‘Abd al-Rahmán II o Abderramán II. Abū l-Mutarraf `Abd ar-Rahmān ibn al-Hakam (أبو المطرف عبد الرحمن بن الحكم)

[Toledo, 792- Córdoba, 22 de septiembre 852]

Emir de Al-Ándalus (822-852)

Hijo de al-Hakam I, ‘Abd al-Rahmán II heredaba el emirato a los treinta años, por lo que ya tenía una larga experiencia militar y administrativa. La esmerada educación que había recibido influyó en su carácter y en su manera de pensar, dotándole de una gran amplitud de miras y moderación, lo que contribuyó a crear un clima de paz y bienestar en al-Ándalus. Su afición por las ciencias le convirtió en un gran mecenas de poetas, músicos, astrónomos, médicos y alquimistas. Por orden suya, se introdujeron en Al-Ándalus las obras de los grandes pensadores de la cultura griega de la que los árabes iban a ser herederos junto con Bizancio.

‘Abd al-Rahman II se encontró con un país prácticamente pacificado y con unas finanzas totalmente saneadas gracias a las medidas puestas en práctica por su padre. La habilidad de ‘Abd al-Rahman II impidió que se produjeran acciones violentas cuando alcanzó el poder, dadas las tensiones acumuladas por tatos años de terror vividos durante el gobierno de su predecesor. El primer problema le surgió con su tío abuelo ‘Abd Allah, que persistió, por tercera vez, en conseguir el trono; pero, viejo y enfermo, murió pronto (823). Toledo, que no había olvidado la sangrienta represión de al-Hakam I, volvió a sublevarse en el 829, aunque la ciudad pronto fue tomada al asalto y la represión no alcanzó la extrema gravedad de la anterior. En 828, muladíes y mozárabes, apoyados por Alfonso II, se sublevaron en Mérida. Al año siguiente, el propio ‘Abd al-Rahman II, al frente de sus tropas, ponía cerco a Mérida sin obtener resultados positivos. En 830, otro ejército sitió la ciudad y la rindió por hambre tras un largo y penoso asedio.

‘Abd al-Rahman II pudo continuar la lucha contra los reinos cristianos. Una expedición, al mando de ‘Abd al-Karim, llegó hasta Álava y devastó el país. Otros dos ejércitos, a las órdenes de Malik y al-Abbas Quaraishim, penetraron en Coimbra y Galicia. Tras devastar los territorios intentaron reunirse, pero, al no conseguirlo, fueron derrotados separadamente por Alfonso II. En otro intento, en el 846, el emir envió una potente expedición dirigida por su hijo Muhammad contra la recién poblada León. Ramiro I no pudo impedir la toma de la plaza por Muhammad, quien desmanteló sus murallas. León tardaría varios años en volver a ser ocupada por los asturianos.

‘Abd al-Rahman II no se resignaba a la pérdida de Barcelona, por lo que envió varias expediciones para reconquistarla; sin embargo, tuvo que abandonar la empresa ante la decidida resistencia de los defensores. En 841, una expedición comandada por ‘Abd al-Wahid ben Yazid al-Iskandaraní penetró en territorio franco, devastó la comarca de Ausona, y regresó a Córdoba con un cuantioso botín, pero sin haber obtenido ninguna ventaja territorial.

Los vikingos, rechazados por francos y astures, hicieron su aparición en Lisboa en el 844. Rechazados por la fuerte resistencia que opusieron sus habitantes, los vikingos decidieron continuar hacia la desembocadura del Guadalquivir y remontar el río hasta Sevilla. La ciudad, desprotegida y carente de fortificaciones, tuvo que soportar siete días de saqueo y la matanza de sus habitantes. Tan pronto ‘Abd al-Rahman tuvo noticias, envió con celeridad un contingente de tropas que puso en fuga a los vikingos. El emir, para evitar nuevos ataques de los vikingos, mandó intensificar la defensa costera mediante la construcción de atalayas y el incremento de la flota de guerra.

En tiempos de ‘Abd al-Rahman II, comenzó a perfilarse un nuevo reino en el norte peninsular, el de Navarra. Los Banu Qasí de Tudela, que estaban emparentados con familias nobles de Pamplona, molestos con el emir al no verse bien recompensados por los servicios que prestaban como gobernadores de la zona, proclamaron su independencia y se aliaron con los jefes vascones. Los intentos de ‘Abd al-Rahman por someterlos fueron inútiles, dando lugar al nacimiento del reino independiente de Navarra.

En 851, ‘Abd al-Rahman II se vio en la necesidad de contener una rebelión poco usual, dada la tolerancia que los árabes mantenían hacia el cristianismo y el judaísmo, provocada por los mozárabes de Córdoba. El clérigo Eulogio y su amigo Álvaro incitaron a los mozárabes a insultar públicamente al profeta Mahoma, conscientes de que tales blasfemias eran castigadas con la pena de muerte. Con estos actos, los mozárabes esperaban ganar el martirio, por lo que perseveraron en su exaltación religiosa. ‘Abd al-Rahman II envió unos emisarios para rogarles que depusieran su actitud, pero los mozárabes renovaron con más ímpetu sus protestas, llegando incluso a profanar la Gran Mezquita y a arreciar en sus blasfemias contra el profeta. La reacción del emir no se hizo esperar, y los jueces encarcelaron y condenaron a muerte a varios mozárabes, con lo que consiguieron el tan ansiado martirio y la santidad.

 

Labor de ‘Abd al-Rahman II como mecenas

‘Abd al-Rahmán II fue un gran estadista y constructor. Amplió la Gran Mezquita de Córdoba y mandó construir otras, así como numerosas obras públicas. Reorganizó el gobierno implantando el sistema abasí, delegando algunas de sus funciones en los visires, aunque conservó en sus manos el poder supremo. Acuñó moneda con su nombre, siendo el verdadero impulsor de una economía de base monetaria, lo que dio origen a la intensificación del comercio para abastecer a las ciudades.

El emir, de carácter bondadoso, estuvo influido por un alfaquí, un músico, una mujer y un eunuco. El alfaquí era Yahya ben Yahya, brusco e irascible jurista defensor del maliquísmo, que había promovido la revuelta del Arrabal durante el gobierno de al-Hakam I. ‘Abd al-Rahman II le perdonó y le entregó la dirección de los asuntos religiosos y judiciales. Aunque Yahya no tenía ningún cargo oficial, su influencia era tanta que pocas cosas podían hacerse sin obtener previamente su consentimiento.

El músico Ziryad, consumado actor y poeta, había emigrado de Bagdad a Córdoba ante el temor de perder el puesto que tenía en la corte del califa Harum al-Rasid. Ziryad trasladó a Córdoba toda la magnificencia y el lujo del califato oriental. La influencia de Ziryad sobre ‘Abd al-Rahman II fue profunda y duradera porque tuvo la prudencia de no mezclarse en política. La hermosa concubina Tarub, intrigante y codiciosa, por la que ‘Abd al-Rahman sentía un profundo amor y para la que compuso bellas canciones, llegando a ser perdonada cuando aquél supo que estaba conspirando contra él. Finalmente, el eunuco Nasr, hijo de cristiano, encargado del harén, confidente y fiel ejecutor de las órdenes de la favorita Tarub.

El 22 de septiembre de 822 moría repentinamente ‘Abd al-Rahman II. Dejaba el emirato consolidado y reconocido internacionalmente, así como cuarenta y cinco hijos varones y cuarenta y dos hembras. Fue sepultado en el jardín del Alcázar de Córdoba junto con sus predecesores. Le sucedió su hijo Muhammad.