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San Pelayo

por Javier Iglesia Aparicio
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Urna con las reliquias de San Pelayo en San Pelayo de Oviedo

[?, c. 911 – m. Córdoba, 26 junio 925] Mártir y santo

La tradición supone que nació en la parroquia de Albeos, Crecente (Pontevedra), donde aún quedan, en el lugar de Mosteiro, las ruinas del monasterio de San Pelayo o San Paio supuestamente mandado edificar por Hermogio de Tuy.

Una de las consecuencia de la victoria cordobesa de Valdejunquera (920), donde Abderramán III venció a una coalición de ejércitos de Ordoño II de León y Sancho I Garcés de Pamplona, fue un importante contingente de prisioneros que fue trasladado a Córdoba.

Uno de los prisioneros era el obispo Hermogio, de quien fuentes más modernas dijeron luego que era obispo de Tuy. Los cordobeses habían exigido un rescate por él así que, con el objetivo de reunir la cantidad de dinero exigida, fue autorizado a volver al reino de León para tratar de conseguir el dinero exigido por su rescate. Pero, a cambio, fue intercambiado, como rehén en Córdoba, por su sobrino Pelagio (Pelayo) que contaba solo diez años de edad.

No se sabe por qué el obispo Hermogio no logró conseguir el dinero. Pero Pelayo no llegó a ser liberado y pasó en la cárcel casi cuatro años.

El verano del año 925, cuando Pelayo tenía ya trece años, llegó a oídos del califa noticias de la belleza de su joven rehén y quiso conocerlo. A tal efecto, fue presentado ante el califa vestido con ricas vestiduras, pero Pelayo negó ser afeminado y se negó a abjurar de su fe cristiana y no dudó en insultar al califa cuando éste pretendió seducirlo. Irritado, Abderramán ordenó que fuera torturado para conseguir que renegara de su fe y, al no alcanzar su propósito, mandó que fuera descuartizado y sus restos arrojados al Guadalquivir. Según Raguel:

«Colgadle en garruchas de hierro y tensando al máximo y elevándole en alto una y otra vez, dejadle en tierra sólo cuando exhale su alma o niegue que Cristo es Dios».

El beato Pelayo, soportando el tormento con fuerte ánimo, se mantenía inquebrantable, ya que no rehusaba en absoluto padecer por Cristo. El rey, al ver que su fortaleza no flaqueaba, mandó que se le despedazara miembro a miembro y se le arrojara al río. Recibida esta orden, los sayones, puñal en mano, se cebaron en él con saña tan inhumana, que se pensaría que hacían el sacrificio del que era preciso que fuera inmolado, sin que ellos lo supieran, ante la mirada de nuestro Señor Jesucristo. El que ya estaba elegido en el cielo sufría todavía cruelmente en la tierra. Uno, en efecto, le amputó de cuajo un brazo, otro le cercenó los pies, otro no dejó de herirle hasta en el cuello. El mártir, entretanto, permanecía firme, de cuyo cuerpo fluía a goterones un reguero de sangre en vez de sudor, sin invocar a nadie excepto a nuestro Señor Jesucristo, por quien no rehuía la pasión, diciendo: «Señor, líbrame de la mano de mis enemigos»

La potestad divina no le abandonó, haciéndole confesor por el tormento y glorioso mártir en el cielo por el filo de la espada. Las manos que tendía a Dios, los malvados las cortaban con la espada, mientras el beatísimo Pelayo cansado jadeaba. Y ya que no había ningún hombre que se apiadase de él, invocaba sólo a Dios. Clamaba el fortísimo atleta, pero Dios se hallaba presente en la prueba diciéndole: «Ven, recibe la corona que te prometí desde un principio».

Los cristianos de Córdoba recogieron esos restos y los sepultaron en el templo de San Ginés, depositando la cabeza en la iglesia de San Cipriano. Hacia el año 950, un presbítero cordobés, de nombre Raguel, escribió una Vita vel passio Sancti Pelagii o Passio Pelagii que, en realidad, es una narración del martirio basada en el testimonio de testigos oculares. Se puede leer una traducción al castellano realizada por Juan Gil Fernández: La pasión de San Pelayo, Habis, 11, 1972, págs. 161-200.

Las reliquias de San Pelayo

El culto a san Pelayo se desarrolló pronto en Córdoba, pero enseguida fue también venerado por los cristianos del norte; consta que el año 930 ya había reliquias suyas en el monasterio de Valeránica (Burgos).

Según la Crónica de Sampiro, en el reinado de Sancho I, a instancias de su hermana Elvira Ramírez, se iniciaron negociaciones con el califa al-Hakam II para que los restos del mártir fueran enviados a León. Será en el 967, reinando ya Ramiro III y siendo regente Elvira Ramírez, cuando estos llegaron a León, a un monasterio llamado de San Pelayo (hoy desaparecido) fundado por Sancho I a instancias de su hermana y su esposa Teresa Ansúrez. De León, ante la amenaza de Almanzor, fueron trasladados al monasterio de San Juan Bautista de Oviedo en el año 994, que cambió su advocación. Allí están resguardados hoy en día.

En 1810, durante la invasión francesa, la urna de plata que los albergaba fue fundida. Acabado el conflicto, a su vuelta, encontraron los restos de San Pelayo envueltos en los tafetanes que los cubrían y tirados de cualquier manera en el gallinero del convento; parece ser que los soldados no les vieron ninguna otra utilidad. Posteriormente se construyó una nueva urna y se colocaron en el altar mayor de la iglesia del monasterio, donde siguen hoy en día.

Urna con las reliquias de San Pelayo en el monasterio de San Pelayo de Oviedo
Urna con las reliquias de San Pelayo en el monasterio de San Pelayo de Oviedo

Un hueso de uno de sus brazos se venera desde antiguo en el monasterio de monjas benedictinas de San Paio de Antealtares, de Santiago de Compostela. En 1925, con motivo de la conmemoración del milenario de su martirio, tras grandes festejos en la ciudad de Tuy, las monjas de Oviedo concedieron una reliquia de un hueso de la canilla a la Catedral tudense, la cual se
venera en su relicario.

Dentro de los mismos festejos de la conmemoración del milenario se colocó una placa de mármol en la fachada románica de la iglesia parroquial de Albeos y, en 1996, una reliquia venerada en Tuy fue trasladada a esta misma parroquia y otra al seminario menor tudense, que figura bajo la misma advocación del santo.

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