Al-Hakam I o Alhakem I, al-Rabadí (el del Arrabal) Abū al-‘Āṣ al-Hakam b. Hišām ( أبو العاص الحكم بن هشام), llamado al-Murtazî (المرتضى) 

[Córdoba, 770 – Córdoba, 21 de mayo de 822].

Emir de Córdoba (796-822)

 

Segundo hijo de Hisham I, accedió al emirato a la muerte de su padre pero con la oposición de sus tíos, ‘Abd Allah y Suleymán, los mismos que se habían rebelado contra su padre. ‘Abd Allah se hizo fuerte en el valle del Ebro, pidiendo ayuda a los francos, aunque sus resultados fueron muy limitados y terminó por someterse a su sobrino en torno al 802 u 803. Suleymán encontró apoyo en los bereberes de Elvira, Écija y Jaén, pero fue derrotado en el 799/800, huyendo hacia Mérida, pero fue capturado y acabó siendo ejecutado.

Consciente de las voluntades secesionistas de sus Marcas, Al-Hakam introdujo un eficiente sistema de espionaje y creó una guardia personal de cinco mil esclavos a los que el pueblo llamó al-Suri, “los mudos”, pues eran extranjeros y no sabían hablar árabe.

En el 797 estalló una sublevación mozárabe en Toledo reprimida por el gobernador Amrús ben Yusuf con métodos extremadamente crueles. Con motivo de la visita de un hijo del emir, Amrus organizó un fastuoso banquete en el castillo e invitó a los personajes más ilustres de la ciudad. Antes de que finalizara la fiesta, Amrús dio orden de cerrar las puertas del salón donde se encontraban los invitados, y, allí mismo, procedió a degollar a más de setecientos notables toledanos, cuyos cuerpos mutilados fueron arrojados a un gran foso que había en el patio del castillo. Es la conocida como Jornada del Foso.

Al-Hakam I, aunque era un ferviente creyente, había retirado a los alfaquíes, la aristocracia religiosa, el favor de que gozaban bajo el reinado de su padre. Éstos, al perder sus privilegios y su influencia, anidaron un gran resentimiento contra el emir, por lo que empezaron una campaña para desprestigiarlo, acusándole de ser un mal musulmán e indisponiendo al pueblo cordobés contra él. En 805, mientras Al-Hakam transitaba por las calles de Córdoba, estalló un tumulto y el emir fue apedreado. La guardia del emir reprimió sangrientamente la algarada y castigó con la muerte a algunos de sus dirigentes, aunque los jefes principales, Yahya e Isa, consiguieron escapar.

Córdoba se había convertido en una ciudad populosa y comenzó a extenderse al otro lado del río, donde se formó el barrio del Arrabal, habitado sobre todo por artesanos y comerciantes, tanto muladíes como mozárabes, así como por los alfaquíes. El Arrabal se había ido convirtiendo en el principal foco de oposición al emir, quien concitaba odios por su carácter despótico y violento y, sobre todo, por la opresiva política fiscal. Los alfaquíes tomaron partido por los descontentos y se convirtieron en sus cabecillas.

En 814, durante el Ramadán, una multitud armada rodeó el palacio del emir pidiendo su derrocamiento. La guardia, con gran dificultad, pudo impedir la entrada de los amotinados en el palacio. Ante la peligrosa situación, Al-Hakam I ordenó a un destacamento de jinetes que prendiera fuego al Arrabal. Los rebeldes, al ver cómo ardían sus hogares, se retiraron presurosos para apagar el fuego, pero fueron masacrados por la guardia del emir, falleciendo hasta diez mil personas según algunos cronistas. Al día siguiente, Al-Hakam I ordenó la crucifixión de trescientos prisioneros, la destrucción del Arrabal y la expulsión de sus habitantes -más de veinticinco mil huyeron al norte de África; otros a Sicilia, Creta y Egipto-, a excepción de los alfaquíes supervivientes, que fueron amnistiados y recibieron permiso para residir en cualquier punto de al-Ándalus salvo en Córdoba. Al-Hakam I prohibió edificar en el Arrabal, por lo que esta zona de la ciudad permaneció desierta hasta fines del siglo X.

Al-Hakam I, ocupado en someter las rebeliones de las Marcas y los disturbios de la capital, no pudo continuar la política agresiva de su padre contra los núcleos cristianos, por lo que éstos pudieron hacer sensibles avances, sufriendo los omeyas varios reveses. En el 801 los francos tomaron Barcelona, lo que permitió a Carlomagno organizar la Marca Hispánica, que puso a cubierto al reino franco de los ataques cordobeses.

Las aceifas de Al-Hakam I contra Álava y al-Qilá acabaron en derrota. Además, aprovechando esta debilidad, los astures devastaron Lisboa. A partir del 808, Al-Hakam I pudo reaccionar y atacó al reino asturiano en varias ocasiones. La hambruna que asoló al-Ándalus en el 815 quebrantó la economía del emirato.

Al-Hakam I, más temido que amado, utilizó sistemáticamente la fuerza para consolidar el dominio omeya sobre al-Ándalus, respaldado por un potente y fiel ejército de mercenarios extranjeros. La organización y mantenimiento de ese ejército suponía grandes gastos, a los que el emir hizo frente con la creación de nuevos tributos, que la mayoría de las veces tenían que ser cobrados por la fuerza de las armas. Falleció el 21 de mayo de 822 y fue sepultado en el Álcazar de Córdoba junto con su padre y su abuelo. Le sucedió su hijo ‘Abd al-Rahman II.