[?, 1040/41 – Toledo, 30 mayo 1109]
Rey de León, Castilla, Galicia, Asturias y Nájera e imperator totius Hispaniae.

Hijo de Fernando I, rey de León y conde Castilla, y de Sancha Alfónsez.

Era el cuarto de los hermanos y el segundo de los varones. El orden de los cinco hermanos, según lo han conservado las crónicas y las fuentes documentales, fue el siguiente: Urraca, Sancho, Elvira, Alfonso y García.

No se sabe con certeza su fecha de nacimiento. La Crónica Najerense nos dice que vivió 77 años, lo que hace que naciera en torno al 1032. El autor de la Primera crónica de Sahagún, que asistió personalmente a la muerte de Alfonso en Toledo, dice expresamente que en ese momento el monarca difunto hacía los “sesenta y dos annos de hedad” y que estaba en el “quarenta y quatro annos de su reino”, lo que se traduce en que Alfonso habría nacido en el segundo semestre del año 1047 o en el primero de 1048. Sin embargo, existe un documento datado el 24 de abril de 1043 por el cual Fernando y Sancha confirman los privilegios de San Andrés de Espinareda en el que se nombran y a los cinco hijos: “…una cum filiis meis Sançio, Aldefonso, Garsia, Vrraca y Gelvira…”. Esto nos da una fecha de nacimiento en torno al 1040 o 1041.

No son muchos los datos que se tienen acerca de la infancia y adolescencia del futuro monarca; únicamente nos consta por la Historia Silense que su hermana la infanta doña Urraca lo amó con especial predilección desde su más tierna infancia y que lo alimentaba y lo vestía como podía hacer una madre; también se conoce el interés que puso su padre Fernando I en que su hijos fueran formados e instruidos en las disciplinas humanas de la época, que se agrupaban en el trivium y quatrivium.

Firma de Alfonso VI en un documento del 1072
Firma de Alfonso VI en un documento del 1072

Aparece junto a sus padres en diversos documentos reales además del ya cita del 1043. El 26 de abril de 1046 en la confirmación de los privilegios del monasterio de San Juan de Corias; el 29 de octubre de 1047, 15 de mayo de 1050 y 31 de agosto de 1050 en donaciones a San Pedro de Cardeña; el 10 de junio de 1056 confirmando los privilegios al monasterio de San Salvador de Celanova; y en otros siete documentos hasta el año 1065.

A la muerte de su padre (27 de diciembre de 1065), el reino leonés quedó dividido entre los tres hijos varones: Castilla, con el rango de reino, correspondió a Sancho; León a Alfonso; y Galicia a García.

Rey de León (1065-1072) y enfrentamientos contra Sancho II

La paz entre los hermanos duró únicamente hasta la muerte de su madre la reina Sancha (7 de noviembre de 1067). El primogénito Sancho tomaba las armas y el 19 de julio de 1068 derrotaba a Alfonso en la batalla de Llantada (Palencia), pero el vencido pudo refugiarse en León y mantuvo sus dominios.

El año 1071, con la connivencia de Alfonso, su hermano Sancho atacaba y apresaba a García apoderándose de Galicia. Pero Sancho no paró aquí y, a comienzos de 1072, vencía de nuevo a Alfonso en la batalla de Golpejera (Palencia) ocupando también el reino de León y apresando a su hermano.

Alfonso fue encarcelado en el castillo de Burgos y, posteriormente, fue trasladado al monasterio de Sahagún, donde se le rasuró la cabeza y se le obligó a tomar la casulla. Gracias a la intercesión de su hermana Urraca, Sancho y Alfonso llegaron a un acuerdo para que Alfonso marchara y se refugiase en la taifa de Toledo bajo la protección de su vasallo, el rey al-Ma’mún y acompañado de Pedro Ansúrez y sus dos hermanos Gonzalo y Fernando.

Firma de Alfonso VI
Firma de Alfonso VI

En 1072 Sancho había reconstruido el reino de su padre, pero en Zamora su hermana Urraca, y parte de la nobleza leonesa, se negaba a reconocer su autoridad, lo que hizo que Sancho pusiera sitio a la ciudad. Durante el asedio, un noble, de nombre Bellido Dolfos, dio muerte a traición al rey Sancho el 7 de octubre de 1072, sin que exista ningún argumento ni indicio de que Alfonso hubiera sido en algún modo inductor de tal muerte.

Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109). Forma parte del Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela.
Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109). Forma parte del Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela.

Rey de León, Castilla y Galicia e Imperator totius Hispaniae

Llegada la noticia de la muerte de Sancho a Toledo Alfonso, regresó rápidamente a Zamora y de aquí a León. Mientras tanto su hermano García volvió de Sevilla para recuperar el trono de Galicia.

En una curia celebrada en León se le reconoce no solo rey leonés, sino también de Castilla y de Galicia. La inesperada muerte de Sancho II había puesto en manos de su hermano Alfonso todo el reino que un día había sido del padre de ambos.

Alfonso rápidamente se quitó de encima a su hermano menor. El rey García fue apresado el 13 de febrero de 1073 y recluido en el castillo de Luna (León) hasta su muerte el 22 de marzo de 1090.

El asesinato de Sancho García IV de Pamplona el 4 de junio de 1076, dio ocasión a Alfonso VI para extender las fronteras de su reino por la totalidad del antiguo condado de Castilla, por La Rioja, por toda Vizcaya, por la mayor parte de Guipúzcoa e incluso por parte de Navarra.

Alfonso VI fue un monarca afortunado a quien dos regicidios le pusieron en sus manos un territorio que se extendía desde el Atlántico hasta orillas del río Ega en Navarra y el Urumea en Guipúzcoa. En el 1077 se nombra a sí mismo como Imperator totius Hispaniae.

Dentro de sus dominios apenas tuvo contestación. En 1087 o 1088, estalló una revuelta en Galicia contra la concesión al yerno de Alfonso de esta región.​ El alzamiento fue sofocado y sirvió a Alfonso para reorganizar el episcopado del oeste del reino; el obispo de Santiago fue depuesto, junto a otros dos de los siete de la zona.

La verdadera expansión de sus dominios va a ser a costa de los reinos taifas.

Relaciones de Alfonso VI con los reyes taifas y la conquista de Toledo

Los musulmanes se presentaban divididos en una veintena de reinos taifas, frecuentemente hostiles entre sí, y de los cuales los más poderosos eran los de Zaragoza, Toledo, Badajoz, Sevilla y Granada. Ya su padre Fernando I en vez de ampliar su territorio a costa de esos reinos había preferido, ante el déficit demográfico que padecía, someterlos al pago anual de unas parias o tributo a cambio de protección y de no ser hostilizados.

Alfonso en un principio seguirá la misma política de su padre, únicamente aumentando la cuantía de las parias y obteniéndolas de otros. Así, presionó, a Sevilla (de donde se cuenta una partida de ajedrez entre Ibn Ammar y el rey, que éste perdió); y, de acuerdo con Sevilla, presionó a ʿAbd Allāh de Granada para que éste le pagara parias, lo cual acabó consiguiendo.

A la muerte el 28 de junio de 1075 de al-Ma’mun, Alfonso VI iniciará una nueva política respecto al reino de Toledo. Comenzó con la ocupación de importantes fortalezas en su interior y la extensión sobre el mismo de un protectorado que conduciría el 25 de mayo de 1085 a la rendición del reino a cambio de colocar a su rey al-Qadir, nieto del gran al-Ma’mún, como rey en Valencia.

Estatua de Alfonso VI en Toledo
Estatua de Alfonso VI en Toledo

La conquista y toma de posesión de Toledo por Alfonso VI constituyó no solo un hito decisivo en el avance de la Reconquista, sino también sobre todo fue un símbolo, un presagio de que se acercaba el fin del dominio islámico sobre la Península Ibérica.

Los reyes de las taifas de Sevilla, Badajoz, Málaga y Granada sintiéndose en peligro ante el poderío del rey leonés reaccionaron de inmediato acudiendo a solicitar el auxilio del caudillo almorávide Yūsuf ben Tashufín.

La batalla de Zalaca o Sagrajas (1086)

El emir almorávide respondió favorablemente a los ruegos de los taifas andalusíes y tras atravesar el estrecho de Gibraltar, se dirigió por Sevilla a Badajoz acompañado por varios reyes de taifas con sus tropas. En el campo de Zalaca o Sagrajas, unos kilómetros al norte de Badajoz, tuvo lugar el encuentro con Alfonso y su ejército el 23 de octubre de 1086, sufriendo éste una terrible derrota en la que incluso el Rey cristiano resultó herido de una puñalada en el muslo; era la primera derrota en batalla campaña que las tropas del rey de León sufrían desde el año 1008.

La batalla tuvo una importancia decisiva en el reinado de Alfonso, no por lo que fue en sí misma, ya que el emir almorávide tuvo que regresar en el acto a África sin explotar su victoria, al recibir la noticia de la muerte de su hijo y heredero que había quedado al frente de Marruecos, sino porque Zalaca vino a dividir en dos partes su reinado. Hasta esa fecha Alfonso VI había paseado su superioridad militar por toda España; después de Zalaca el resto de reinado se convertirá en un duelo titánico con el imperio almorávide en el que el Alfonso sufrirá una serie de graves y sangrientas derrotas sin ninguna ganancia territorial, aunque logró mantener la línea defensiva del Tajo con Toledo y Talavera como bastiones inexpugnables.

Alfonso VI 1851. Óleo sobre lienzo, 222 x 140 cm. Ramón Cortés.
Alfonso VI (1851) de Ramón Cortés. Museo del Prado.

El asedio de Aledo (1088-1089)

El año 1088 regresaba Yūsuf a al-Ándalus dirigiendo sus esfuerzos a apoderarse del castillo de Aledo, no lejos de Lorca (Murcia), tomada por el castellano García Giménez.

Acompañaban a Yūsuf tropas de ʿAbd Allāh de Granada, al-Mu’tasim de Almería y Abū Muḥammad ben Rashiq de Murcia.

Alfonso VI logró forzar el cese del asedio en el verano de 1089 y la retirada almorávide. La demora del Cid en acudir a ayudar al rey provocó su segundo destierro.

Por otro lado, los almorávides atribuyeron el fracaso a las rencillas y a la poca decisión de los reyes taifas. Aledo no cayó en manos musulmanas hasta el 1091/92.

La invasión almorávide

Tras su mala experiencia en Aledo, Yūsuf decidió acabar con los reinos taifas y dominar al-Ándalus. Volvió a al-Ándalus en el 1090 y entre ese año y el 1094 procedió a deponer personalmente o mediante sus generales a todos los reyes taifas, con excepción del de Zaragoza que en algún modo estaba protegido por la presencia de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en Valencia.

La batalla de Consuegra (1097)

En 1097 volvía por cuarta vez Yūsuf ben Tashufín a al-Ándalus, dirigiendo sus fuerzas contra Toledo, pero los cristianos pudieron mantener todas sus posiciones, aunque su ejército dirigido personalmente por el rey Alfonso sufriera una grave derrota en Consuegra (Toledo) el 15 de agosto de 1097.

El rey leonés pudo refugiarse en el castillo de esta villa, donde sufrió el asedio almorávide durante algunos días. En este encuentro, combatiendo al lado de su Rey, murió el joven Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid Campeador, quien reconciliado con Alfonso VI, le había enviado a su hijo.

Otro ejército almorávide dirigido por Muḥammad ben Aisa, hijo de Yūsuf , a quien su padre había confiado el gobierno de Murcia, marchó contra tierras de Cuenca, donde infligió también una severa derrota a Álvar Fáñez, sobrino del Cid e insigne jefe militar a quien el rey había confiado el gobierno y la defensa de las tierras de Alarcón, Cuenca, Huete, Uclés y Santaver, que antes habían pertenecido a al-Qadir y ahora eran designadas como tierras de Álvar Fáñez. No parece que el magnate castellano perdiera plaza alguna, ya que el ejército musulmán se retiró tras raziar aquellas tierras.

También habían sufrido sendas derrotas los dos yernos borgoñones del rey: Ramón y Enrique, a los que Alfonso VI había confiado el gobierno de Galicia al primero y el de Portugal al segundo. Ramón de Borgoña fue derrotado en noviembre del año 1094 junto a Lisboa, cuando los almorávides ocuparon esta ciudad y Cintra; y Enrique de Borgoña sería igualmente derrotado el año 1100 en las cercanías de Malagón.

Alfonso VI y Valencia

El Cid había conquistado Valencia el 16 de junio de 1094 y lo mantuvo en su poder hasta que falleció en 1099. Su señorío sobre Valencia y su comarca eran heredados por su viuda Jimena Díaz.

Pero a mediados del año 1101 el general Muḥammad al-Mazdalí pasaba el Estrecho de Gibraltar con nuevas tropas de refresco, que marcharon directamente contra Valencia, a la que ponía sitio a principios de septiembre. Jimena con la hueste de su marido resistió con éxito más de cinco meses, pero llegado marzo de 1102 solicitó el socorro de su rey Alfonso VI, que no dudó un instante en responder a la llamada presentándose personalmente con un ejército.

Vista la situación militar, consideró Alfonso VI que no compensaban los beneficios que podían obtenerse con el esfuerzo requerido para conservar en su poder una ciudad tan alejada de Castilla y en consecuencia ordenó la evacuación de la ciudad el 5 de mayo de 1102 y el regreso a Castilla de su ejército y de la hueste cidiana.

La batalla de Uclés (1108)

La pérdida de Valencia auguraba la caída en manos almorávides de Zaragoza y, con ella, el surgimiento de una grave amenaza para la frontera oriental del reino leonés​ El emir zaragozano al-Musta’in II, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, envió a su hijo a pactar con Yūsuf ben Tashufin y dejó de pagar parias a Alfonso.​

Para proteger la zona al sur del Duero por el este, el rey leonés nombró un obispo para Osma en el 1102 y cercó y tomó Medinaceli (en julio del 1104, tras largo asedio), plaza clave que permitía el ataque hacia la región toledana desde el este a lo largo del valle del Jalón.

En el 1104, 1105 y 1106, realizó varias incursiones en el territorio andalusí;​ en la última alcanzó Málaga y pudo escoltar en su vuelta a mozárabes que se instalaron en su reino como repobladores.​

La derrota más terrible que sufrirían los ejércitos de Alfonso VI a manos de los almorávides tuvo lugar el 29 de mayo de 1108 en los campos próximos a Uclés (Cuenca), y en ella perecería el único hijo varón del rey leonés, el infante Sancho, adolescente a quien su padre había dejado al frente del Toledo mientras él se retiraba a León.

Como consecuencia de la derrota de Uclés se perderían las tierras de Cuenca y la mayor parte de Guadalajara. La tragedia de Uclés haría sentir al rey Alfonso el mismo dolor que un día afligió al Cid Campeador, ya que ambos vieron morir a su único hijo varón a manos de los almorávides, perdiendo por igual toda esperanza de sucesión masculina.

Ampliación y reorganización de su reino

Cuando el año 1085 Alfonso VI recibía la rendición de Toledo, la recuperación y restauración de las tierras de la cuenca del Duero, asoladas un siglo antes por Almanzor, apenas si había rebasado hacia el sur el curso de ese gran río con la vuelta a la vida de algunas villas próximas al Duero, como Maderuelo, Sacramenia, Peñafiel, Cuéllar, Íscar, Olmedo o Medina del Campo.

Entre estas plazas restauradas por Fernando I o por el propio Alfonso VI y las tierras del reino de Toledo se extendía un gran espacio desorganizado y poco poblado de un centenar de kilómetros de profundidad, y a rellenar ese espacio y a dotarle de una organización eficaz dedicó también el rey leonés toda su atención, repoblando tres importantes ciudades a las que convirtió en cabeza de un gran término de varios miles de kilómetros cuadrados: Salamanca, Ávila y Segovia.

En su repoblación trabajó eficazmente Raimundo de Borgoña, no en los primeros años, sino con posterioridad al año 1092, fecha de su venida a España y matrimonio con doña Urraca, hija del rey Alfonso.

El reino de Alfonso VI
El reino de Alfonso VI

Mientras las tierras al norte del Duero eran organizadas en distritos regidos por merinos del rey y recibían el nombre de merindades, en los nuevos espacios entre el gran río y la Cordillera Central surgía por obra de Alfonso VI una nueva estructura apoyada en los concejos ciudadanos de villa y tierra con un novedoso régimen jurídico, del que el concejo de Sepúlveda sería el pionero y arquetipo.

El conjunto de esas tierras recibiría el nombre de Extremadura. En la Extremadura castellana (Segovia y Ávila) iniciará su andadura histórica la nueva ordenación territorial que se asentaba en la autoridad del concejo o conjunto de los vecinos de una villa fuerte o murada. En el concejo o conjunto de los vecinos delegaba el Rey su autoridad al mismo tiempo que le otorgaba el dominio o propiedad de toda la tierra de una extensa comarca en torno a la villa. Dentro de ese término el concejo era el titular de los poderes dominicales y jurisdiccionales que ejercía a través de las autoridades de la villa: juez, alcaldes y sayón, elegidas por el propio concejo.

Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana
Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana

El ámbito de la autonomía de que gozaban estos concejos era muy amplio y se extendía no sólo a las cuestiones gubernativas, judiciales y económicas, sino también a las militares, porque los hombres del concejo acudían a la guerra a llamamiento del rey, pero bajo la enseña del concejo y a las órdenes inmediatas de su adalid, que era el jefe de la milicia concejil. Ésta era la organización territorial, tan distinta de la vigente al norte del Duero, bajo la que Alfonso VI distribuirá las tierras ubicadas entre el Duero y la Cordillera Central; en la Extremadura castellana se organizarán más de cuarenta concejos de villa y tierra y en la Extremadura leonesa y su Trasierra otros quince concejos más.

Al anexionarse Toledo, Alfonso VI se encontró ante sí con una novedad que no había conocido ninguno de sus antecesores: la incorporación de una ciudad y de unos pueblos y aldeas habitados por una población musulmana que en virtud de las capitulaciones podía permanecer libremente en sus casas y haciendas; ciertamente los que lo deseaban podrían marcharse vendiendo sus bienes y heredades y llevándose consigo todos los bienes muebles que pudiesen transportar.

Inicialmente el régimen jurídico del nuevo Reino de Toledo tenía que reflejar la diversidad de su población; en primer lugar, los mozárabes, cristianos que habían vivido trescientos setenta y cuatro años bajo la dominación islámica como dimmíes, esto es, como sometidos o simplemente tolerados. A los mozárabes se unieron los pobladores cristianos llegados del norte del Duero, que recibieron el nombre genérico de castellanos, aunque se tratara de leoneses; a los castellanos se añadían los francos, gentilicio que designaba a todos los llegados del otro lado de los Pirineos y que formaron una comunidad diferenciada en la ciudad.

Ante la nueva situación bélica creada por la llegada de los almorávides a la Península y sus campañas por Toledo en unos decenios se produjo un vaciamiento casi total de la población musulmana, que haciendo uso de su libertad de emigrar prefirió marchar hacia las tierras controladas por sus hermanos de religión; el experimento de la convivencia en Toledo de gentes de las tres religiones tuvo muy corta duración.

Alfonso VI tuvo también que repoblar y organizar la parte del reino toledano que había conservado en su poder, pero aquí no tendrá que crear una red de villas de nueva planta como había hecho en las zonas casi desérticas de la Extremadura; aquí le bastará utilizar la red de ciudades o villas importantes recibidas de la época musulmana para crear en ellas unos concejos, no muy distintos en su organización interna de los concejos de villa y tierra de la Extremadura, aunque con una mayor orientación artesanal y urbana heredada de la época musulmana y transmitida quizás por la población mozárabe, menos orientada hacia el campo, la ganadería y la guerra que sus hermanos del norte.

Rodrigo Jiménez de Rada nos recordará en su Crónica esta ingente labor repobladora y organizativa de Alfonso VI en las nuevas tierras tanto de la Extremadura como del Reino de Toledo cuando enumera entre las nuevas ciudades incorporadas al reino a Toledo, Medinaceli, Talavera, Coimbra, Ávila, Segovia, Salamanca, Sepúlveda, Coria, Coca, Cuéllar, Íscar, Medina del Campo, Canales (Toledo), Olmos (Toledo), Olmedo, Madrid, Atienza, Riba de Santiuste (Guadalajara), Osma con Río Pedro (Soria), Berlanga, Mora, Escalona, Hita, Consuegra, Maqueda y Buitrago.

Alfonso VI fue el primer de Castilla y León que acuñó moneda propia. Lo hizo justo después de la toma de Toledo, usando su ceca. Las dos primeras series de moneda de vellón llevaba caracteres cúficos y se fechan en los años 478H y 479H, entre los años 1085 y 1086.

Después acuñó ya dineros al modo visigodo. En el anverso se muestra el busto esquemático de frente del rey y en la orla lleva escrito ANFVS R; en el reverso una cruz y en la orla TOLETA o TOLETVM.

Dinero de Alfonso VI
Dinero de Alfonso VI

La iglesia del reino de León se abre a la reforma de Cluny

El aislamiento cultural en que había vivido el ámbito del reino astur-leonés tarde se extendía también al ámbito religioso, incluso a la inexistencia de relaciones con la cabeza del catolicismo, con el obispo de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia. Desde el año 711 hasta bien entrado el siglo XI no nos consta de ninguna carta auténtica, de ninguna intervención o mensajero o legado de los papas de Roma.

Será Sancho III de Pamplona, abuelo de Alfonso VI, el primero en abrir las tierras castellanas y leonesas a las corrientes culturales del norte de los Pirineos a través de sus relaciones con monjes y obispos de Cataluña; esta tímida apertura se trocará en la estrecha colaboración de Fernando I (1038-1065) con la abadía benedictina de Cluny para introducir en el reino leonés las reformas eclesiásticas que se estaban aplicando en la Iglesia europea.

Sin embargo, será ya con Alfonso VI cuando se haga el esfuerzo para conducir al monacato, al clero, a las diócesis y a la totalidad de la Iglesia leonesa a asumir los modos, formas y reformas vigentes en Europa, y a renunciar a sus tradiciones. Con Alfonso VI comenzará la incorporación a Cluny de casas y monasterios: unos adoptando como propias la regla, los usos, costumbres y observancias de la abadía borgoñona; otros sometiéndose como prioratos a la obediencia de Cluny, única abadía de todos los monasterios unidos en la Congregación.

Entre los monasterios que recibieron monjes de Cluny para introducir la regla, usos y observancias de la abadía se encontraba el monasterio de Sahagún elegido por Alfonso VI para panteón propio y de sus esposas. La devoción del rey por Cluny le llevará a doblar en 1077 el censo anual prometido por su padre Fernando I y elevarlo hasta 2.000 mizcales de oro; este censo y otros donativos hicieron de Alfonso el mayor benefactor de dicha abadía.

Alfonso VI de Castilla en una miniatura del manuscrito 1513 de la Biblioteca Nacional de España, folio 67 vuelto. Representa una escena del Chronicon regum legionensium del obispo Pelayo en la que Alfonso VI, alcanzado el poder, se apresura a enviar legados al papa Gregorio VII para solicitar la incorporación de la iglesia española al rito romano en 1076, todo ello según la particular visión histórica del obispo de Oviedo
Alfonso VI de Castilla en una miniatura del manuscrito 1513 de la Biblioteca Nacional de España, folio 67 vuelto. Representa una escena del Chronicon regum legionensium del obispo Pelayo en la que Alfonso VI, alcanzado el poder, se apresura a enviar legados al papa Gregorio VII para solicitar la incorporación de la iglesia española al rito romano en 1076, todo ello según la particular visión histórica del obispo de Oviedo

Del mismo modo durante su reinado comenzaron a llegar a León legados pontificios que con frecuencia convocaban concilios de los obispos del reino presididos por el legado de turno, concilios en los que se reforzaban las relaciones con Roma y se tomaban decisiones acordes con la reforma de la Iglesia propugnada por Gregorio VII. Entre monjes de Cluny y otros clérigos franceses fueron elegidos los obispos de la mayor parte del reino, lo que contribuyó a modelar la Iglesia leonesa conforme a las pautas del resto de la Iglesia europea, hasta llegar el año 1080 en un concilio celebrado en Burgos a la abolición, no sin importantes resistencias, de la tradicional y ancestral liturgia visigodo-mozárabe y sustituirla por la liturgia romana.

Igualmente diez años después, el 1090, otro concilio de León ordenó que “en adelante todos los escritores en los libros litúrgicos utilizasen únicamente la letra francesa omitiendo la toledana”; esto condujo en pocos decenios a la sustitución de la letra visigótica por la carolina.

También con Alfonso VI se potenciarán muy especialmente las peregrinaciones a Santiago de Compostela, convirtiéndose el Camino de Santiago no sólo en una gran vía de renovada piedad con nuevas devociones, fiestas religiosas y advocaciones de santos, sino también en un camino cultural por el que penetraron en el reino las corrientes literarias, tanto épicas como líricas, la arquitectura y la escultura románica. En el Camino se establecieron numerosos grupos de francos que reanimaron el comercio y la industria artesanal, así como otros fenómenos económicos como el cambio de monedas. Se puede afirmar que el Camino de Santiago se convirtió en este reinado en la gran vía abierta a la europeización de España y un elemento esencial de nuestra vinculación y unión con el resto de la cristiandad.

Muerte de Alfonso VI y su sucesión

Tras cinco matrimonios y tras la muerte de su sucesor en Uclés, Alfonso VI no tenía más remedio que aclarar el problema sucesorio. La sucesión recaería en su hija Urraca, viuda a su vez de Raimundo de Borgoña.

Se requería la elección de un marido para Urraca y dos fueron las candidaturas que se manejaron: una, la del conde castellano Gómez González; otra, la de Alfonso I, rey de Pamplona y Aragón. La elección de Alfonso VI recayó sobre este segundo.

Alfonso VI falleció de muerte natural el 1 de julio de 1109 en Toledo. Fue sepultado en el monasterio de Sahagún a finales de julio o principios de agosto, cumpliéndose así la voluntad del monarca.​ Los restos mortales del rey fueron depositados en un sepulcro de piedra, que fue colocado a los pies de la iglesia del monasterio, hasta que, durante el reinado de Sancho IV, pareciéndole indecoroso a este rey que su predecesor estuviese sepultado a los pies del templo, ordenó trasladar el sepulcro al interior del templo, y colocarlo en el crucero de la iglesia.

El sepulcro que contuvo los restos del rey, desaparecido en la actualidad, se sustentaba sobre leones de alabastro, y era un arca grande de mármol blanco, de ocho pies de largo y cuatro de ancho y alto, siendo la tapa que lo cubría lisa y de pizarra negra, y estando cubierto el sepulcro de ordinario por un tapiz de seda, tejido en Flandes, en el que aparecía el rey coronado y armado, hallándose en los lados la representación de las armas de Castilla y de León, y en la parte de la cabecera del sepulcro un crucifijo.

El sepulcro que contenía los restos de Alfonso VI fue destruido en 1810, durante el incendio que sufrió el monasterio de San Benito. Los restos mortales del rey y los de varias de sus esposas, fueron recogidos y conservados en la cámara abacial hasta el año 1821, en que fueron expulsados los religiosos del monasterio, siendo entonces depositados por el abad Ramón Alegrías en una caja, que fue colocada en el muro meridional de la capilla del Crucifijo, hasta que, en enero de 1835, los restos fueron recogidos de nuevo e introducidos en otra caja, siendo llevados al archivo, donde se hallaban en esos momentos los despojos de las esposas del soberano. El propósito era colocar todos los restos reales en un nuevo santuario que se estaba construyendo entonces.

No obstante, cuando el monasterio de San Benito fue desamortizado en 1835, los religiosos entregaron las dos cajas con los restos reales a un pariente de un religioso, que las ocultó, hasta que en el año 1902 fueron halladas por el catedrático del Instituto de Zamora Rodrigo Fernández Núñez.​

Pasaron de nuevo a reposar en el monasterio de las monjas benedictinas de Sahagún, a los pies del templo, en un arca de piedra lisa y con cubierta de mármol moderna, y en un sepulcro cercano, igualmente liso, yacen los restos de varias de las esposas del rey.​

En el año 2019 el escultor leonés Amancio González acabó un nuevo mausoleo para el rey Alfonso VI y su esposa Inés.

Mausoleo de Alfonso VI e Inés inaugurado en 2019
Mausoleo de Alfonso VI e Inés inaugurado en 2019

Matrimonios y descendencia de Alfonso VI

Alfonso VI tuvo cinco mujeres legítimas. Pero antes tuvo un primer acuerdo matrimonial en torno al año 1067 con Ágata, hija de Guillermo I el Conquistador, duque de Normandía y rey de Inglaterra. Según cuenta William de Malmesbury, una hija de Guillermo (a la que no nombra) fue prometida por medio de mensajeros al rey Alfonso; y el cronista inglés Orderico Vital sí dice que su nombre era Ágata y que estaba prometida a “Amfursio regi Galliciæ“. Este mismo autor señala que Ágata murió de camino a Hispania y su cuerpo fue retornado a Bayeux para ser enterrado.

El primer matrimonio de Alfonso fue con Inés, hija del duque de Aquitania Guido Guillermo VIII. Se desposó en el 1069, aunque el matrimonio no se celebró hasta fines de 1073 o principios de 1074. Figura en documentos junto al rey a partir de 1074 y hasta el 6 de junio de 1078, cuando falleció sin descendencia.

Viudo de su primera esposa, una noble dama berciana, Jimena Muñiz (o Muñoz), le dio dos hijas entre 1078 y 1079:

  • Elvira, que casó con el conde Raimundo IV de Tolosa
  • Teresa, casada con Enrique de Borgoña, será la futura primera reina de Portugal.

A fines de 1079 contraía segundas nupcias con Constanza, hija del duque de Borgoña y sobrina de san Hugo el Grande, abad de Cluny. De los seis hijos del matrimonio sólo sobrevivió a su madre una hija, la futura reina Urraca I. Constanza murió en el 1093.

Precisamente mientras está casado con Constanza, aparece en la vida de Alfonso VI la mora Zaida, casada con un hijo de al-Mu’tamid de Sevilla, que murió el 27 de marzo de 1091, defendiendo Córdoba frente a los almorávides. Zaida, que había buscado refugio en el reino cristiano, dio un hijo al rey Alfonso: Sancho Alfónsez, nacido en torno al 1094, su único hijo varón y heredero al trono hasta su muerte en la batalla de Uclés.

La tercera esposa del rey fue Berta, hija probablemente del conde de Saboya Amadeo II. Aparece en la corte en 1095 y murió sin descendencia a finales de 1099.

La cuarta esposa del rey fue Isabel. Aparece en la corte entre los años 1100 y 1107. Para algunos historiadores era realmente la mora Zaida bautizada y, de este modo, legitimaba a su hijo Sancho y declarado heredero del rey leonés. Para otros tendría origen francés o borgoñón. De todas formas, tuvo dos hijas más:

  • Sancha, que casaría con Rodrigo González de Lara.
  • Elvira, que contraería matrimonio en Sicilia con Roger II.

Todavía contraería en 1108 Alfonso VI un quinto matrimonio con Beatriz, hija del duque Guillermo IX de Aquitania. Una vez muerto Alfonso en 1109, la joven viuda regresaría a Aquitania.