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La cultura escrita en la Hispania del siglo VIII

por Javier Iglesia Aparicio
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Rosa de los vientos del Oracional de Verona, c. s. VIII

La cultura escrita en la Hispania del siglo VIII representa sobre todo un fenómeno de resiliencia intelectual y continuidad eclesiástica tras el colapso de la monarquía visigoda en el año 711. Este periodo, que a primera vista puede parecer un vacío documental por el escaso número de obras que nos han llegado, se caracteriza sobre todo por una intensa producción en el ámbitos de la teología dogmática y la liturgia, vertebrada principalmente por la metrópolis de Toledo y los núcleos monásticos del norte peninsular. Pero también existen crónicas históricas y otros tipos de géneros literarios.

La preservación del latín como lengua de cultura actuó como parte de la identidad cristiana frente a la pujante arabización de la sociedad andalusí que se irá produciendo a medida que avance el siglo VIII. No se ha conservado ninguna obra en árabe producida en al-Andalus en este siglo.

Crónicas históricas del siglo VIII

No es el siglo VIII un periodo que nos haya legado una gran producción cronística. Tan solo dos crónicas, sendas interesantes por ser, además de únicas, contemporáneas de la conquista musulmana de Hispania; y una historia sobre Mahoma.

Crónica del 741

La Crónica del 741 o Crónica arábigo-bizantina es una obra anónima que relata eventos del Imperio Bizantino y el mundo musulmán desde la muerte del rey visigodo Recaredo I (601) hasta el fallecimiento del califa omeya Yazid II (724) y el inicio del reinado del califa omeya Hisham b. Abd al-Malik. A pesar de terminar en el año 724, la obra se fecha tradicionalmente en el año 741, ya que en el capítulo 39 menciona la ascensión al poder del emperador León III (717-741) y describe la duración completa de su gobierno. Lo más probable es fuera escrita durante el califato de al-Walid II (743-744) pues se mencionan los nietos de Marwan I, que gobernaron durante este periodo, en el capítulo 31 de la obra.

Es una obra de autoría incierta, pero las investigaciones apuntan a un autor mozárabe, ya sea convertido al Islam o al servicio de un musulmán, con un posible fin propagandístico. Las fuentes utilizadas por el autor son diversas, incluyendo las Historias de los Godos de Isidoro de Sevilla, la Crónica universal de Juan de Nikiu, una crónica bizantina de origen sirio, una historia árabe y posiblemente fuentes orales de tradición árabe.

Crónica del 754

La Crónica mozárabe del 754, también conocida como Continuatio Hispana o Anónimo de Córdoba, es considerada por los investigadores como la fuente latina más importante para el conocimiento del fin del reino visigodo y la primera mitad del siglo VIII en la península ibérica. Aunque durante siglos se atribuyó erróneamente a un tal «Isidoro Pacense» (obispo de Beja), hoy existe consenso en que es una obra anónima redactada por un autor de sólida formación eclesiástica y gran cultura literaria. Aunque se ha propuesto el Levante peninsular o Toledo como lugares de redacción, muchos indicios apuntan a Córdoba. Esto se debe a su detallado conocimiento de las intrigas políticas en la capital andalusí y a la descripción de fenómenos astronómicos visibles específicamente desde allí.

El contenido de la crónica es ambicioso, pues ofrece una visión integrada de la historia mediterránea que abarca tres núcleos: la historia de Bizancio (desde Heraclio hasta Constantino V), la expansión del imperio árabe (desde su fundación hasta el fin de los Omeyas) y las vicisitudes de Hispania (desde el reinado de Sisebuto hasta el gobierno de Yūsuf b. ‘Abd ar-Raḥmān al-Fihrī).

Una de sus principales aportaciones es que narra los acontecimientos desde la perspectiva de los cristianos sometidos, alejándose de las interpretaciones providencialistas de crónicas posteriores para ofrecer una explicación de la caída de Hispania en términos puramente político-militares y de guerra civil. En definitiva, es el testimonio más fiel del complejo proceso de transición al dominio islámico en Hispania.

Historia de Mahoma

Un eclesiástico de Iliturgi (Mengíbar, Jaén) escribió, en el último cuarto del siglo VIII, una Historia Mahomet. La conocemos gracia a que Eulogio de Córdoba (s. IX) la encontró en un viaje a Pamplona y Leire diciendo que era obra de algún “nefando uate”. La copió y la transcribió en su Liber Apologeticus Martirum. La obra describe la vida y éxitos de Mahoma.

Teólogos y autores cristianos

El siglo VIII viene marcado dentro de la iglesia hispana por dos hechos determinantes: la división política y la apariciones de herejías como el adopcionismo y el migecismo. Como resultado de la invasión musulmana y la caída del reino visigodo, la península ibérica se va a dividir en dos grandes zonas políticas y culturales. El reino de Asturias y la zona de influencia franca, la Marca Hispana, en el norte peninsular, donde domina la religión cristiana; y la zona bajo poder musulmán: al-Andalus. Aunque la estructura eclesiástica va a seguir manteniéndose en todo el territorio con la autoridad del primado de Toledo, lo cierto es que va a existir fricciones entre los eclesiásticos del norte y los residentes en al-Andalus.

Y estas fricciones se verán sobre todo en el marco del auge de la herejía adopcionista, que fue apoyada incluso por el arzobispo Elipando de Toledo y tuvo a sus mayores detractores en el reino de Asturias. Este debate teológico va a ser el caldo de cultivo de la gran mayoría de autores y obras que nos han llegado procedentes del siglo VIII.

Tras la caída del reino visigodo permanece la estructura eclesiástica. Toledo continua siendo el centro cultural más relevante de este siglo. Una muestra de ellos es que la mayoría de los autores conocidos están relacionados con el entorno eclesiástico toledano. La Crónica del 754 en uno de su pasajes cita los hombres más ilustres de su época. Dos en Toledo; Evancio y Urbano, y el otro en Guadix, Fredeario:

Fredeario, obispo de Guadix, Urbano, maestro de canto de la catedral de Toledo, capital del reino, y Evancio, arcediano de la misma sede, eran considerados hombres ilustres, que engrandecían la Iglesia de Dios con su predicación, sabiduría y santidad, así como por su fe, esperanza y caridad, en todo conforme a las Escrituras.

Evancio de Toledo (m. c. 741) fue arcediano de la catedral toledana y autor de la Epistula de scripturis diuinis (o Epistula Visigothica). En ella combate a los cristianos de Zaragoza que seguían ritos alimenticios judaicos, defendiendo el consumo de sangre animal con argumentos patrísticos. (fallecido c. 741). De Frodoario II, obispo de Acci o Guadix no se sabe nada acerca de su obra.

Gracias también a la Crónica del 754 conocemos otros dos personajes relevantes en la cultura toledana del siglo VII: Urbano de Toledo y Pedro «el Hermoso». Ambos son descritos como melodici o cantores. Urbano fue un destacado teólogo y músico que sirvió de fuente oral para Cixila. Pedro, diácono toledano, redactó un librillo (hoy perdido) sobre la correcta celebración de la Pascua dirigido a los cristianos de Sevilla para corregir sus errores de cómputo.

Por último, Cixila de Toledo, arzobispo entre 774 y 783, redactó la Vita vel Gesta Sancti Ildephonsi. La obra narra milagros de san Ildefonso y santa Leocadia, estructurándose sobre testimonios orales de eruditos como Urbano y Evancio.

Quizás, si hubo otro centro cultural relevante en el siglo VIII, fue el monasterio de San Martín de Turieno en el valle de Liébana (actual Cantabria) gracias a la labor del presbítero Beato. Aparte de su lucha contra el adopcionismo, que veremos más adelante, Beato escribió la que seguramente es la obra más relevante e influyente del siglo VIII europeo: los Comentarios al Apocalipsis (Commentaria in Apocalypsin). Esta obra preparaba a los creyentes para el fin del mundo. El año 776 escribió una primera redacción. Este dato parece ser rigurosamente cierto si se atiende a determinados manuscritos que dan esta fecha como la transcurrida entre el nacimiento de Cristo y el momento en que se escribe la obra. El año 784, por las mismas razones, puede ser fechada otra edición del Commentaria. Una tercera ya que el año 786 fue la redacción definitiva de la obra, añadiendo la dedicatoria a Eterio de Osma y completándolo con el Comentario de san Jerónimo al profeta Daniel y las genealogías isidorianas, formando así un todo que ha sido el más recogido por los manuscritos que quedan.

Esta obra se difundió rápidamente por toda la Europa altomedieval y fue copiada en manuscritos iluminados que son conocidos como Beatos.

El debate en torno a las herejías

En el último tercio del siglo VIII cobran fuerza varias herejías en el seno de la iglesia católica hispana. La primera es el migecismo, predicada por Migecio en torno al 780 por al-Andalus. El arzobispo Elipando de Toledo escribió un carta contra él (Carta contra Migecio) y fue condenado en el concilio de Sevilla en torno al 785, aunque un grupo de seguidores pervivió hasta el siglo IX.

Pero fue otra herejía la que causó una profunda división entre el clero hispano: el adopcionismo. El debate sobre la naturaleza de Cristo generó el corpus escrito más extenso y polémico de la centuria, involucrando a las jerarquías de toda la península y a la corte carolingia. El defensor más destacado del adopcionismo era precisamente Elipando de Toledo del cual se conservan siete cartas, seis de las cuales se refieren a la disputa en torno al adopcionismo. Su obra refleja una sólida formación isidoriana y el uso de términos litúrgicos tradicionales hispanos para justificar que Cristo era hijo adoptivo en su humanidad. La cartas se dirigen sobre todo a la jerarquía dirigente de los carolingios: a Carlomagno, el erudito Alcuino, perteneciente a dicha corte; y a los obispos francos e italianos.

En esta labor de difusión del adopcionismo contó con el apoyo de Félix, obispo de Urgel, obispo de una zona que en el 788 pasó del emirato de Córdoba al reino franco. Aunque Félix trató de convencer en varias ocasiones a los obispos carolingios entre los años 792 y 794, fue condenado y amenazado con la excomunión. Finalmente, en el 799, abjuró de sus tesis y escribió su Confessio fidei, redactada tras el Concilio de Aquisgrán. Se tiene noticia de obras perdidas como su Disputatio cum Sarraceno.

Por otro lado, defendiendo la postura ortodoxa, estaban Beato de Liébana, Eterio de Osma y el obispo Theodulo o Teudula de Sevilla. Beato era el líder de la oposición más radical al adopcionismo. Junto a su discípulo Eterio, obispo de Osma, también refugiado en el norte, redactaron el Apologeticum adversus Elipandum (785), un tratado en dos libros que refuta sistemáticamente las tesis de Elipando con un lenguaje extremadamente violento. A este debate contribuyó probablemente ya en el cambio de siglo, el obispo Teudula de Sevilla con un Epítome en defensa de la fe tradicional.

Himnos y otras composiciones

La cultura escrita también se manifestó en himnos y otros tipos de versos con composiciones acrósticas que muestran el refinamiento literario de la época. Este es el caso de Ascárico, un obispo del norte (posiblemente de Astorga o Braga) del cual se conserva su Carmen ad Tuseredum, un poema de nueve versos con estructura acroteléstica, y una carta teológica dirigida al clérigo Tuseredo consultándole sobre la resurrección de los muertos.

Por otro lado, el conocido como Himno a Mauregato (O Dei Verbum). Una composición litúrgica de finales del siglo dedicada al rey Mauregato de Asturias (783-788). Es un documento de excepcional valor histórico por ser el primer testimonio escrito que aclama a Santiago como patrón de Hispania. Algunos estudioso han atribuido su autoría a Beato de Liébana pero no es posible confirmarlo.

Estudiosos de los himnos litúrgicos mozárabes coinciden en determinar que el corpus de dichos himnos se terminó de finalizar durante el siglo VIII. Uno de estos himnos merecen ser reseñados. Se trata del himno Tempore belli (En tiempo de guerra) es un himno litúrgico visigodo que no es simplemente una pieza de devoción, sino un testimonio vibrante y desgarrador de la fragilidad del reino visigodo. Según Díaz y Díaz, es un himno escrito después de una cruenta guerra, como petición al cielo de paz para los espíritus y para la sociedad. Por lo tanto, es posible que se escribiera en el siglo VIII, después de las derrotas frente a los musulmanes. No nos ha llegado en ningún manuscrito hispano, sino solamente en un manuscrito vaticano de origen centroeuropeo, el Cod. Vat.lat.82.

La escritura cotidiana: las pizarras visigodas

Frente a la gran producción literaria explicada en este artículo, en el siglo VIII pervivieron testimonios de la cultura escrita administrativa y escolar a través de las pizarras que se había desarrollado en siglos anteriores. Algunos ejemplares hallados en Diego Álvaro (Ávila) y en Navahombela y Aldealengua (Salamanca) pueden ser fechados en el siglo VIII.

Estas pizarras se utilizaban para ejercicios escolares (salmos, abecedarios, cálculos…), contratos de compraventa, inventarios y listas de nombres. Reflejan que el uso de la escritura, aunque rústica y arcaica, persistía en los ámbitos rurales para la gestión cotidiana.

Epigrafía del siglo VIII

En el norte peninsular, las élites del reino de Asturias recurrieron a la epigrafía monumental en latín para vincular su autoridad a la fe cristiana y consolidar sus centros de poder. Un exponente fundamental de esta corriente es la lápida de consagración de la iglesia de Santa Cruz en Cangas de Onís, mandada a erigir por el rey Fávila en el año 737. Este epígrafe, redactado en versos latinos, constituye uno de los monumentos inscritos más relevantes de la Alta Edad Media europea. Décadas más tarde, durante el reinado de Silo (774-783), la iglesia de Santianes de Pravia albergó una sofisticada inscripción acróstica en la que la frase conmemorativa del monarca se despliega en forma de laberinto, revelando el elevado nivel del ambiente cortesano de la época y la intención explícita de inmortalizar el patrocinio regio. También del siglo VIII es la escueta epigrafía de la ermita de las Santas Centola y Elena en Castrosiero, Valdelateja (Burgos) que indica su fundación por Fernando y Gutina.

Paralelamente, en los territorios que quedaron bajo control islámico o en zonas fronterizas de transición, las comunidades cristianas mozárabes mantuvieron la tradición hispanorromana y visigoda. La epigrafía mozárabe del siglo VIII se manifiesta principalmente en el ámbito privado y litúrgico mediante laudas funerarias, estelas y placas de relicario, principalmente en ciudades como Córdoba y Mérida. Estas piezas conservaron el tipo de letra visigótica y mantuvieron el cómputo cronológico basado en la Era Hispánica, un sistema de datación que sumaba treinta y ocho años al calendario juliano tradicional y que perduraría durante siglos en la península ibérica.

Aparte de las citadas, según el banco de datos del Archivo Epigráfico de la Hispania Tardoantigua y Medieval existen varias inscripciones que pueden ser datadas en el siglo VIII aunque con mucho margen cronológico. Referenciamso aquí solo aquellas que tienen una data exacta o alguna carcater´sitica que les hace ser con cierta seguridad atribuibles al siglo VIII:

Por su parte, la llegada de los musulmanes a Hispania introdujo un lenguaje gráfico completamente nuevo. Con la instauración del emirato de Córdoba a partir del año 756 bajo Abderramán I, el árabe comenzó a asentarse como lengua de administración y representación monumental. La epigrafía andalusí del siglo VIII se volcó en el alfabeto cúfico. Los primeros ejemplos de esta tradición se encuentran vinculados a las fases iniciales de construcción de la mezquita de Córdoba y al acuñamiento de numismática oficial. A través de versículos coránicos, nombres de gobernantes y fórmulas de bendición, la epigrafía islámica no solo decoró los nuevos edificios, sino que proclamó la presencia del nuevo orden político y religioso en la península ibérica.

Manuscritos del siglo VIII

Escasos son los manuscritos datados total o fragmentariamente en el siglo VIII que han llegado hasta nosotros.

Libellus Orationum u Oracional de Verona

El Libellus Orationum es un códice escrito, al parecer, en Tarragona a finales del siglo VII o inicios del siglo VIII, y conservado actualmente en Verona, donde se le cataloga como Verona Orational (Cód. LXXXIX).

Se trata de un códice que nos transmite la liturgia visigótica, el más antiguo de todos del tema, el único conservado elaborado antes de la conquista musulmana. En el margen de algunas de sus páginas se observan ciertos signos que podrían ser «neumas», pero que pudieran ser sencillamente las clásicas y conocidas probationes calami en forma de neumas, como aparecen en muchos códices, por la sencilla razón de que el manuscrito en cuestión contiene los textos de las oraciones que en sí no eran piezas musicales.

Rosa de los vientos del Oracional de Verona, c. s. VIII
Rosa de los vientos del Oracional de Verona, c. s. VIII

El fragmento de los Moralia in Job del Archivo Histórico Nacional

El testimonio más antiguo conservado en la Colección de Pergaminos del Archivo Histórico Nacional corresponde a un fragmento de la obra Moralia in Job de San Gregorio Magno, procedente de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid. Datado por la crítica paleográfica en los años finales del siglo VIII, este bifolio de pergamino fue utilizado históricamente como cubierta o refuerzo de la documentación judicial en un pleito tramitado ante la Chancillería. A pesar de su carácter fragmentario, la pieza posee un valor singular al mostrar las características maduras de la visigótica minúscula libraria en su fase inicial de consolidación, caracterizada por un ductus pausado, ligado sobrio y abreviaturas que enlazan directamente con la tradición de los scriptoria toledanos y norteños pre-carolingios.

El Homiliario de la catedral de Barcelona

El Archivo Capitular de la Catedral de Barcelona custodiado bajo la signatura Códice 120 alberga el denominado Divi Gregorii codex homiliarum in Lucam, a XXI ad XL, un manuscrito en pergamino fechado en la primera mitad del siglo VIII. Escrito en una elegante letra uncial hispánica con notorias influencias de la franja ultrapirenaica merovingia, el texto transmite veinte homilías evangélicas de San Gregorio Magno.

Este volumen testimonia los fluidos contactos culturales y litúrgicos entre la Tarraconense y el sur de la Galia durante los años inmediatos al colapso del reino visigodo, erigiéndose en el códice litúrgico eclesial más antiguo que se conserva de forma continuada en un archivo capitular de la península ibérica.

El Códice Ovetense de la Real Biblioteca de El Escorial

Conservado con la signatura Ms. R.II.18 en la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial y procedente de la catedral de Oviedo, el denominado Códice Ovetense o Misceláneo Ovetense es un manuscrito facticio de estructura sumamente compleja cuya elaboración abarca desde finales del siglo VII hasta el siglo IX. El núcleo original del volumen, redactado en caligrafía uncial hispánica de finales del siglo VII, fue completado y anotado a lo largo de todo el siglo VIII con textos de carácter científico, geográfico e historiográfico. Entre su contenido sobresalen el De natura rerum de San Isidoro de Sevilla, extractos de las Etimologías, la cosmografía de Julio Honorio y el Itinerarium maritimum Antonini.

El códice adquirió una importancia historiográfica trascendental debido a las anotaciones marginales y tablas de cómputo introducidas durante el siglo VIII y ampliadas a mediados del siglo IX por San Eulogio de Córdoba, quien restauró el manuscrito durante su viaje a los reinos del norte. En sus folios (especialmente en el folio 55r) figuran las grafías más antiguas registradas en suelo hispano y en el Occidente cristiano de los numerales arábigos y del concepto gráfico del cero, lo que demuestra que el volumen actuó como un cuaderno de trabajo científico e intercambio intelectual entre las comunidades eruditas mozárabes y asturianas durante el periodo omeya.