[¿? – Marrakech (Marruecos), 488H/1095] En árabe تميم بن بلقين الصنهاجي
Rey de la taifa de Málaga (1073-1090)

Tamim ben Buluggin ben Badis al-Mu’izz era el hijo mayor de Buluggin Sayf al Dawla y nieto de Badis ben Habbus, rey de la taifa de Granada. Perteneciente a la familia bereber sinhayí de los ziríes.

Su padre falleció envenenado en 1064. Tanto él como su hermano menor ‘Abd Allah gozaron de la protección y confianza de su abuelo Badis. Muestra de ello es que Tamim fue nombrado gobernador de Málaga, que desde el año 1057 era parte del reino de Granada.

A la muerte de Badis en 1073, el elegido para sucederle en el gobierno fue su hermano ‘Abd Allah. Pero se produjo un enfrentamiento entre ambos hermanos, que resultó en la división de la taifa de Granada: ‘Abd Allah gobernará en Granada mientras que Tamim hará lo propio en Málaga.

Conflicto con la taifa de Granada

Muy poco se conoce del gobierno de Tamim salvo lo que dejó escrito su hermano ‘Abd Allah en sus Memorias. Cuenta éste que, en algún momento en torno al año 1082, se inició un conflicto entre ambos hermanos en el transcurso del cual Tamim incluso llegó a pedir ayuda militar a los almorávides, aunque esos no acudieron a su llamada.

Ya antes, mi hermano, el soberano de Málaga, con ocasión de la discordia surgida entre él y yo, había entrado en tratos con los almorávides, pidiéndoles ayuda y esperando que , merced a su socorro, podría vengarse de mí y alcanzar la parte del reino de mi abuelo que no había ido a sus manos. Pensaba que, cuando triunfaran, podría repartir entre él y yo el tesoro de mi abuelo.

El siglo XI en 1ª Persona. Las “Memorias” de Abd Allah, último rey zirí de
Granada, destronado por los almorávides (1090). Traducidas por Evaristo Levi-
Provençal y Emilio García Gómez. Alianza Tres, Madrid, 1982, p. 218

Tamim atacó por mar y tierra a ‘Abd Allah en Almuñecar y Jete. ‘Abd Allah contratacó y logró tomar una veintena de castillos (Zalia, Torre del Mar, Bentomiz, etc.). Finalmente, tras un enfrentamiento en las cercanías de la capital malagueña, Tamim temió que su hermano se hiciera con su territorio y le envió una embajada para negociar un acuerdo.

Según, ‘Abd Allah, aunque estuvo a punto de derrotar completamente a Tamím, siendo su hermano uterino se decidió por el perdón. Dejó vivir a Tamim y acordó un territorio para él más reducido pero donde pudo vivir cómodamente. Así lo cuenta ‘Abd Allah en sus Memorias:

No pasó mucho tiempo después de estos sucesos cuando mi hermano Tamim me hizo una negra acción, que no podía pasar por alto, después de haber visto mi hermano las victorias por mí conseguidas, las paces que había firmado con los sultanes de al-Andalus y la situación que me había procurado en tierras de Almería. No distinguía mi hermano entre esa situación mía actual y la del comienzo de mi reinado, cuando, extraviado por la juventud, se entrechocaban las discordias en mi territorio y todo conspiraba en contra mía. Pensaba que las circunstancias eran siempre las mismas, y puesto que antes yo me había callado, por las causas antes dichas, al hablar del comienzo de su reinado, creyó que podía continuar obrando de idéntico modo.

El caso es que envió sus galeras para atacar Almuñécar y Jete [Sat], y que, a continuación, unas pequeñas fuerzas de caballería hicieron incursiones por aquellos territorios vecinos. Los habitantes de la zona vinieron a mí a quejarse de lo sucedido, y yo me dije: “A este hombre no le ha hecho perspicaz el paso del tiempo ni le ha tornado más sensato la experiencia. Si lo dejo continuar sus hostilidades y no le castigo por ellas, seguiré siendo víctima de su maldad, y él pensará que es porque le tengo miedo. Por consiguiente, se crecerá más cada vez, y no le serán de ningún provecho mis exhortaciones ni mis consejos. No hay más remedio que darle una lección y detenerlo por la fuerza, pues si no prestas atención a una cosa pequeña, acaba por crecer. Si hasta ahora he hecho la vista gorda, era únicamente debido a ciertos sucesos que han acaecido, y por esperar que volviese al buen camino y viese más claramente la realidad; pero estarse quieto en este momento y permanecer impasible ante sus ataques, dejándole persistir en su error, sería dar muestras de impotencia y cubrirme de vergüenza”.

Justo en estos instantes hallábase al-Mu’tamid ocupado con Alfonso, que,
valiéndose de la excusa de reclamar sus censos, había venido a sitiar Sevilla poniendo a esta ciudad en gran aprieto. Era el momento propicio para obrar por sorpresa y aprovecharse de la coyuntura. Me apresté, pues, a dirigirme en persona hacia los dominios de Málaga. Y, por Dios, apenas las guarniciones de los castillos malagueños oyeron que me ponía en camino, y cuando aún no había tenido tiempo de salir, esa misma mañana me llegó la noticia de que había pasado a mi poder el castillo de Alcázar [al-Qasr] del lado de Zalía [Saliha] y de que su guarnición me rendía acatamiento; castillo que era siempre “el primero en ponerse de parte de los vencedores y el último en rebelarse contra ellos”.
Contento con esta noticia, me dirigí a Alhama [al-Hamma] para tomar desde allí las medidas oportunas. Me di cuenta enseguida de que lo que había que hacer era atacar Sajrat Dumis -castillo que era el sostén de la comarca de Reyyo, por ser el centro del país, y en el que se habían concentrado la mayor parte de los ejércitos de Málaga con los caídes de su soberano-, pues, una vez arrancada esa espina, tomar las demás plazas sería fácil y hacedero. Me preparé, por consiguiente, para el ataque y, al primer empujón, derrotamos a los ocupantes. Los soldados que se hallaban en la plaza tuvieron miedo, y, esa misma noche, me enviaron mensajeros a pedir el amán y que los dejara irse con sus caballos, salvando la vida. Yo accedí a sus pretensiones, por ver si con esta clemencia podía anexionarme los restantes castillos. En efecto, evacuaron la Sajra, de la que se hicieron cargo mis soldados.

Desde allí me fui a un castillo que el rey de Málaga había construido para
cortar las comunicaciones entre su territorio y el mío, al comienzo de su
hostilidad antes mencionada, y apenas habíamos llegado delante de él cuando sus habitantes quedaron desbaratados y fue entrado por asalto. Desde este castillo, que era el de Astanir, me encaminé a Torre del Mar [Mariyyat Ballis], que cayó sin tardanza, y proyecté continuar hasta Bezmiliana [Bizilyana].

Cuando Kabbab ibn Tamit -caíd mío, gobernador de Archidona y de
Antequera, que había procedido injustamente por aquellas comarcas y pretendía no hacer caso de su destitución- se enteró de cómo me había apoderado de los dichos castillos, tuvo miedo de que se me despejara el camino y pudiera yo pensar en ir contra él, e intentó cerrarme el paso hacia Bezmiliana, poniéndome en guardia contra ese proyecto, y, como además había dejado tras de mí el castillo de Bentomiz [Monte Mas], pensé que no podría sitiar Málaga sin haberlo tomado, ya que podía impedir el paso de los víveres hacia los campamentos. En consecuencia, desistí de avanzar contra Bezmiliana y me dirigí al citado castillo de Bentomiz, aparentando seguir el consejo de Kabbab, cosa que le alegró sobremanera.

Al llegar a Bentomiz, vi que era un castillo muy grande, en el que se había reunido todos los habitantes de las cercanías. Les propuse que se sometieran, pero se negaron, por miedo de que al día siguiente hiciera las paces con mi hermano, y éste les tomara en cuenta su actitud. Les tranquilicé a este respecto, y como en el castillo se habían reunido, además, unos cuantos bandoleros, gente de mala calaña, les hice proposiciones para que se vinieran a mi partido. En fin, para que unos y otros reflexionaran, los dejamos, y, poniendo en torno suyo puestos de vigilancia, me volví a Granada. En este regreso se me sometieron otros castillos, tales como el de Ayrós y el de Sajrat Habib. Además, desde el primer momento había yo tomado por asalto Riana [Rayyana], y se me había sometido Jotrón, que eran ambos las alcazabas que defendían Málaga. En dicha campaña el príncipe de esta ciudad vio, por consiguiente, cómo se le iban de las manos una veintena de castillos.

Algo más tarde volvimos por segunda vez a Bentomiz, cuyos habitantes,
desesperados del abandono en que los tenía su soberano, se sometieron. Nos apoderamos, pues, de la plaza, que puse en orden de defensa; demolí las fortalezas que no era necesario conservar; restablecí la tranquilidad en la comarca; investigué cuales eran sus posibles ingresos, que hice consignar por escrito, y aseguré a sus pobladores mi benevolencia.

Viendo mi hermano cómo se producían tales cosas de improviso y la
defección de sus vasallos, temió que los habitantes de Málaga se volvieran también contra él; tanto más, cuanto que yo, cuando la toma de Bentomiz, había hecho un paseo militar contra Málaga.

En esta expedición ocurrió lo siguiente: un grupo de combatientes enemigos tuvo que replegarse a un lugar lejano de mi campamento, y fue perseguido por la mayoría de mi ejército. Entonces los habitantes de Málaga, viendo las pocas tropas que habían quedado a mi alrededor, quisieron aprovechar la oportunidad, y saliendo por la Puerta de Fontanilla, dieron contra mi ejército una carga en la que ambos bandos se enzarzaron con violencia. Viendo que mis gentes huían y que luchaban cuerpo a cuerpo con las tropas de Málaga, pasado el primer momento de sorpresa, enarbolé las banderas y mandé tocar los atabales, con lo cual se agruparon en torno mío algunos soldados que vieron desplegados mis estandartes. La ventaja vino a estar en favor nuestro y en contra de ellos, y algunos de los míos, que habían caído prisioneros, fueron libertados por mis tropas que desbarataron a las
de Málaga. Formaban entre las tropas malagueñas alrededor de trescientos valientes caballeros de la milicia beréber; pero nada pudieron hacer contra nuestra firmeza, y la mayoría se pasaron a mis filas. Ciertas personas de mi séquito al ver la viveza de aquel encuentro, me aconsejaron que debía retirarme, y me quisieron atemorizar con la idea de que podían entrar en la plaza refuerzos enviados por Ibn Abbad, cosa que no era posible; pero yo dije: “Retirarme en estos momentos sería dar una prueba de impotencia y por todo el país se divulgaría la noticia de que nuestro regreso no tenía otra causa que la derrota. Vale más que nos quedemos dos días, en cada uno de los cuales haremos desfiles militares por los mismos lugares en que anduvo luchando la caballería. Así parecerá que les decimos: ‘Si tenéis fuerzas para ello, repetid lo que hicísteis'”. Ordené enérgicamente al ejército que no se me apartase nadie, como efectivamente sucedió, y así pudimos luego levantar el campo con honor y regresar a nuestros domicilios de la forma más perfecta, mientras que, si lo hubiésemos levantado inmediatamente después de la escaramuza, todos los castillos sometidos a mí hubieran quedado evacuados y habría parecido que no habíamos hecho nada.

Como Málaga seguía estando en crítica situación, mi hermano acabó por
enviarme una embajada que me ablandara, pidiéndome perdón y excusa de su falta. Yo reflexioné en el asunto y tomé una resolución acertada. Por un lado, sabía yo que era hombre codicioso, arrebatado y turbulento; que devolverle los castillos era darle alas para el mal; que, si volvía a su antigua situación, nada podría yo contra él; que, en este supuesto, sus vasallos no volverían a obedecerme, caso de necesitarlos, por ver que los entregaba a mi hermano, ya que temían su castigo; que, además, dichos vasallos me acusarían de mi mal comportamiento y lo publicarían, puesto que yo les había dado formales garantías aseguradas por solemnes juramentos, de que no los entregaría, y que de lo que decían estos vasallos resultaba que, caso de que se quisiera devolverlos a su antiguo señor, no accederían, se declararían en rebeldía y entregarían la plaza a otro príncipe distinto, cosas que me produjeron el temor que era natural que ocasionaran. Pero, por otra parte, no vi que fuera conveniente persistir en mi actitud contra él, porque, en su necedad, podía poner Málaga en manos ajenas, como hizo mi tío paterno Maksan con Jaén y esto sería una catástrofe para el país, sin contar la grande vergüenza que para mí supondría obligar a mi propio hermano uterino a que se refugiase junto a otro príncipe y se desterrase. Nuestra madre vivía aún; porque aunque no hubiese vivido, yo hubiera tenido que perdonarlo, después de haberle dado el suficiente castigo.

En vista de todo ello, me mostré generoso cediéndole una comarca de cuya población nada tenía yo que temer y que para él era muy importante; evacué, para él, las plazas de Riana y Jotrón, cuyos habitantes eran cristianos y, por estar situados entre ambos territorios, no podían rebelarse contra ninguno de los dos; le di pueblos en que pudiera aprovisionarse con holgura; dejé en su poder los castillos de la Garbía, como Cártama [Qartama], Mijas [Misas] y Humaris, y, además, le entregué Cámara [Qamara], comarca de cereales, para que pudiera disponer de tierras de labor. Por el contrario, le privé de otros territorios de cuyos habitantes era de temer que, instigados por él, perturbaran mis dominios.

Todo quedó, pues arreglado de la mejor manera posible, a satisfacción de
nuestra madre y con el elogio de todo el mundo, puesto que yo había respetado los vínculos de la sangre, le había perdonado, cuando podía no hacerlo, y le había castigado por aquellas de sus acciones que podían ser funestas.

La situación de mi hermano se afianzó; pero siempre me guardó rencor y no dejaban de llegarme las malas palabras que sobre mí decía. Sin embargo, yo no hacía caso de ellas. “El que me ofenda de palabra -pensaba yo- es mejor que el que me pudiera ofender de obra, si le hubiera devuelto los castillos. Yo sé que él está en situación cómoda y apacible, gracias al dinero que tiene, que es el que mi abuelo dejó en Málaga, y del que no necesita gastar ni un solo dirhem. Por otra parte, nunca ha sufrido rebeliones ni ha padecido contrariedades. Yo soy, en cambio, el que está en primera fila; el que tiene que combatir, en lugar suyo, contra árabes y cristianos; el que, en sustitución suya, tiene que pagar el tributo, mientras él permanece tranquilo. Sería, pues, excesivo que, viviendo bien como vive, yo dejara en su poder más tierras de las que le son suficientes para sus limitados aprovisionamientos o que puede necesitar para reprimir revueltas o atender a sus gastos personales”

Con estos razonamientos me sosegaba, y él, por su parte, se abstuvo de cometer la mayor parte de los crímenes o injusticias que antes solía.
Ningún embajador me venía de su parte, bien fuera de los habitantes de
Málaga, bien oficial del ejército, que no me aconsejase tenerlo bien sujeto y me dijese: “El castigo que le has impuesto nos ha hecho felices y ahora no se mete con nosotros, mientras que, si se supiera libre de tu autoridad, nos violentaría y tendríamos que aguantarlo. No hay en el mundo nadie más avisado que tú, cuando le retuviste esos castillos, pues luego no hubieras podido frenarlo jamás”.

Las cosas terminaron, pues, de la mejor manera posible; restablecimos la paz en su territorio, encerrándolo en el lugar que debía, y nuestra madre no tuvo que dolerse de su pérdida”.

El siglo XI en 1ª Persona. Las “Memorias” de Abd Allah, último rey zirí de
Granada, destronado por los almorávides (1090). Traducidas por Evaristo Levi-
Provençal y Emilio García Gómez. Alianza Tres, Madrid, 1982, pp. 183-189

Intervención almorávide

Tras la conquista de Toledo por Alfonso VI (1085), varios reyes de taifas solicitaron la ayuda de los almorávides norteafricanos. La coalición islámica se enfrentó en el 479H (1086) en la batalla de Sagrajas o Zalaca con éxito. En ella participó Tamim con sus tropas.

Tras el éxito de Sagrajas, Tamim parece que albergaba esperanzas de que los almorávides le apoyaran frente a su hermano para hacerse con el reino de Granada. Su hermano ‘Abd Allah narra un debate entre Tamim y Yusuf ben Tashufin al respecto:

En aquel momento mi hermano, el príncipe de Málaga, intervino para decir irreflexivamente: “Yo me encuentro en apurada situación a causa de la hostilidad que muestra mi hermano contra mi territorio y contra la herencia de mi abuelo”, como dando a entender que el Emir defendería su derecho contra mí. Cuando acabó de hablar, el Emir de los musulmanes preguntó: “¿Has hablado con tu hermano sobre este asunto y has recurrido a él, antes de venir a hablarme?”. Contestó que no, y entonces el Emir repuso:”No puedo intervenir en ese asunto sin su asentimiento”.

El texto continua con un discurso de ‘Abd Allah donde reprocha a su hermano que se haya independizado en Málaga, lo cual no era deseo de su abuelo Badis y que había sido él quien había comenzado las hostilidades.

En 1089 Tamim participó en el sitio de Aledo. Esta plaza, situada en la actual región de Murcia, estaba en manos de Alfonso VI de Castilla y León. Yusuf ben Tashufin desembarcó en Gibraltar y se unió a las tropas de al-Mu’tamid de Sevilla en Algeciras y se encaminaron hacia Aledo. En el camino se les unieron las tropas de Tamím de Málaga, ‘Abd Allah de Granada, al-Mu’tasim de Almería e Ibn Rashiq de Murcia. acompañó a los almorávides al sitio de Aledo.

Pero tras un asedio de cuatro meses la coalición se retiró. A la vuelta Tamín renovó las reclamaciones sobre su hermano ‘Abd Allah acudiendo de nuevo a Yusuf ben Tashufín. Pero éste, de nuevo lo ignoró llegando a decirle: “Cállate y no vuelvas a reclamar”.

El empeño de Tamim unido al rencor que sentía por su hermano no cejó. Incluso trato de sobornar al cadí Ibn Sahl con cincuenta meticales con la intención de que se pusiera de su lado, aunque éste no los aceptó.

Mientras tanto, la población de la taifa de Málaga se vio inflamada por los alfaquíes quienes veían en los almorávides a unos verdaderos defensores de la fe islámica. Los alfaquíes malagueños acusaron a Tamim de cometer agravios contra sus súbditos y solicitaron a Yusuf ben Tashufin, líder de los almorávides, que ocupará Málaga. Y así lo hizo en el 483H (1090).

Destierro de Tamim

Tamím, al igual que poco antes su hermano, fue hecho prisionero. Primero fue encarcelado en la región de Sus. En el camino pudo visitar a su hermano, encarcelado en ese momento en Miknasa.

Posteriormente, el emir almorávide lo perdonó y acabó sus días retirado en Marrakech donde falleció en el 488H/1095.

Dinar de Oro de Tamim al-Mustansir de Málaga. Año 477H
Dinar de Oro de Tamim al-Mustansir de Málaga. Año 477H

Bibliografía

  • El siglo XI en 1ª Persona. Las “Memorias” de Abd Allah, último rey zirí de Granada, destronado por los almorávides (1090). Traducidas por Evaristo Levi- Provençal y Emilio García Gómez. Alianza Tres, Madrid, 1982