Ziryab quien, al exiliarse bajo la protección de ʿAbd al-Raḥmān II a mediados del siglo X, establece un nuevo método de aprendizaje para formar cantoras. Entre éstas cabe distinguir dos clases: las de familia noble —qiyān— y las esclavas —yawāri—, que eran mayoría y a las que se educaba para posteriormente venderlas.

Entre los sucesores de Ziryab al frente de las escuelas cordobesas destaca en el siglo XI Ibn al-Kattani, médico y charlatán, que fue famoso por el precio exorbitado que alcanzaban en el mercado sus cantoras esclavas, que eran sobre todo cristianas aunque también las había musulmanas. A las escuelas cordobesas les siguieron en fama las de Sevilla y luego las de Úbeda, Játiva y Granada.

Como muestra de su valía y de la estima que se les tenía también entre los cristianos, el conde de Castilla Sancho García (995-1017) llegó a contar en su séquito con varias cantoras y danzarinas que le fueron regaladas por el califa de Córdoba.

Además se sabe de la presencia, sobre todo a partir del siglo XII, de juglares sarracenos en las cortes europeas: Sancho IV de Castilla (con 13 juglares moros y moras a sueldo fijo), Alfonso X el Sabio, Pedro IV de Aragón, el emperador Federico II y Manfredo de Sicilia y en Nápoles son algunos ejemplos.

Juglares moro y cristiano - Cantigas de Santa María, 120
Juglares moro y cristiano – Cantigas de Santa María, 120