En el año 882, las tropas omeyas al mando del príncipe al-Mundir y del general Hashim ben ‘Abd al-Aziz, tras someter la rebelión de Ismail ben Musà, invadieron Álava y atacan Cellorigo. La fortaleza de Cellorigo estaba defendida por Vela Jiménez, conde de Álava, y no pudo ser tomada por los cordobeses tras un combate en el que ambos bandos sufrieron numerosas bajas.

Tras este intento, los omeyas se dirigieron a Pancorbo, castillo defendido por el conde castellano Diego Rodríguez, que, tras tres días de asedio, tampoco pudo ser tomado. Prosiguieron entonces hasta llegar a Castrojeriz, que estaba siendo fortificada por el conde Munio Núñez, pero que éste dejó desierta. Al año siguiente hubo otro intento de conquistar Cellorigo.

Esta batalla es narrada por la Crónica Albeldense XV.13:

«En el reinado de dicho príncipe (Alfonso III), en la era 920 (año 882), el ya nombrado Almundir, hijo del rey Mohamed, enviado por su padre, con el general Abuhalit y con 80 000 del ejército de España, partiendo de Córdoba marchó contra Zaragoza, donde estaba Ismail ben Musà, enemigo de los cordobeses. Cuando la hueste llegó a Zaragoza, allí luchó veintidós días, pero no logró victoria alguna. Partiendo de allí luchó contra la plaza de Tudela, que tenía Fortún ben Musà, pero tampoco allí logró nada. Entonces Ababdella, que es el mismo que Mohamed ben Lubb, el cual siempre había sido nuestro amigo, al igual que su padre, por odio a sus tíos, a quienes el rey Ordoño había dado su hijo a criar, hizo la paz con los cordobeses y envió sus fuerzas a la hueste de ellos. Y así, entrando las huestes de los musulmanes en los confines de nuestro reino, primero lucharon contra la plaza de Cellorigo y nada consiguieron, pero perdieron allí a muchos de los suyos. Esa misma hueste, llegando también al extremo de Castilla, al castillo que se llama Pancorbo, luchó por tres días y no consiguió victoria alguna, sino que a muchos de los suyos perdió por venganza de la espada. Diego, hijo de Rodrigo, era conde en Castilla. También Munio, hijo de Nuño, dejó desierto Castrojeriz ante la llegada de los sarracenos, porque todavía no estaba fuertemente guarnecido. »