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A vueltas con el regicidio zamorano: el factor Ansúrez

por Javier Iglesia Aparicio
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Firma de Pedro Ansúrez

Colaboración de Raúl César Cancio Fernández

La muerte de Sancho II ante las murallas de Zamora en el mes de octubre de 1072, inevitablemente contaminada por todo tipo de conjeturas apócrifas cuando no claramente indocumentadas, ha estado tradicionalmente envuelta en un halo de épica y leyenda lo cual no es óbice para proponer, desde un análisis crítico de las fuentes y de la lógica política del momento, una hipótesis alternativa a la versión canónica relativa a la radicación física en aquel momento de los principales protagonistas de la trama.

Partamos de algunas certezas. Las victorias de Sancho sobre su hermano Alfonso en las campas de Llantada y Golpejera se escenificaron en territorios que en ese momento se encontraban bajo la influencia de los Banu-Gómez, linaje por entonces liderado por el influente conde de Carrión Pedro Ansúrez, sin duda, el principal y favorito vasallo de Alfonso.

Genealogía de los Banu Gómez
Genealogía de los Banu Gómez

En segundo lugar, las referidas victorias otorgaron al primogénito de Fernando I una incontestable potestas en tierras leonesas, pero carente de la necesaria autoritas, al no contar con el respaldo de la aristocracia laica de la que los Banu-Gómez eran pieza estructural, junto con los Flaínez y los Alfonso.

En ese contexto, la crónica najerense sostiene expresamente que al rey exiliado le acompañó en su destierro Pedro Ansúrez, cabeza de los Banu-Gómez, a quien Lucas de Tuy y Jiménez de Rada añaden en la comitiva a sus hermanos Fernando y Gonzalo, apoderados por la infanta Urraca para proteger a su hermano.

Las fuentes cronísticas tardías (las citadas najerense, Chronico Mundi de Tuy, así como Silense, Chronicon regum Legionensium, Roderici y Primera Crónica general de Alfonso X) coinciden en que tras la derrota de Golpejera, el apresamiento en Santa María de Carrión y el breve cautiverio en Burgos, Alfonso, merced a la intercesión de su hermana Urraca y del abad Hugo de Cluny, se exilió a la taifa de Toledo, siendo allí acogido por el rey Al-Mamún en el Palacio de Galiana, situando al soberano depuesto y a sus fideles en la ciudad del Tajo durante el asedio a Zamora, regresando después de la muerte de su hermano para ser jurado rey, con todo el ulterior relato justificativo y radicalmente falso de Santa Gadea.

Ahora bien, no es impertinente ponderar la posibilidad de que tanto Alfonso como los magnates leoneses que con toda certeza le acompañaron en su ostracismo toledano, no estuvieran en la ciudad taifal durante los hechos zamoranos, sino ocultos en la propia localidad duriense, protegido por su hermana Urraca y por ese grupo de nobles fieles encabezados por Pedro Ansúrez. Esta hipótesis, aunque no afirmada explícitamente por las crónicas, adquiere una apreciable verosimilitud cuando se examinan ciertos indicios convergentes que pasamos a examinar a continuación.

Detengámonos en la asombrosa celeridad con que Alfonso asumió el poder regio tras la muerte de Sancho II, lo que constituye el primer indicio razonable de que el rey pudiera no haber estado en Toledo cuando falleció su hermano. Las crónicas refieren que, apenas muerto Sancho, Alfonso regresó y fue proclamado rey en León sin oposición. Sin embargo, el trayecto desde Toledo requería al menos seis jornadas, teniendo en cuenta que la logística de un retorno desde territorio musulmán no podía improvisarse. La inmediatez con que aparece en León sugiere que no estaba tan lejos como se ha supuesto, y que su presencia en Zamora —oculto y protegido— explicaría mejor la fluidez de los acontecimientos. Si Alfonso se encontraba ya en la ciudad sitiada, la transición del poder tras la muerte de Sancho se vuelve súbitamente comprensible, pues bastaba con que la nobleza leonesa, ya predispuesta a su causa, lo reconociera de inmediato.

Puerta de doña Urraca de la muralla de Zamora
Puerta de doña Urraca de la muralla de Zamora

La lógica geográfica y política refuerza esta interpretación. Si Alfonso aspiraba a recuperar el trono leonés, Zamora era una plataforma incomparablemente mejor que Toledo. La ciudad se hallaba a escasa distancia de León, en una zona donde la nobleza leonesa conservaba fuerza y donde Urraca ejercía un señorío efectivo. Toledo, en cambio, era un refugio lejano y políticamente ajeno. La presencia de Alfonso en Zamora, oculta pero activa, permitiría coordinar apoyos, mantener contacto con la nobleza leonesa y preparar su retorno, como así fue.

Desde esta perspectiva, cobra aún mayor sentido el razonamiento de Menéndez Pidal, al considerar muy probable que el más preciado vasallo del rey depuesto, una vez garantizada la seguridad de su señor en Toledo, hubiera partido con sus hermanos y resto de milites hacia Zamora para llevar a cabo todos los preparativos necesarios para que la rebelión formalmente encabezada por Urraca cuajase. Es por tanto verosímil que, una vez organizada la subversión por los Banu-Gómez y otros linajes de la aristocracia leonesa, Alfonso se trasladara a Zamora para encabezar personalmente el golpe. Naturalmente, esta posibilidad fue sistemáticamente negada por las fuentes cronísticas posteriores, pues de otra manera, se estaría admitiendo, en contra de la historiografía tradicional y legendaria, que Alfonso estuvo desde el primer minuto tras el asesinato de su hermano.

Fotograma de la película El Cid Campeador (1961)

Este punto enlaza con la poco explicada presencia personal del rey Sancho II en Zamora con el pretendido objeto de reprimir la rebeldía de su hermana y, como se sostuvo, un puñado de adláteres. La extrañeza que rodea la presencia personal de Sancho II en el cerco de Zamora no reside tanto en el hecho de que un rey reprimiera una sublevación nobiliaria o fraterna, sino en la desproporción entre los medios desplegados y el objeto de la empresa, como bien apunta Andrés Barón en su
monografía esencial sobre el conde de Carrión. Zamora, en pleno siglo XI, era una plaza fronteriza de mediana entidad dentro del reino leonés, lejos de la centralidad política, económica o demográfica de ciudades como León, Astorga, Oviedo o Burgos en el ámbito castellano. No contaba con la infraestructura defensiva ni con la guarnición que cabría esperar para justificar la movilización de todo un soberano al frente de su hueste, en persona, durante semanas.

Urraca Fernández, hija de Fernando I y Sancha de León. Miniatura del Tumbo A de Santiago de Compostela
Urraca Fernández, hija de Fernando I y Sancha de León. Miniatura del Tumbo A de Santiago de Compostela

Esta circunstancia resulta tanto más llamativa si se considera que el conflicto enfrentaba a Sancho II no contra un poder exterior, musulmán o extranjero, sino contra su propia hermana, que gobernaba la ciudad como parte del reparto testamentario de Fernando I. Que un rey castellano-leonés decidiera personarse al frente de sus mesnadas para sitiar una plaza defendida, según las crónicas, por una guarnición escasa y mal pertrechada sugiere que, o bien el verdadero objetivo del cerco no era estrictamente militar, sino simbólico y dinástico al representar Zamora la penúltima pieza del reparto paterno que Sancho aún no controlaba (Toro, en manos de Elvira, se mostraba menos levantisco que Zamora) o, como segunda hipótesis, y dado que los reyes medievales no solían exponerse en asedios prolongados salvo que el objetivo tuviera un valor estratégico o simbólico excepcional, cabe considerar que Sancho conociera quien se refugiaba en realidad tras las murallas zamoranas, un núcleo de poder capaz de desafiar su autoridad. La hipótesis de que Alfonso VI estuviera allí escondido convierte la conducta de Sancho en un acto de necesidad política, la de capturar o eliminar a su hermano y a sus más cercanos colaboradores de la aristocracia local, empezando por el conde Pedro Ansúrez, lo que resultaba imprescindible para consolidar su dominio sobre León.

La paradoja se acentúa si atendemos a la asimetría de fuerzas. Las crónicas y la tradición épica posterior insisten en la fragilidad defensiva de la ciudad, cuya guarnición se describe como insuficiente frente al potencial militar que Sancho II podía movilizar tras haber sometido ya a sus otros dos hermanos varones. Si la victoria militar era previsible y casi descontada, la presencia personal del rey no se explica por una necesidad táctica, y sí por la estancia no sólo de Urraca y de un puñado de magnates afectos, sino del hermano que debería estar en Toledo exiliado y de gran parte de su curia regia.

En cuanto a la borrosa figura de Vellite Adaúlfiz como presunto regicida, adquiere un valor indiciario notable. La documentación del reino de León lo registra con su nombre real y lo sitúa en el círculo aristocrático más próximo a Fernando I y Sancha, lo que lo convierte en un personaje de alta relevancia política.

Por añadidura, su matrimonio con doña María lo vincula por parentesco con los Beni-Gómez y los Alfonso, de cuyo linaje procedía Eilo, la esposa del conde Pedro. No se trata por tanto de un noble marginal, sino de un miembro plenamente integrado en la aristocracia laica que rodeaba a los hijos de Fernando I. Su presencia documentada en la Tierra de Campos y la de sus descendientes en Zamora y Campo de Toro, demuestra que su familia formaba parte del entramado nobiliario que sostenía la resistencia zamorana frente a Sancho II.

Más aún, uno de sus hijos, Pelayo Vellítiz, antes del cerco zamorano ya gobernaba la villa de Golpejones (Zamora) como delegado de Alfonso VI, siéndole después entregado por el rey en 1077 el castillo de La Atalaya (Cáceres). También fue mayordomo del conquistador de Toledo entre los años 1079 y 1086, incluso desempeñó el puesto de gobernador de Zamora y Coria en 1090, sustituyendo al propio Pedro Ansúrez. Hijo de aquel Pelayo, Fernando Peláiz, El Tuerto, fue señor de Castrillino en el año 1088 (pedanía de Villaquilambre, León).

Esta continuidad en cargos de alta responsabilidad, tanto del presunto magnicida como de su descendencia, revela una fidelidad familiar prolongada hacia Alfonso VI, difícilmente explicable si los Vellítiz no hubieran desempeñado un papel relevante en los acontecimientos de 1072 merced a su proximidad con la aristocracia conspiradora en la Zamora asediada. La presencia de Vellite Adaúlfiz y de su linaje en Zamora durante estos años refuerza la hipótesis de que Pedro Ansúrez estuviese en la ciudad moviendo los hilos de la rebelión. La estrecha y documentada relación entre ambas familias, sugiere que si los Vellítiz estaban en Zamora y si su hijo Pelayo alcanzó después cargos tan relevantes bajo Alfonso VI, Pedro Ansúrez, figura de mayor rango y principal consejero del rey, también estuviera implicado directamente en la defensa de la ciudad y en el atentado real. Una presencia que explicaría la resistencia organizada de Zamora, la cohesión de la nobleza local y, sobre todo, la malhadada decisión de Sancho II de acudir personalmente a dirigir el asedio.

Cartel de la Puerta de la Lealtad de la muralla de Zamora
Cartel de la Puerta de la Lealtad de la muralla de Zamora

Finalmente, y como ya se ha avanzado, la concesión en 1084 de la tenencia de Zamora y Toro a Pedro Ansúrez adquiere un significado especial a la luz de estos hechos. Repárese que no se trata de territorios vinculados al ámbito natural de los Banu -Gómez, sino de enclaves estratégicos en la frontera occidental. Que Alfonso VI otorgara estas ciudades a Ansúrez más de una década después del asedio sugiere un reconocimiento de servicios prestados en un contexto especialmente delicado.

A todo ello habría que adicionar que estas consideraciones reales no se limitaron al conde de Carrión, pues a su medio hermano Diego le fue reconocida dignidad condal en 1077, entregándole el gobierno del condado de Astorga y las tenencias de Cervera de Pisuerga y San Román de Entrepeñas; a su hermano Gonzalo el cargo de alférez del rey en 1071 y las tenencias de Liébana y Villescusa en 1075 y 1116, respectivamente y a su hijo Fernando Pérez la tenencia de Valle de Santullán en ese mismo año.

Si Pedro Ansúrez -y su parentela- desempeñó un papel crucial en la protección del rey durante el asedio —quizá incluso ocultándolo dentro de la ciudad—, la concesión de estas tenencias y cargos se convierte en un acto de gratitud política plenamente coherente y no exenta de un profundo simbolismo.

Gritos dan en el real:
Que a don Sancho han mal herido
Muerto le ha Bellido Dolfos,
gran traición ha cometido.
Desque le tuviera muerto,
metiose por un postigo;
por las calle de Zamora
va dando voces y gritos:
—Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido.
Sepulcro de Sancho II en el monasterio de San Salvador de Oña
Sepulcro de Sancho II en el monasterio de San Salvador de Oña

por las calle de Zamora

va dando voces y gritos:

—Tiempo era, doña Urraca,

de cumplir lo prometido.

El Autor

RAÚL C. CANCIO FERNÁNDEZ (Madrid, 1970). Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos. Miembro por oposición del Cuerpo Superior Jurídico de Letrados de la Administración de Justicia, desde el año 2003 está adscrito al Gabinete Técnico del Tribunal Supremo como Letrado del mismo, destino que compatibiliza con las funciones de analista en el Equipo de Análisis Jurisprudencial del CGPJ, Relator de jurisprudencia en la delegación española de la Asociación de Consejos de Estado y Jurisdicciones Supremas Administrativas de la Unión Europea y Observador Independiente del European Law Institute.

En julio de 2013 fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Aranzadi Editorial, del panel de expertos de la Cátedra Paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza y del portal divulgativo queaprendemoshoy.com, cuenta con una docena de libros editados como autor único, más veinte colectivos, y más de trescientos artículos publicados en revistas especializadas.

En cuanto a su labor docente, imparte anualmente el Practicum de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Carlos III, es Profesor Tutor del Máster de acceso a la Abogacía de la UNED, siendo ponente habitual en cursos y conferencias desarrolladas en el marco del Centro de Estudios Jurídicos de la Administración de Justicia.

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