Según la tradición, reina consorte de Pamplona. Esposa de Íñigo Arista, primer rey de Pamplona

Onneca, Enneca o Íñiga, supuestamente es hija de Velasco, gobernador de Pamplona. Supuestamente Velasco fue el cabecilla de la rebelión profranca que en el 799 asesinó al ¿valí musulmán? Mutarrif ben Musa, ¿de la familia Banu Qasí?. Con el apoyo franco, Velasco se mantuvo como gobernador hasta el año de su muerte en el 816.

Íñigo Arista, emparentado con los Banu Qasí, pues era hermanastro de Musà ben Musà, se convirtió en el líder de la facción pamplonesa que no quería ser dominada por los francos. En el 824 una coalición de los Banu Qasí y el conde de Aragón García el Malo apoyaron a Íñigo Arista contra la incursión de los francos mandados por los condes Eblo y Aznar, quienes fueron derrotados. Desde ese momento Íñigo se convertirá en rey de Pamplona. El matrimonio con Onneca Velázquez serviría para unir las dos facciones pamplonesas.

Descendencia

Íñigo Arista y su esposa tuvieron la siguiente descendencia:

 

Historicidad de la esposa de Íñigo Arista: su relación con el monasterio de Leire y las reliquias de Nunila y Alodia

No es posible atestiguar con certeza la existencia de la reina Oneca . Ninguna crónica o documento de la Alta Edad Media más o menos fiable menciona el nombre de la esposa del primer rey de Pamplona. Las Genealogías del Códice de Roda silencian su nombre. La única cita, aunque poco fiable, procede de una versión de un documento interpolado del monasterio de Leire. Se trata de una donación de Íñigo Arista y de Guillesindo, obispo de Pamplona, a dicho monasterio. El documento está fechado el 18 de abril del año 842. En dos de sus copias (Becerro antiguo de Leyre, copiado en el siglo XIII y Becerro menor de Leyre) aparece en el documento iubente regina Oneca, donde Oneca está escrito por otra mano¹.

Por otro lado, en las menciones posteriores no se especifica de dónde procede la información. E incluso se dan varios nombres además de Oneca, como Jimena o Thiuda / Toda. Su aparición ocurre siempre en relación a la llegada de las reliquias de las mártires Nunila y Alodia al monasterio de San Salvador de Leire, como veremos más abajo. Francisco Diego de Aynsa y de Iriarte en su Fundación, excelencias, grandezas y cosas memorables de la antiquísima ciudad de Huesca (1619) dice que sus reliquias fueron halladas por «orden del Rey Íñigo Arista y de la Reyna doña Onça, Eneca o Reuda su muger…»².  

Igualmente Juan Briz Martínez en su Historia de la fundación y antigüedades de San Juan de la Peña y de los reyes de Sobrarve, Aragón y Navarra (1620) dice sobre las reliquias: «Al monasterio de Leyre, obra propia de Arista, trasladó éste Príncipe, por particular devoción de su muger doña Eneca, los cuerpos de las santas mártires Ninulla y Alodia, desde la ciudad de Huesca, en Aragón, donde avian sido martirizadas por los moros, y echadas en un poço…»³

Las primeras noticias que se tienen del monasterio de San Salvador de Leire se remontan al siglo IX. En el año 848 San Eulogio realizó un viaje por la zona pirenaica, recalando durante un tiempo en el monasterio de Leire. Tres años después, desde su cautiverio en Córdoba, escribió una carta al obispo pamplonés Guillesindo alabando el monasterio y a su abad Fortunio. El monasterio, en esta primera época, no era muy grande pero tenía una rica biblioteca, llegando a albergar obras clásicas. Un hecho determinante para acrecentar la influencia del monasterio en la zona fue el traslado a sus instalaciones de las reliquias de las santas mártires Nunilo y Alodia, supuestamente martirizadas en Huesca a mediados del siglo IX. Sus reliquias fueron trasladadas al monasterio de Leire, para unos por el propio Íñigo Arista y para otros por su hijo García Íñiguez.

Según la tradición, en Adahuesca, cerca de Alquézar, nacen en el siglo IX dos niñas, llamadas Nunila y Alodia. Su padre era musulmán y su madre cristiana. Cuando su padre muere, la madre las educa en la fe cristiana. Sin embargo al morir ella, las niñas quedan bajo la tutela de un hermanastro de su padre quien intenta convertirlas al Islam. Su tío las denuncia ante el juez Jalaf de Alquézar. Las jóvenes son torturadas, separadas y encarceladas pero nunca renegaron de su fe cristiana. Por ello el gobernador de Huesca, vicario del emir de Córdoba Abderraman II, las condena a muerte. Su actitud ante la muerte fue de tal serenidad que incluso antes de cortarles la cabeza se levantaron su cabellera para facilitar el trabajo al verdugo. Tras la decapitación entierran sus cuerpos en una tumba, de la cual sale una luz especial. Las autoridades musulmanas ordenaron arrojar sus cuerpos a un pozo, pero esa luz les sigue.

Un nombre distinto para la esposa de Íñigo Arista, y un contexto diferente, lo proporciona Esteban de Garibay, historiador del siglo XVI, que dice que la esposa de Íñigo Arista se llamaba Toda y era  hija de Zeno, primer señor de Vizcaya. Por otro lado, en el Necrologio del monasterio de Leire, donde se encuentra parte del panteón real navarro, aparece una tal Jimena como esposa de Íñigo Arista.

La tradición se siguió manteniendo y elaborando con el paso del tiempo. Ya en el siglo XVIII, Fray José Moret, en sus Anales del Reino de Navarra (1766), habla así de la reina Oneca en el Libro VI, cap. III:

«El Rey Don Íñigo tuvo por Muger à la Reyna Doña Oneca, à la qual el Breviario de Leyre llama procreada de nobilismo Linage de los de Pamplona, hora quisiese dar à entender no era forastera, y venida de fuera del Reyno, que llamaban de Pamplona, para el matrimonio, hora que era natural de la Ciudad, y de alguna Familia muy ilustre de ella.

Era la Reyna, como allí mismo se vè, criada desde la menor edad en mucha virtud, y perfeccion. Tenia particularisima devocion al Monasterio de San Salvador de Leyre; por saber, que sus Antepasados le havian erigido, y dotado de sus rentas. Retiróse à èl la Quaresma del año 842, a passarla en exercicios santos. Y ocupada en ellos y en la lección de Libros piadosos, encontró con la memoria y relación del Martyrio de las Santas [Nunio y Alodia]. Enterneciendosele el corazon con los exemplos de èl, se encendiò en gran devociòn con las Santas y un vehemente deseo de traer a su Tierra sus Sagrados Cuerpos, yà que Huesca caìa no tan distante de las Tierras de la Provincia de Aragón, que señoreaba el Rey. »

Continua el relato, protagonizado por la reina Eneca. Encarga a don Fortuño, abad de Leire, encontrar el lugar exacto donde estaban los cuerpos de las mártires. Tras varias pesquisas, un cristiano llamado Auriato les informa de que se hallan en una poza en Huesca. La reina ordena que Auriato vaya a Huesca. Le viste como un mercader y logra encontrar las ansiadas reliquias.

 


  1. Así lo describe Antonio Ubieto Arteta en su edición de Documentos Reales navarro-aragoneses hasta el año 1004, Textos Medievales, 78, Ed. Anubar, Zaragoza, 1986. pp. 17-19. El documento está fechado antes de que murieran las mártires (en torno al 848/851), por lo que no es muy fiable tal y como nos ha llegado hoy en día.
  2. Francisco Diego de Aynsa y de Iriarte: Fundación, excelencias, grandezas y cosas memorables de la antiquísima ciudad de Huesca de Francisco (1619)
  3. Juan Briz Martínez: Historia de la fundación y antigüedades de San Juan de la Peña y de los reyes de Sobrarve, Aragón y Navarra (1620)
  4. José Moret: Anales del Reino de Navarra (1766), pp. 275-276.