[Córdoba, 364H/974 – Córdoba, 6 muharram 435H / 15 agosto 1043] En árabe أبو الحزم بن جهور

Gobernante de la taifa de Córdoba (1031-1043)

Su nombre completo era Yahwar ben Muhammad ben Yahwar ben ‘Abd al-Malik ben Yahwar ben ‘Abd Allah ben Ahmad ben Muhammad ben al-Gamr ben Yahya ben ‘Abd al-Gafir ben Yusuf ben bajt ben Abi ‘Abda.

Nació en Córdoba en el 364 H (c. 974) en el seno de una familia árabe y cliente de los omeyas.

Abu-l-Hazm Yahwar ben Muhammad ya aparece como visir secretario en el año 1008, en época del califa Hisham II, siendo hayib ‘Abd al-Rahman Sanchuelo. Precisamente pocos meses antes del comienzo de la fitna y de la disgregación del califato andalusí en decenas de reinos de taifas.

También formó parte del gobierno del califa Muhammad II. Córdoba, la capital del califato de al-Andalus, fue la última cora (provincia) en declararse independiente durante el proceso de disgregación que entre los años 1009 y 1031 va fragmentando al-Andalus.

El 30 de noviembre de 1031, tras la deposición de Hisham III, la ciudad se quedó sin liderato. Un consejo de notables de la ciudad decidió dar el poder al jeque más prominente, Abu-l-Hazm Yahwar ben Muhammad, quien a su vez, fue uno de los máximos promotores de la deposición de Hisham III.

La forma de gobierno de Córdoba

Abu-l-Hazm Yahwar ben Muhammad desarrolló un sistema de gobierno cuasi-republicano. Estaba compuesto por un consejo de estado de ministros y jueces, con el cual consultaba antes de tomar cualquier decisión política. Así, bajo Abu-l-Hazm, Córdoba fue gobernada por una élite colectiva en lugar de un solo emir, como era común en otras taifas. De hecho, más que verse a sí mismo como el señor de su pueblo, Abu-l-Hazm se veía como el protector de Córdoba, que cuidaba de la ciudad y sus habitantes.

Con gran acierto evitó Yahwar, al desempeñar el poder, utilizar las prerrogativas califales, y así imprimió a su ejercicio de autoridad la apariencia de una república, poniendo él mismo como condición que actuaría en triunvirato con otras dos personas, Muhammad ben Abbas y Abd al-Aziz ben Hasan, que fueron por él mismo elegidos entre sus parientes y allegados.

Las fuentes musulmanas alaban su actuación política: restableció el orden cívico; licenció a las tropas bereberes, excepto a un contingente manejable de Yafraníes, y los reemplazó por una milicia ciudadana; restableció la judicatura; enderezó la economía; regularizó los impuestos; e hizo aumentar la población de la ciudad.

Aunque, como observa Ibn Hayyan, que estuvo al servicio de los Banu Yahwar, este primer gobernante se hizo riquísimo. Así habla Ibn Hayyan tal y como nos la ha hecho llegar Ibn Idarí en su al-Bayan al-Mugrib:

Convinieron los principales de entre las gentes de Córdoba en delegar su poder en Abu-l-Hazm Yahwar y consideraron sus cualidades -respecto a lo cual no discreparon- entonces pusieron el gobierno en sus manos, por ser el más capacitado para ello, confiaron el mando de la comunidad al [más] fiel de ella.

Creó para ellos, desde el comienzo de su mandato, un género de gobierno al que los sometió y en el que tuvieron por excelente la política. Y así descendió la protección sobre las gentes de Córdoba en su tiempo. Logró todo lo que levantaba al país, después de dar con largueza a sus soldados, y hacia eso por mano de personas de confianza de entre sus criados, dominándolos con su poder, y si había algo de favor lo dejaba en manos de ellos, inteligentemente, como testimonio en su pro, y no se les interponía en nada. Cuando se le pedía [algo] decía:”No me compete dar o prohibir, ello compete a la comunidad; yo soy su hombre de confianza”. Y si le inquietaba un asunto o resolvía administrar los convocaba y pedía consejo, y si se le dirigía un escrito no lo examinaba, a menos que estuviera [dirigido] a nombre de los visires.

Su suerte le dio el poder por su bondad; más no dejó, a pesar de eso, de interesarse por sus medios de existencia, hasta el punto de que su riqueza se duplicó y no llegó a encontrar otro más rico que él. Consiguió todo eso mediante la constante avaricia y la pura abstinencia; si no fuera por estas dos [faltas] no se encontraría defecto que achacarle y sería perfecto, si el hombre pudiera ser perfecto.

Ibn Idarí, al-Bayan al-Mugrib, trad. por Felipe Maíllo Salgado en La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas, p. 158

Otra descripción interesante de sus actuaciones nos la ofrece un cronista de tiempos almorávides, al-Marrakusi:

Era Yahwar ingenioso, reservado, sólido de juicio y muy capaz en la gestión. Con su habilidad había sabido sustraerse de las revueltas ocurridas antes y, manteniéndose a resguardo de aquellas, había seguido dando muestras de rectitud, religiosidad y honradez, pero en cuanto se le quedó el campo libre, vació de pretendientes al poder, concretándosele la oportunidad, saltó sobre ella y asumió el gobierno de Córdoba y se encargó de la defensa del Estado.

Mas no pasó a ejercer el boato del mando, sino que siguió su hábito ya dicho de manifestare con modestia y, más aún, lo asumió de un modo sin precedentes pues se colocó a sí mismo como depositario del cargo, en tanto apareciese alguien al que unánimemente todos dieran el poder, al cual, entonces, él se lo entregaría.

Asignó porteros y servidores a los alcázares [califales], tal como habían estado en los días de la dinastía omeya, pero no se trasladó a vivir a ellos y siguió en su casa. Los beneficios que producían las propiedades califales los puso bajo control de unos hombres a los que encargó de ello expresamente y que él mismo supervisaba. A las gentes de los zocos las convirtió en soldados suyos (yund) y sus estipendios los constituyó como un capital que estaba en sus manos y a su cuenta y cuyos dividendos cogían, quedando el capital a salvo, de lo cual se les pasaba control en cualquier momento para saber qué tal lo guardaban. Les distribuyó armas y los ordenó tenerlas en sus tiendas y en sus casas, de modo que si cualquier cosa les sobrevenía de día o de noche, cada uno tuviese sus armas junto a sí, se hallara donde se hallasen.

Yahwar asistía a los funerales y visitaba a los enfermos, tal como hacen las gentes de bien, y no por eso dejaba de administrar el poder como podían hacerlo los reyes dominantes. Era sereno y apacible. Córdoba, en los días de su gobierno, fue como un recinto improfanable en que todo medroso podía hallarse a salvo.

Enfrentamiento con la taifa de Sevilla

El soberano de Sevilla, Muhammad ben Abbad, proclamó en Sevilla un califa, el llamado falso Hisham II (1035).

Yahwar sabía que el verdadero Hisham II había muerto en 1013 en la segunda entrada en Córdoba de Sulayman al-Mustain. Pero no le interesó oponerse a la farsa sevillana, sobre todo teniendo a un pretendiente a califa hammudí en Carmona, y se avino a reconocer a Hisham II, en noviembre de 1035, enviándole el acta de reconocimiento y carta de felicitación redactadas por el gran secretario Abu Hafs Ahmad ben Burd a Sevilla, empezando a mencionarse el nombre de Hisham II al-Mu’ayyad en los rezos oficiales.

Pero las pretensiones de Muhammad ben Abbad eran mayores. Quería que el califa volviera a su alcázar cordobés, y eso ya no lo consintió Yahwar, que, para enfriar las ilusiones de sus conciudadanos, envió una embajada a cerciorarse de la personalidad del pretendido Hisham, embajada que tornó más bien decepcionada.

Yahwar debió retirar su reconocimiento al falso Hisham en 431H/1039, cuando Ismail, hijo del rey sevillano, marchó, sin éxito, contra Córdoba. Yahwar recibió la ayuda de Badis ben Habbus e Ismail fue derrotado y muerto.

Labor diplomática de Yahwar

La extensión de la taifa gobernada por Abu-l-Hazm Yahwar no abarcaba más allá del alfoz de la ciudad de Córdoba, si bien su capital seguía siendo la más prestigiosa y populosa de Al-Andalus, tras Sevilla.

Abu-l-Hazm intentó unificar el país dividido en taifas en provecho suyo, por ser el gobernante de la antigua capital del califato. Envió cartas a los distintos régulos invitándoles a que lo reconocieran como señor. Como era de esperar, ninguno de ellos se prestó a sustentar tal pretensión.

Abu-l-Hazm, por tanto, hubo de implementar una política exterior que alejara el peligro de una absorción de Córdoba por algunas de las taifas limítrofes más poderosas, como las de Sevilla o Toledo, a la vez que reforzaba los medios de defensa, a fin de dar seguridad y prosperidad continuada a sus dominios.

Distribuyó armas entre la población civil cordobesa, y ordenó tenerlas a mano en las tiendas de los zocos y en las casas particulares, por si un ejército intentaba un ataque de día o de noche contra la ciudad; pero considerando que la fuerza militar de Córdoba no era suficiente para mantener y ganar una guerra, luego de la casi total expulsión de los contingentes militares beréberes, Abu-l-Hazm optó por una política de paz y moderación, empleando preferentemente medios diplomáticos.

Abu-l-Hazm Yahwar hizo de mediador en las disputas guerreras de algunas taifas: medió por el visir Ahmad ben ‘Abbas, prisionero del rey zirí de Granada, Badis ben Habbus, pero no pudo salvar la vida del poeta, literato y visir de la taifa de Almería.

Medió asimismo en las disputas entre Sevilla y Badajoz (pero sólo su sucesor conseguiría que ambos rivales aceptaran la paz), así como en otros casos, con desigual éxito. Abu-l-Hazm logró, sin embargo, gracias a esta política, mantener la ciudad de Córdoba apartada de las rivalidades existentes entre los distintos reyes de taifas que deseaban extenderse a costa de sus vecinos.

Hizo de ella una ciudad de refugio para los régulos y príncipes destronados por los reyes más poderosos. Esta política de protección a los vencidos fue continuada por su hijo y sucesor Abu-l-Walid Muhammad ben Yahwar.

Entre los reyes destronados que se acogieron en la Córdoba yahwarí en época de Abu-l-Hazm se encuentra ‘Abd al-Malik ben Sabur, heredero del reino de Badajoz y rey de Lisboa por un tiempo, destronado por Ibn al-Aftas. Abu-l-Hazm Yahwar le permitió aposentarse en la mansión que había pertenecido a su padre Sabur, allí permaneció hasta el fin de sus días.

Muerte y sucesión

Yahwar murió el 6 de agosto del año 1043. No designó sucesor pero el poder recayó en su hijo Abu-l-Walid, quien tomó el título de ar-Rasid.