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El magnicidio fundacional en la Corona de Castilla: Del crimen leonés a los fratricidios regios de Zamora y Montiel

por Javier Iglesia Aparicio
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Panteón condal y real del monasterio de Oña

Toda la fraternidad de la que hayan sido capaces los seres humanos ha resultado del fratricidio. Toda organización política que hayan podido construir los hombres tiene su origen en el crimen

Sobre la revolución, Hannah Arandt (1963)

Colaboración de Raúl César Cancio Fernández

Ni de los antecedentes visigodos, ni de las coetáneas dinastías europeas o peninsulares – con la excepción, si acaso, del reino leonés–, ni de los atribulados sucesores de San Pedro, podría aventurarse que, a la postre, únicamente dos titulares de la corona de Castilla, vieran su mandato interrumpido de forma violenta, atendiendo, insistimos, al extendido pretexto y contexto regicida en los linajes referidos.

Nada menos que diecisiete de los treinta y tres reyes godos fueron asesinados, en un furor criminal verdaderamente inigualable. El primer monarca aragonés, Ramiro I, murió lanceado a las puertas de la localidad oscense de Graus, y dos de sus sucesores en el trono barrado, Sancho I Ramírez y Pedro II, cayeron asimismo en combate. Más luctuoso fue aún el saldo en el reino najerense desde que García III perdiera la vida en el campo de batalla de Atapuerca en 1054, a quien se unieron en su violento fin el citado Sancho Ramírez, rey también en Pamplona entre 1076 y 1094, asaeteado mientras cercaba Huesca, y los monarcas borbones que reinaron en Navarra: Enrique IV, acuchillado mortalmente por François Ravaillac en la rue de la Ferronnerie parisiense el 14 de mayo de 1610 y, cómo no, Luis XVI, guillotinado en la Plaza de la Concordia el 21 de enero de 1793. Para cerrar este repaso de los regicidios en los reinos hispanos, ya se indicaba al inicio de estas líneas que la dinastía astur-leonesa sólo hubo que lamentar la muerte de Alfonso V durante el sitio de Viseu en 1028 y, desde luego, el trascendental y parental desenlace que acabó con la vida de Vermudo III en los campos de Tamarón apenas diez años después.

En cuanto a las monarquías inglesa-británica y francesa, como se anticipó, la tasa de reyes y monarcas fallecidos violentamente es también muy superior al panorama castellano. En la corona insular, desde el magnicidio de Edmundo I en Pucklenchurch el 26 de mayo de 946, hasta la decapitación de Carlos I el 30 de enero de 1649 a las puertas de la Banqueting House londinense, al menos ocho monarcas de Casas tan diversas como Wessex, Normandía, Plantagenet, Lancaster, York o Estuardo, acabaron abruptamente sus reinados, incluso, la factual Reina de los Nueve Días, Jane Grey, que terminó sus horas descabezada en la siniestra Torre Verde de Londres.

Ya se han hecho referencia anteriormente tanto del magnicidio de Enrique IV como del icónico ajusticiamiento de Luis XVI de Francia, pero antes, Roberto I de Anjou cayó muerto en la batalla de Soissons de 923; Carlos III El Simple pereció en su cautiverio de Pèronne seis años después y, finalmente, Carlos VIII y Enrique II perdieron la vida estúpidamente, el primero, mientras asistía a un jeu de paume en el castillo de Amboise, al golpearse en la cabeza con el dintel del foso, y el segundo, durante un torneo celebrado con motivo de la boda de su hija Isabel con Felipe II de España, a causa de las heridas producidas por la lanza que se le clavó en el ojo.

 Y, en fin, desde que el papa Silverio muriera de inanición en el año 537 por orden de la emperatriz Teodora, al menos diez Vicarios de Cristo fueron asesinados durante su mandato, siendo el último de ellos Pío VI, apresado por las tropas napoleónicas el 20 de febrero de 1798 y fallecido una año y medio después en Valence-sur-Rhône, tras un extenuante periplo por los Alpes en calidad de prisionero de Estado.

Pues bien, si dejamos de lado los dos accidentes mortales que sufrieron, en primer lugar, el joven Enrique I de Castilla en el palacio episcopal de Palencia, cuando su compañero de juegos Íñigo de Mendoza arrojó un tejuelo que fue a herir al niño Enrique en la cabeza y, dos siglos después, Juan I, al caer de su caballo en los campos recién arados de Alcalá de Henares y, finalmente, la singular muerte que se llevó por delante al abuelo de Juan I, devorado por la Peste negra en el Campo de Gibraltar, llama la atención que en más de once siglos de monarquía castellano-española, sólo Sancho II y Pedro I perdieran la corona occisus est.

Ahora bien, también debería enfatizarse que esta encomiable escasez de regicidios en el trono castellano no enerva que la propia institución monárquica castellana esconde en su origen un magnicidio germinal. En efecto, el asesinato del joven conde de Castilla García Sánchez en las escaleras del Palacio Real de León, cuando se disponía a conocer a la que iba a ser su esposa, la infanta Sancha, hija del Alfonso V muerto en Viseu del que hablamos antes, supuso un giro radical en el devenir político del condado, al hacerse con el control condal el cuñado del finado, el poderoso Sancho Garcés de Navarra, por razón del derecho de su esposa, Muniadona, hermana del conde acuchillado. Aunque el control político lo ejerció el monarca pamplonés, la titularidad formal del condado recayó en su segundogénito Fernando, último conde castellano antes que ese territorio tornara en reino en la persona de su tercer hijo y primer varón, Sancho, primer rey de Castilla.

Como es por todos sabido, la desaparición del rey Fernando de León acarreó la fragmentación del viejo reino conforme a los usos navarros, es decir, tomando el reino como res patrimonial, recibiendo Sancho la porción castellana con título de soberano, junto a las Asturias de Santillana y las antiguas tierras de los Banu Gómez: Liébana, Monzón, Saldaña y Carrión de los Condes, a lo que se adicionaban los derechos sucesorios en Navarra, así como las parias de Zaragoza. A su hermano Alfonso le correspondió en la hijuela el reino de León y las parias toledanas, mientras que, al más joven de los varones, García, se le adjudicó Galicia con el condado de Portugal y los tributos de Badajoz y Sevilla. Las dos hijas del desaparecido Fernando I recibieron sendos infantazgos además de los territorios de Zamora para Urraca y Toro para Elvira.

Sancho nunca quedó conforme con el reparto testamental, aunque esperó a la muerte de su madre, doña Sancha, acaecida el 7 de noviembre de 1067, para desplegar sus planes de reunificación del patrimonio disgregado que, por cierto, había jurado respetar. Así, un año después del fallecimiento de su madre, se produce el primer enfrentamiento entre Sancho y Alfonso en Melgar de Fernamental, y en 1071, el impulsivo primogénito arremete contra su hermano García en Santarem, con la aquiescencia de Alfonso, quien le franqueó el paso por tierras leonesas sin impedimento alguno. Como resultado de esta intervención, el castellano despojó a su hermano pequeño de Galicia, le encerró en el castillo de Burgos y, después de ofrecerle rehenes y rendirle vasallaje, le permitió partir a la taifa de Sevilla. A comienzos de mayo de 1071 Sancho y su exótica esposa Alberta se intitularon en los diplomas reyes de Castilla y Galicia y en noviembre de ese mismo año, el reparto de los despojos territoriales de García se había formalizado entre los hermanos mayores, pues ambos se denominaban en los documentos Sancho, soberano de Castilla y Galicia y Alfonso, de León y Galicia.

Esta partición entre el castellano y el leonés del lote hereditario de García no impidió que en 1068 las mesnadas castellanas y leonesas convergieran primero en Llantada y cuatro años después en Golpejera donde, aunque el triunfo en un principio cayó del lado del segundogénito, Sancho reorganizó sus tropas, contratacando de noche y capturando al propio Alfonso, que se había acogido a sagrado en la iglesia de Santa María de Carrión. Mientras Alfonso era conducido preso a Burgos, Sancho se autocoronó en León el 12 de enero de 1072, ante la negativa del obispo leonés y la firme hostilidad del alto clero y de la nobleza, fieles a su vencido soberano. Esta abierta confrontación con la nobleza leonesa tuvo un particular foco en torno a la estirpe de los Banu Gómez-Ansúrez, en cuyas tierras no sólo se rechazó la presencia de Sancho sino, también, se redactaron algunos diplomas con el nombre de Alfonso asociado a la dignidad real de la que su hermano le acababa de privar. A ello, además, hay que añadir la presencia en Toledo, junto al leonés allí exiliado, del conde Pedro Ansúrez, a la sazón jefe de este clan familiar.

No obstante, es en Zamora, recuérdese, plaza bajo jurisdicción de la infanta Urraca, donde se refugian muchos nobles leoneses enemistados con Sancho o no dispuestos a obedecer sus órdenes como nuevo señor de León. Sancho no podía tolerar la sublevación de la estratégica ciudad ribereña, y desde Burgos traslada sus huestes para someterla. Más allá de leyendas, cantares de gesta y romances, puede decirse que, durante el cerco de Zamora, un caballero llamado Vellido Adaúlfiz, vinculado por parentesco con Pedro Ansúrez y los Banu Gómez, fingió desertar y pasarse al servicio del castellano, con quien revisó las defensas que asediaban Zamora el 7 de octubre de 1072. Aprovechando un descuido del rey (tampoco consta la extendida naturaleza escatológica del mismo), le dio muerte y huyó a la ciudad, donde parece ser que fue acogido, pues se documenta su existencia años después del magnicidio. Mientras el ejército castellano se replegaba con el cadáver de su monarca, que había fallecido sin descendencia de su matrimonio con Alberta, Alfonso fue informado en Toledo de estos sucesos y, sin oposición, recibió el Reino reunificado por Sancho, quien fue inhumado, conforme a sus propios deseos, en el Monasterio de Oña, tan vinculado a la casa condal castellana.

Si bien este regicidio no supuso, de manera directa, ningún cambio en la dinastía reinante en Castilla, la Jimena, aun cuando indirectamente supuso la llegada de la Casa de Borgoña al trono castellano, el segundo crimen de laesa maiestatis que sufrió un soberano de Castilla sí generó, por el contrario, la inmediata sustitución de los borgoñeses por los Trastámaras, con la extraordinaria singularidad de que, por añadidura, las crónicas nos cuentan que la mano asesina no fue interpuesta, sino que el mismo que empuñó la daga fraticida fue el que se ciñó a continuación la corona real.

Pero retrocedamos en el tiempo para comprender cabalmente este crimen. Si la patrimonial distribución testamentaria del Rey Fernando fue el origen del fatal desenlace en las murallas zamoranas en el siglo XI, las veleidades sexuales de Alfonso XI fueron el germen de este otro, fruto de una querella político-familiar que arrastró a Pedro I y a Enrique de Trastámara, hijos ambos del rey Alfonso y de María de Portugal y de Leonor de Guzmán, respectivamente, al enfrentamiento final en la localidad de Montiel, tras años de guerra civil entre el legítimo rey y los bastardos de Alfonso El Justiciero.

Enrique de Trastámara asesina a Pedro I de Castilla y León. Jean Froissart, Chroniques (Vol. I), c. 1410

La versión transmitida por el cronista López de Ayala, indica que el Trastámara, cuando supo que tenía frente a sí a su hermanastro en aquella tienda de campaña a los pies del castillo de Montiel, a la que había llegado con la intención de negociar una salida al cerco de que las tropas rebeldes le tenían sometido

«firiólo con una daga por la cara: é dicen que amos á dos, el Rey Don Pedro é el Rey Don Enrique, cayeron en tierra, é el Rey Don Enrique le firió estando en tierra de otras feridas. E allí morió el Rey Don Pedro».

Un fratricidio, no se olvide, que vino a vengar los tres previos ejecutados por Pedro sobre sus medio hermanos Fadrique, Juan y Pedro.

En cuanto a la legendaria frase atribuida a Bertrand Du Guesclin y su presunta cooperación necesaria en la muerte del Borgoña, lo único acreditable documentalmente es que tras el ascenso del bastardo el trono en abril de 1369, apenas un mes después, recibió el caballero francés las villas de Soria, Atienza y Almazán, además de 120.000 doblas de oro. Juzguen ustedes mismos.

En suma, escasos pero trascendentes crímenes los sufridos por los monarcas castellanos que, sin embargo, reafirman a la violencia fraternal como elemento fundacional de la sociedad política, no en vano, los seres humanos no luchan a muerte por ser diferentes, sino, más al contrario, por ser acentuadamente parecidos. Caín y Abel; Esaú y Jacob; Rómulo y Remo; Eteocles y Polinices, Hamlet y Claudio, Eduardo IV de Inglaterra y Jorge de Clarence, incluso, si me permiten la frivolidad, Rudy y Tom Jordache o los terroríficos hermanos Clegane, son ejemplos más que ilustrativos de ello.

El Autor

RAÚL C. CANCIO FERNÁNDEZ (Madrid, 1970). Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos. Miembro por oposición del Cuerpo Superior Jurídico de Letrados de la Administración de Justicia, desde el año 2003 está adscrito al Gabinete Técnico del Tribunal Supremo como Letrado del mismo, destino que compatibiliza con las funciones de analista en el Equipo de Análisis Jurisprudencial del CGPJ, Relator de jurisprudencia en la delegación española de la Asociación de Consejos de Estado y Jurisdicciones Supremas Administrativas de la Unión Europea y Observador Independiente del European Law Institute.

En julio de 2013 fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Aranzadi Editorial, del panel de expertos de la Cátedra Paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza y del portal divulgativo queaprendemoshoy.com, cuenta con una docena de libros editados como autor único, más veinte colectivos, y más de trescientos artículos publicados en revistas especializadas.

En cuanto a su labor docente, imparte anualmente el Practicum de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Carlos III, es Profesor Tutor del Máster de acceso a la Abogacía de la UNED, siendo ponente habitual en cursos y conferencias desarrolladas en el marco del Centro de Estudios Jurídicos de la Administración de Justicia.

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