Muhammad I [823-886]

Emir omeya de al-Ándalus (852-886)

Sucedió a su padre ‘Abd al-Rahman II a pesar de las intrigas de la concubina Tarúb. En vida de su padre ya había sido gobernador de Zaragoza y además participó en numerosas campañas militares.

Comenzó su gobierno con un ataque exitoso contra el conde Odalrico de Barcelona (852) al mando de Musà ben Musà. En sus comienzos, asesorado por el visir Isa ben Shuhayd, continuó la política de su padre y consiguió la estabilidad de su emirato, reforzando los lazos amistosos con el norte de África y pactando un acuerdo de no agresión con el rey franco Carlos el Calvo. Pero Isa murió pronto y el visir sucesor, Hashim ben Àbd al-Aziz fue causante de numerosos abusos que provocaron el descontento de la población hispana del emirato.

La primera rebelión tuvo lugar en Toledo, que encarceló al gobernador y se apoderó de la fortaleza de Calatrava. Muhammad I recuperó rápidamente la fortaleza pero no pudo evitar que los toledanos pidieran ayuda a rey asturiano Ordoño I, quién envió tropas en apoyo a los rebeldes (854). Toledanos y asturianos fueron derrotados en la batalla de Guadalacete, aunque Muhammad I no tomó la ciudad. La rebelión, inspirada por los clérigos cristianos y apoyada por los muladíes, deseosos de independizarse del poder cordobés, se prolongó hasta el 858, cuando Muhammad conquistó la ciudad y encarceló al obispo metropolitano Eugenio, quien fue ejecutado en el 859.

Hubo otras rebeliones en Mérida, Badajoz y Zaragoza, y además tuvo que hacer frente a una peligrosa incursión vikinga en el sur de al-Ándalus (855). La rebelión más importante fue la dirigida por Musà II quien fue derrotado y muerto en el 862. Aprovechando esta debilidad, Ordoño I se atreve a lanzar incursiones sobre el emirato, como la llevada a cabo por el conde Rodrigo contra Talamanca del Jarama (863). Pero Muhammad I pronto recuperó la estabilidad y lanzó numerosos ataques contra los reinos del norte entre el 863 y el 867.

Sin embargo, la inestabilidad pronto se volvió a adueñar del emirato. El 867 fue un año de fuertes hambrunas en al-Ándalus y además las rebeliones se extendieron rápidamente. Soria aparece por primera vez en la historia al ser el foco de una rebelión con Sulaymán ben Abdus (869); la familia Ibn Marwan se subleva en Mérida ese mismo año; un hijo de Musà II, Lope ben Musà, gobernador de Toledo, se declara vasallo de Ordoño I; los Banu Qasí se rebelan en el 871 en el valle del Ebro.

De todas ellas, la más duradera fue la rebelión de Ibn Marwan; quien derrotado en el 869 fue encardelado en Córdoba y recuperó la libertad en el 875. Volvió a Mérida y se rebeló una vez más. Allí logró derrotar a los cordobeses y apres al visir al-Aziz, a quién envió como rehén a Oviedo. Alfonso III le concedió la libertad en el 877 a cambio de cien mil dinares. Esta derrota tan humillante obligó a Muhammad I a mantener una presión constante sobre Mérida hasta que obligó a Ibn Marwan a refugiarse junto a su aliado Alfonso III. Ibn Marwan volvió a Mérida en el 884 y consiguió dominar Badajoz, resistiendo las acometidas de Muhammad I y de sus sucesores. Ibn Marwan murió en el 899 y sus descendientes mantuvieron el control de Badajoz hasta el 929.

Mientras tanto, un nuevo peligro surgió en los alrededores de Bobastro, Omar ben Hafsun. Era éste un muladí de Ronda que comenzó siendo un bandolero y que poco a poco reunió un fuerte ejército gracias a su fama de hombre justo y valeroso. En el 884, cundo Muhammad primero ya había acabado definitivamente con la última revuelta de los Banu Qasí e Ibn Marwan estaba refugiado en Oviedo, Omar ben Hafsun inicia una nueva revuelta en las serranías de Ronda, abarcando incluso Jaén y Úbeda. Aunque en un primer momento Muhammad I logró reconciliarse con él incorporándole al ejército en calidad de general, al final ni Muhammad ni su hijo al-Mundir pudieron acabar con esta revuelta que duró hasta tiempos de ‘Abd al-Rahman III, concretamente hasta el 928.

Muhammad I fue un hombre culto y excelente poeta pero demasiado influenciado por los alfaquíes, quienes mostraban poca tolerancia religiosa. Incluso obligó a los mozárabes que trabajaban en la administración cordobesa a convertirse al Islam a menos que quisieran perder su puesto de trabajo. Esta tensiones sociales y religiosas marcaron todo su gobierno.

Falleció el 4 de agosto de 886 y fue enterrado en los jardines del alcázar de Córdoba junto con sus antepasados.