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Breve crónica del año 827 – Era hispánica 865

por Javier Iglesia Aparicio
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Breve crónica hispana del 827

A vos, amado lector y buscador de la verdad en los polvorientos pergaminos de nuestra historia, doy mi más calurosa bienvenida en este ocaso del año de la Encarnación de Nuestro Señor de ochocientos y veinte y siete, que en nuestra cuenta de la Era Hispana consignamos con el número ochocientos sesenta y cinco. Como cronista que ha visto pasar las estaciones desde las torres de nuestras ciudades y ha escuchado el susurro de los mensajeros que cruzan los desfiladeros de los Pirineos y las llanuras del Guadiana, me dispongo a consignar los hechos que han estremecido los cimientos de la Cristiandad y de las tierras ocupadas por el agareno en este ciclo que ahora expira.

No es mi pluma la de un profeta que escudriña el futuro, pues tal conocimiento pertenece solo al Altísimo, sino la de un humilde relator que analiza los sucesos presentes a la luz del pasado gótico y de la fe que nos sostiene. En estas páginas encontraréis el eco de los tambores de guerra en la Marca Hispánica, el lamento de las ciudades asediadas y las mudanzas de los tronos en la Ciudad Eterna, en las islas del Mediterráneo e incluso en los confines de la lejana Serica, todo ello relatado con la precisión que exigen los tiempos y el respeto a la memoria de quienes han protagonizado este año de tribulaciones y fazañas.

Brevis rerum gestarum summarium

En este año de la Era de DCCCLXV, la paz ha sido un espejismo en los confines de Spania y en las aguas que la rodean. Los hechos más notables que han marcado el devenir de nuestras gentes pueden resumirse en la fractura definitiva de la paz en la Marca Hispánica y el estallido de una guerra civil entre los condes y la nobleza gótica. El noble Aizón, cuya procedencia genera disputas entre los sabios, se ha alzado en armas contra el poder del conde Bernardo de Septimania, logrando atraer a su causa a Guillemó, hijo del depuesto Bera, y provocando una devastación tal que el condado de Osona ha quedado convertido en un páramo silencioso. A este conflicto se ha sumado la intervención del Emirato de Córdoba, pues Abd al-Rahman II, atendiendo las súplicas de los rebeldes, envió un poderoso ejército comandado por Ubayd Allah para asediar las plazas de Barcelona y Gerona, aunque ambas ciudades han resistido con firmeza el empuje sarraceno.

En el corazón de Al-Ándalus, la ciudad de Mérida ha vuelto a demostrar su espíritu indomable, sufriendo la represión del emir que ha segado la vida del cabecilla Marwan ben Yunus, sin lograr por ello apagar las brasas de la sedición. Por su parte, el piadoso rey Alfonso II de Asturias ha mantenido la vigía en sus fronteras mientras continúa su labor de fortalecer el reino que se proclama heredero de la gloria de Toledo.

Más allá de nuestras costas, el mundo ha sido testigo del inicio de una fazaña militar de gran calado: la invasión de la isla de Sicilia por las huestes aglabíes de Ifriqiya, que han desembarcado en Mazara bajo el mando del anciano juez Asad ibn al-Furat, aprovechando la traición del bizantino Eufemio. En Roma, hemos visto una sucesión vertiginosa de tres pontífices: Eugenio II, Valentín y Gregorio IV. Finalmente, de las tierras del sol naciente nos llegan noticias de sangre, pues el joven emperador Jingzong de la dinastía Tang ha sido víctima de un regicidio a manos de sus propios servidores.


Annales rerum gestarum Era DCCCLXV

El incendio de la Marca Hispánica y la rebelión de Aizón

El año que ahora concluye, este ochocientos sesenta y cinco de nuestra Era, será recordado por la posteridad como el tiempo en que la tierra de la Gotia ardió bajo el fuego de la discordia interna. Para comprender la magnitud de lo acontecido, debemos volver la mirada a los años previos, cuando el emperador Ludovico Pío, en su afán por consolidar el dominio franco sobre los condados al sur de los Pirineos, depuso al conde Bera de Barcelona tras un juicio por traición que muchos aún consideran injusto. Aquella herida nunca llegó a cicatrizar en el corazón de la nobleza de raigambre goda, que veía en los nuevos administradores francos a hombres extraños a sus leyes y costumbres.

Tras el breve gobierno de Rampó, el emperador designó el año pasado a Bernardo de Septimania como conde de Barcelona, Gerona y Osona. Bernardo es un hombre de gran linaje, hijo del santo Guillermo de Tolosa, pero su carácter ambicioso y su mano dura pronto despertaron el recelo de los magnates locales. No había pasado mucho tiempo de su nombramiento cuando un noble llamado Aizón (o Aissó por algunos nombrado) decidió que era el momento de sacudirse el yugo de Septimania.

Aizón es un personaje envuelto en el misterio. Algunos dicen que es un noble godo que fue partidario de Bera y que regresó del exilio; otros aseguran que se trata de Aysun, el hijo del antiguo valí musulmán de Barcelona, Sulayman ben al-Arabi, que habría escapado de su cautiverio en las tierras francas de Aquisgrán para recuperar el patrimonio de sus padres. Sea como fuere, su capacidad para movilizar a las guarniciones fue asombrosa. Logró apoderarse del castillo de Vich y desde allí extendió su rebelión por todo el condado de Osona, atrayendo a muchos que estaban descontentos con el nuevo orden carolingio.

A la causa de Aizón se unió una figura de gran peso simbólico: Guillemó (Guillemundus), el hijo del mismísimo Bera, quien todavía ostentaba el mando sobre los condados de Rasés y Conflent. La unión de estos dos hombres representó un desafío mortal para Bernardo de Septimania, pues no se trataba de una simple algara de salteadores, sino de una verdadera insurrección nacional que buscaba restaurar la autonomía de la Gotia frente a las pretensiones francas.

La ferocidad del conflicto se manifestó con especial crudeza en el asedio y destrucción de Roda de Ter. Esta fortaleza, situada en una posición estratégica sobre el río, fue la única en toda la región de Osona que permaneció fiel a Bernardo y se negó a abrir sus puertas a los rebeldes. Aizón, furioso ante tal resistencia, lanzó a sus hombres al asalto y, tras una lucha encarnizada, logró tomar el castillo, reduciéndolo a cenizas y pasando a cuchillo a quienes no pudieron huir. Este acto de terror envió un mensaje claro a toda la Marca: la rebelión no aceptaría términos medios.

La sombra de Córdoba sobre la Marca

Al verse acorralado por los refuerzos que Bernardo comenzaba a organizar con el apoyo de la corte imperial, Aizón cometió un acto que ha escandalizado a los defensores de la Cristiandad: envió una embajada a Córdoba, encabezada por su propio hermano, para solicitar el auxilio del emir Abd al-Rahman II. El emir, un hombre de gran cultura pero también de agudo sentido político, vio en esta petición la oportunidad de debilitar a su gran rival, el Imperio Carolingio, y de paso recuperar influencia en las tierras que un día fueron del Islam.

Abd al-Rahman II despachó un poderoso ejército desde Zaragoza en mayo de este año, poniendo al frente al general Ubayd Allah Abu Marwan, un guerrero cuya fama de implacable le precede. Estas tropas sarracenas se unieron a los hombres de Aizón y Guillemó, formando una hueste formidable que se dirigió directamente hacia Barcelona.

El asedio de Barcelona durante este verano ha sido una de las operaciones militares más complejas que se recuerdan en la frontera. Ubayd Allah no se limitó a rodear las murallas, sino que estableció una red de campamentos y puntos de control en las montañas que circundan la ciudad, ocupando lugares como San Cugat del Vallés, Moncada y Ripollet, y vigilando los caminos desde la Sierra de Collserola. Se dice que los atacantes evitaron un asalto frontal sangriento porque esperaban que la población gótica de la ciudad, simpatizante de la causa de Bera, abriera las puertas de par en par.

Sin embargo, Bernardo de Septimania demostró ser un líder de gran firmeza. Durante sesenta días, los barceloneses soportaron el hambre y la incertidumbre bajo el sol abrasador del verano. A pesar de los contactos secretos que los rebeldes intentaron establecer con algunos ciudadanos, la complicidad esperada no se produjo. Quizás el temor a las represalias de Bernardo o la desconfianza hacia los aliados sarracenos de Aizón mantuvieron las murallas cerradas.

Fracasado el intento sobre Barcelona, el ejército de Ubayd Allah se desplazó hacia el norte para poner sitio a Gerona el diez de octubre de este año. Al igual que ocurrió en la ciudad condal, los muros de Gerona resistieron, pero el precio pagado por el territorio circundante ha sido atroz. Las crónicas hablan de campos quemados, monasterios saqueados y una desolación tal que el condado de Osona ha quedado prácticamente despoblado. La magnitud de la destrucción es tal que muchos dudan de que estas tierras vuelvan a ver el arado en muchas décadas, pues sus habitantes han huido hacia la seguridad de las montañas del norte o han perecido en la contienda.

Ante la noticia de que un gran ejército franco, comandado por Pipino I de Aquitania y los condes Hugo y Matfredo, se aproximaba finalmente para socorrer la Marca, Ubayd Allah decidió retirarse hacia Zaragoza a finales de año, llevándose consigo un inmenso botín y dejando a Aizón y Guillemó en una posición precaria. Ambos líderes rebeldes, comprendiendo que su causa estaba perdida por el momento, han abandonado sus castillos y se han refugiado en la corte de Córdoba, donde el emir los ha recibido con los honores debidos a quienes han servido a sus propósitos.

Las tribulaciones de Al-Ándalus: Mérida y el desafío de los muladíes

Mientras la guerra consumía el noreste, el emir Abd al-Rahman II tenía que lidiar con fuegos internos no menos peligrosos. La ciudad de Mérida, la antigua capital de la Lusitania romana y visigoda, ha vuelto a ser el epicentro de una rebelión contra la autoridad de Córdoba en este año de DCCCLXV.

La causa de este nuevo alzamiento reside en el descontento de los muladíes —cristianos convertidos al islam— y de los mozárabes, que ven cómo la administración emiral centraliza cada vez más el poder y aumenta los tributos para sufragar sus guerras y sus lujos en la capital. El líder de esta sedición era Marwan ben Yunus al-Yilliqi, un hombre de gran ascendencia sobre las gentes de la frontera.

Abd al-Rahman II, decidido a no permitir que Mérida se convirtiera en un estado independiente dentro de sus dominios, lanzó un ataque fulminante contra la ciudad. Las tropas emirales lograron penetrar en las defensas emeritenses y, en un enfrentamiento sangriento, dieron muerte a Marwan ben Yunus. No obstante, este cronista sabe por informantes que cruzan el Guadiana que la muerte del líder no ha traído la paz. La rebelión continúa latente, alimentada por el rencor y por la convicción de que Córdoba está lejos y no comprende las necesidades de los hombres de la frontera.


Persona insignis anni DCCCLXV in Hispania

Si hemos de destacar a un hombre cuya figura ha dominado el escenario político y militar de este año en la Península Ibérica, ese es, sin duda alguna, Bernardo de Septimania, conde de Barcelona, Gerona y Osona.

Bernardo no es solo un guerrero, sino el símbolo mismo del poder carolingio en nuestras tierras y el centro de todas las tormentas que han sacudido la Marca Hispánica. Nacido hacia el año ochocientos cuatro, es hijo de Guillermo de Tolosa, uno de los caballeros más ilustres de Carlomagno y fundador del monasterio de Gellone. Esta herencia de santidad y espada le otorga una legitimidad que él ha sabido explotar con gran ambición.

Las razones para considerarlo el personaje insigne de este año de la Era DCCCLXV son múltiples:

  1. Resiliencia ante la revuelta: Ha sabido mantener el control de las principales plazas fuertes frente a una insurrección que parecía incontenible. La defensa de Barcelona bajo su mando directo fue el clavo que detuvo la expansión de la rebelión de Aizón.
  2. Habilidad política: Ha sabido navegar entre las facciones de la nobleza gótica, logrando que ciudades con fuertes simpatías por el antiguo conde Bera no se entregaran a los enemigos. Su capacidad para pedir y obtener ayuda de la corte imperial, aunque esta llegara tarde, demuestra su influencia en Aquisgrán.
  3. Ascenso meteórico: A pesar de las acusaciones de tiranía y de la devastación de sus condados, su prestigio ha salido reforzado a los ojos del emperador Ludovico Pío. Se rumorea ya que su próximo destino podría ser la mismísima corte imperial, donde se le espera para ocupar cargos de la más alta responsabilidad, como el de tesorero o camarero mayor.
  4. Linaje y futuro: Su matrimonio con la noble Dhuoda en el año ochocientos veinte y cuatro en Aquisgrán ha consolidado una unión de poder que trasciende los Pirineos. Dhuoda es una mujer de gran piedad y cultura, y se dice que ya ha dado a Bernardo un hijo, Guillermo, nacido apenas hace un año, que está llamado a continuar la saga.

Sin embargo, la figura de Bernardo es también motivo de controversia. Su estilo de gobierno es descrito como despótico por muchos godos locales, y sus enemigos susurran que su ambición no conoce límites. Las quejas sobre su conducta han llegado incluso a las asambleas del imperio, pero por ahora, su éxito militar frente a Ubayd Allah y Aizón le mantiene en la cima del poder. Bernardo de Septimania es, en definitiva, el hombre que ha sostenido la frontera de la Cristiandad este año, pero también el que ha sembrado las semillas de futuros conflictos por su forma de entender la autoridad.


Res gestae memorabiles in cetero Orbe Terrarum

La invasión de Sicilia: una nueva frontera para el Islam

En el centro del mar Mediterráneo, la isla de Sicilia ha comenzado a vivir su hora más amarga. Lo que empezó como una disputa interna en la administración bizantina ha derivado en una invasión a gran escala que amenaza con arrebatar esta perla al Imperio de los Griegos.

El casus belli fue la rebelión de Eufemio de Siracusa, un comandante de la flota bizantina que, huyendo de la justicia imperial tras un asunto de faldas y poder, se refugió en Ifriqiya. Allí, ofreció la isla al emir aglabí Ziyadat Allah I a cambio de ser nombrado emperador bajo su protección. Tras intensas deliberaciones jurídicas en la corte de Kairuán sobre la licitud de romper el tratado de paz vigente con los cristianos, prevaleció la opinión del sabio juez Asad b. al-Furat, quien abogó por la yihad.

En el mes de junio de este año, una flota de cerca de cien naves desembarcó en el puerto de Mazara. Al mando de la expedición no iba un joven guerrero, sino el propio Asad b. al-Furat, un hombre de setenta años de edad que cambió los libros de leyes por la espada y la armadura.

Este acontecimiento es de una gravedad extrema para la Cristiandad, pues Sicilia no es solo una isla rica en grano y seda, sino la llave del comercio en el Mediterráneo y un bastión necesario para la defensa de las costas de Italia y de la propia Roma.

La sucesión en la Cátedra de San Pedro: un año de tres papas

En la Ciudad Eterna, el año ochocientos veinte y siete ha sido un tiempo de luto y de rápidas mudanzas en el solio pontificio. La Iglesia ha visto pasar a tres pastores en apenas unos meses, lo que ha generado una sensación de inestabilidad en todo el orbe cristiano.

Primero, el veintisiete de agosto, falleció el papa Eugenio II, quien había regido los destinos de la Iglesia desde el año ochocientos veinte y cuatro. Eugenio fue un hombre sencillo y humilde, muy querido por el pueblo romano, que le apodó “el padre de los pobres” por su constante ayuda a las viudas y huérfanos. Se le atribuye la creación de los seminarios y una importante reforma de los cánones que ha dado origen a la Curia tal como la conocemos.

Tras su muerte, el clero y el pueblo eligieron a Valentín, un hombre cuya bondad era célebre en toda Roma. Sin embargo, la voluntad divina dispuso que su mandato fuera de una brevedad desgarradora. Apenas unas semanas después de su elección, antes incluso de que muchos fieles en tierras lejanas supieran de su nombramiento, Valentín fue llamado a la presencia del Altísimo el diez de octubre.

Ante este vacío repentino, la elección recayó en el cardenal presbítero de la basílica de San Marcos, quien ha tomado el nombre de Gregorio IV. Gregorio es hijo de un patricio romano llamado Juan y un hombre de gran piedad y sabiduría. Se dice que inicialmente mostró una gran resistencia a aceptar el pontificado, teniendo que ser llevado por la fuerza desde la iglesia de San Cosme y San Damián hasta el palacio de Letrán.

Gregorio IV asume el cargo en un momento crítico. No solo debe lidiar con la amenaza de los piratas sarracenos que ya merodean por las costas de Italia tras el desembarco en Sicilia, sino que también debe arbitrar en las crecientes tensiones entre el emperador Ludovico Pío y sus hijos. Una de sus primeras decisiones ha sido planificar la fortificación del puerto de Ostia, al que piensa renombrar como Gregoriópolis, para asegurar la defensa de Roma frente a los invasores de ultramar.

Mudanza en las lagunas de Venecia: El ascenso de Giustiniano Participazio

En las marismas del Adriático, el año ochocientos veinte y siete ha visto un cambio de mando de gran relevancia en el Ducado de Venecia. Giustiniano Participazio ha asumido las funciones de dogo tras desplazar a su hermano menor Giovanni, a quien ha enviado al exilio en Zara, sucediendo así a su padre Agnello.

Este nuevo señor no ha tardado en actuar con decisión en el escenario mediterráneo. Atendiendo a la petición de auxilio del emperador bizantino Miguel II, Giustiniano ha despachado un contingente de naves venecianas para combatir a los sarracenos en la expedición de Sicilia, un hecho que ha servido para aumentar notablemente el prestigio de la ciudad de las lagunas. Asimismo, en este ciclo se ha consignado la fundación del monasterio de San Zacarias, obra que refuerza la piedad de su gobierno.

La expansión de los búlgaros y la caída del rey de Mercia

En las tierras del este de Europa, el Kan Omurtag, soberano de los búlgaros, ha lanzado este verano una ofensiva feroz hacia el occidente. Sus huestes han penetrado en Panonia, expulsando a los jefes locales y sometiendo a las tribus eslavas de la región. Bajo su yugo han caído ciudades tan principales como Belgrado y Sirmium, consolidando un poder que amenaza las fronteras de la propia Cristiandad oriental.

Por otro lado, desde las brumosas islas de Britania, los mensajeros traen noticias de batalla. Ludeca, rey de Mercia, ha hallado la muerte en el campo del honor combatiendo contra las gentes de Anglia Oriental. Tras su caída, un noble llamado Aethelstan se ha proclamado rey de Anglia Oriental, mientras que en Mercia ha ascendido al trono Wiglaf, tratando de recoger los restos de un reino herido.

El norte lejano: el nuevo rey de los daneses

Desde las frías tierras más allá del imperio franco, nos llegan noticias de mudanzas en los reinos de los hombres del norte. Se dice que este año ha comenzado el reinado de Horik I en Dinamarca. Este monarca, que ha unificado bajo su mando a diversas tribus de guerreros y navegantes, se presenta como un poder a tener en cuenta en el tablero de Europa.

Asesinato imperial en la China de los Tang

Desde las lejanas tierras de Oriente, allí donde nace el sol y las caravanas traen sedas y especias, nos ha llegado el rumor de un suceso atroz en el corazón de la dinastía Tang. El joven emperador Jingzong, cuyo nombre de pila era Li Zhan, ha sido asesinado en este año de Nuestro Señor.

Jingzong era un monarca de apenas diecisiete años, conocido más por su afición a los juegos, los festines y el polo que por la rectitud de su gobierno. Se cuenta que el nueve de enero de este año (según nuestra cuenta del tiempo), mientras el emperador se retiraba para cambiarse de ropa tras una noche de diversiones, un grupo de conspiradores formado por eunucos de su propio palacio —entre los que se nombran a Liu Keming y Tian Wucheng— apagaron las velas para sumir la estancia en sombras y le dieron muerte. Este acto de traición en el serrallo imperial ha llevado al trono a su hermano, el emperador Wenzong, en un clima de gran inestabilidad para aquel vasto imperio que, según dicen, es tan grande como toda nuestra Cristiandad.


Meae praedictiones pro anno proximo

Al cerrar este memorial de la Era de DCCCLXV (827 de la Encarnación), mi alma se siente agitada por la incertidumbre que los astros y los hechos terrenales parecen vaticinar para el año que viene. Las predicciones de este humilde cronista para el año ochocientos sesenta y seis de la Era son las siguientes:

En primer lugar, preveo que la retirada de Ubayd Allah de la Marca Hispánica no traerá una paz duradera. Aizón y Guillemó, ahora refugiados en Córdoba, serán tratados por el emir como armas en reserva, listos para ser lanzados de nuevo contra los Pirineos en cuanto Bernardo de Septimania muestre la más mínima debilidad. El conde Bernardo, por su parte, se verá envuelto en las intrigas de la corte de Aquisgrán, pues su éxito militar despertará la envidia de los grandes del imperio y, posiblemente, los celos de los hijos del emperador, lo que podría debilitar la defensa de nuestra frontera.

En el reino de Asturias, Alfonso II continuará su labor silenciosa de consolidación, pero temo que las razzias cordobesas se intensifiquen el próximo año como represalia por cualquier apoyo, por pequeño que sea, que el rey asturiano preste a los rebeldes muladíes de Mérida. Mérida, a pesar de la muerte de Marwan, volverá a alzarse en armas, pues la semilla de la libertad es difícil de arrancar una vez que ha brotado en una ciudad de tan antiguo linaje.

Finalmente, ruego al Altísimo por el papa Gregorio IV, pues el peso que ha caído sobre sus hombros es inmenso. El año próximo deberá demostrar si su sabiduría es suficiente para mediar en las discordias de la familia imperial carolingia, pues de la unidad de los francos depende la seguridad de todos los reinos cristianos frente al avance sarraceno. Que la Gracia de Dios nos acompañe en los días que han de venir, pues los tiempos son difíciles y la fe es nuestro único refugio seguro.