San Íñigo [Calatayud, ¿? – Oña, 1 junio 1068]

Abad benedictino de Oña (1034-1068)

La tradición asegura que Íñigo nació en la localidad de Calatayud, en concreto en el barrio de los Mozárabes, en lugar donde hoy en día se encuentra una iglesia benedictina. En su juventud se refieren sus estancias en soledad en una cueva en las cercanías de Tobed de Calatayud.

Pasó su juventud en el monasterio de San Juan de la Peña, coincidiendo con la implantación de la reforma cluniacense impulsada por el rey Sancho III de Pamplona. Una vez ordenado, experimentó un período de eremita en la cueva de Santa María de Gótolas, en las cercanías de dicho monasterio. Estos años de rigor, de ayuno y de fe le dieron fama de santo y milagrero. La gente acudía a él a pedirle consejo y buscar la fe con él. 

En el 1033 Sancho III suprime la comunidad de monjas que había dirigido Santa Tigridia en Oña y tiene intención de instituir otra, en este caso masculina, que siga la regla cluniacense. El primer abad de este nuevo monasterio fue García pero falleció en torno al año 1034. Entonces Sancho III, quien tenía conocimiento del prestigio de Íñigo, le envió a Oña para que se convirtiera en su abad.

No parece que fuera fácil convencerlo. Según  fray Íñigo de Barreda: «obligado de las exhortaciones del Rey y assimismo de los mandatos de su Abad de la Peña (porque entrambos estaban presentes y le hacían las debidas instancias), temiendo desagradar a Dios si resistía a su vocación, aceptó el cargo y dexó el consuelo de aquellos riscos, testigos de sus penitencias, con harto desconsuelo suyo y de aquellos sus Hermanos y Compañeros Monjes, y… vino a descender de las montañas de Xaca para levantar las de Burgos».

 

Abad de Oña (1034-1068)

Su primera aparición documental es del 21 de octubre de 1034, fecha en que confirma una donación de Sancho el Mayor al monasterio de Leyre con la fórmula «Enneco Abbas Honiensis».

Al entrar San Iñigo en Oña recibió unos amplios dominios territoriales. Más de 150 posesiones repartidas por las actuales Burgos, La Rioja, Palencia y Cantabria. El gobierno interno de San Iñigo es descrito por su discípulo Juan de Alcocero como de una paternalidad discreta, espiritual y popular: «No vivió para sí solo, sino para nosotros, porque todo el día estaba él para nosotros. Nunca se indignó de manera que en su indignación olvidase la benignidad; y no podía airarse un hombre que despreciaba las injurias y evitaba los rencores. Nunca juzgó sin comprensión, como quien sabía que el juicio de los cristianos ha de ir revestido de misericordia. El Espíritu Santo otorga su don de justicia a los más benignos, y concede a los suyos tanta equidad y justicia como gracia y piedad; de ahí que nuestro padre Iñigo guardaba rectitud al examinar lo justo y misericordia al decidir la sentencia. En la solicitud de su monasterio e iglesias imitó la fe y caridad de todos los apóstoles, obispos y abades».

También es frecuente su estancia en las cortes reales de Navarra y León. Con mayor frecuencia se encuentra junto al rey navarro García Sánchez III, hijo de Sancho el Mayor, en la corte de Nájera; o en el asedio victorioso de Calahorra. Junto a él estaba en el 1054 en la batalla de Atapuerca, cuando falleció el rey navarro a manos de su hermano Fernando, el rey de León. 

La fidelidad al García no fue óbice para que Fernando no lo apreciara. En favor de su abadía realizó varias donaciones, siendo la más cuantiosa en 1063, coincidiendo con su presencia en León para recibir el cuerpo de San Isidoro. El 1 de diciembre del 1067 Fernando I concedió a Íñigo la iglesia de San Martín de Tartalés.

 

Su fama de santo

Sus discípulos y hagiógrafos posteriores hablan profusamente de sus hechos y acciones milagrosas. Por ejemplo del castigo sensacional de dos hidalgos que injuriaron a San Íñigo y al día siguiente, sin causa, se agredían entre sí con sus espadas para perecer ambos locamente bajo sus mutuas heridas. U otra más épica, su lucha mediante la oración y la hoguera para aniquilar un malvado serpentón; o el curioso caso del jorobado de Tamayo, un pastor que a causa de su mala intención, al meter su ganado en la viña del monasterio recién plantada por el abad junto al río, acabó desfigurado; la parálisis remediada del conde leonés Gonzalo Muñiz, de un peregrino traído de más allá de los Pirineos y de un mendigo tendido ante las tapias de la huerta del monasterio; el hijo concedido a las oraciones de San Iñigo para una mujer atribulada sin familia después de quince años de matrimonio; y tantos otros hechos.

San Íñigo tuvo varios discípulos de renombre. Entre ellos destacan dos: Juan de Alcocero o de Mazariegos, relator de su vida y posteriormente también abad de Oña; y San Atto, quien firmaba como «Atto, Aukensis episcopus», obispo de Oca y Valpuesta, por los años de 1034 y 1044.

San Íñigo fue el patrono medieval de los cautivos, quienes enrejaban de exvotos su altar. Es también patrón de Calatayud, desde 1600, y de Oña. Fue canonizado el año 1163 en el sínodo de Tours, por decisión del Papa Alejandro III. En 1259, el Papa Alejandro IV concedió indulgencias a los que visitaran la iglesia de Oña «durante la fiesta del Bendito Iñigo, confesor, antiguo abad del mencionado monasterio. Su popularidad taumatúrgica le siguió durante siglos.

 

Fallecimiento, sepultura y reliquias

En una de las visitas que San Iñigo hacía para comprobar el estado de sus dominios, en Solduengo, se sintió gravemente enfermo. Al ser llevado al monasterio de noche le pareció que iban delante dos muchachos con hachas encendidas. Compadeciéndoles el varón de Dios la fatiga del camino, pues creía que eran muchachos cuando en realidad eran ángeles, vuelto a los circunstantes les exhortaba a que aliviasen a los muchachos, cuando nada semejante veían los que le acompañaban, sino sólo una gran claridad. Todos los monjes recibieron al abad moribundo. San Iñigo les daba saludables consejos de amor, hermandad y observancia. Pidió y recibió los auxilios sacramentales humilde y devotamente y, como despedida y promesa de amparo, dio su última bendición de padre y abad.

Era el 1 de junio de 1068 el día en el que falleció. Sus restos se guardaron en una arqueta de plata y piedras preciosas y dentro de un sarcófago en la iglesia de Oña.

El sarcófago con las reliquias de San Íñigo se ha abierto al menos en tres ocasiones. En 1597 algunos restos óseos del abad se llevaron a una de las parroquias de Calatayud. En 1865 fueron abiertas para cerciorarse de que las reliquias no habían sido saqueadas durante la invasión francesa. El 31 de mayo de 2014 se procedió de nuevo a su apertura para entregar una reliquia al monasterio de Leyre, lugar donde firmó un documento por primera vez.

Aprovechando esta ocasión la Diputación de Burgos y la Fundación Milenario del monasterio de San Salvador de Oña sacaron una nueva edición de la Historia de la vida de San Íñigo publicada por Íñigo de Barreda en 1771.

Arqueta con las reliquias de San Íñigo. Oña

Arqueta con las reliquias de San Íñigo. Oña