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Officium Palatinum y nobleza condal. La mayordomía en las cortes altomedievales leonesa y castellana

por Javier Iglesia Aparicio
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Oficio Palatino

Es de todos conocido que la Casa de Su Majestad (S.M) el Rey -no confundir con la Casa Real ni con la Familia Real- es un organismo de relevancia constitucional cuya organización y funciones, al pairo del artículo 65 de la Constitución, se desarrolla por el Real Decreto 434/1988, de 6 de mayo, que le define como el organismo que, bajo la dependencia directa de Su Majestad, tiene como misión servirle de apoyo en cuantas actividades se deriven del ejercicio de sus funciones como Jefe de Estado.

Si bien la Casa de S.M. el Rey que hoy conocemos fue creada de manera acentuadamente sucinta mediante Decreto 2942/1975, de 25 de noviembre ( y después reiteradamente reorganizada hasta el último Real Decreto 297/2022, de 26 de abril), su antecedente remoto debe situarse en la formación del Aula Regia o Palatium visigoda, a su vez tributaria del Consistorium Principis de la Roma imperial, que a la postre se convirtió en el órgano fundamental de gobierno del reino visigodo, incardinándose en ella las funciones consultivas, de tal modo que los propios monarcas lo enfatizaban en sus actos solemnes, empleando fórmulas que subrayaban el haberse tomado la decisión cum omni officio palatino.

Muy sintéticamente, esa Aula Regia estaba compuesta por los seniores palatii, magnates que no ejercían cargos en el officium del palacio, pero que formaban parte de él por su propio peso específico en la sociedad; en segundo lugar estaban los próceres, miembros del consilium privado de los reyes; los gardingos, que formaban el séquito armado del monarca y, por último, por los integrantes de la almendra fundamental, el officium palatinum o conjunto de los funcionarios, tanto jefes, o maiores, como subalternos, llamados mediocres o minores palatii, que se hallaban al servicio del monarca y que ejercían en puridad los oficios palaciegos.  

La naturaleza primitiva de los oficios de palacio, en la época altomedieval, era esencialmente personal y vinculada con el vasallaje al rey, el cual los nombraba por sus circunstancias personales y por la confianza que le inspiraban. En los siglos XIV y XV, sin embargo, esta arcaica naturaleza privada se fue patrimonializando, al sustanciarse el oficio como una suerte de retribución con el que el monarca recompensaba a sus partidarios, convirtiendo el primitivo oficio en merced de propiedad privada y por ello objeto de transacción.

En una primera clasificación de trazo grueso, podría distinguirse entre funciones de carácter civil (mayordomía, capilla, cámara, mesa del rey, aposentamiento, caballerizas, cazas, portería o pregoneros); de índole económico-fiscal (almojarife y contador); de orden burocrático (cancillería, notaría y scriptorium); y naturalmente, militares (armiger o alférez, condestable, almirante, mariscal, adelantado, alfaqueque, guarda mayor o escuderos, entre otros).

Nótese, en todo caso, que el sintagma «Casa del Rey» no aparece documentalmente hasta Las Partidas del Rey Sabio, debiendo referirnos a la curia regia para identificar este conjunto de oficios a lo largo de la monarquía hispana altomedieval, en la que el monarca no ejercía por sí solo las funciones del gobierno y de la administración, sino que era auxiliado por asambleas políticas formadas por los magnates seglares o eclesiásticos y por los oficiales del palacio, que componían el ya referido officium palatinum, o simplemente el palatium, que hacia la segunda mitad del siglo XI, se empezará a conocer con el término de curia regis, término empleado en la corte francesa y que fue adoptado inicialmente en Navarra y Cataluña, imponiéndose después en León y finalmente en Castilla con el advenimiento del navarro Fernando como su primer coronado.

La curia regia altomedieval era una asamblea palatina de carácter permanente que auxiliaba al rey en todo lo concerniente a la gobernación del reino, como órgano de consejo y como tribunal de justicia, ya fuere para decidir sobre matrimonios reales, exacciones fiscales, preparativos de guerra, cuestiones judiciales y eclesiástica, etc. Este ente estaba formado por el rey, la reina y la familia real; los obispos y, eventualmente, los abades de los principales monasterios; los oficiales mayores del palacio, a saber, el mayordomo, el armiger o alférez, el canciller y los notarios; los magnates o próceres seglares que acompañan al soberano, pertenecientes a los grandes linajes del reino y, finalmente, los gobernantes de las diversas tenencias o mandationes, que aparecen con el nombre de tenentes, imperantes, dominantes, etc.

Pues bien, dicho todo lo anterior, resulta interesante y oportuno comprobar la participación y presencia en este contexto administrativo palatino, de los magnates condales coetáneos a los monarcas leoneses y castellanos altomedievales y, en caso de ser así, qué linajes se integraron en la estructura palatina oficiante. Los vestigios documentales son ciertamente magros y disgregados, pero suficientes para detectar la presencia de la élite condal en la curia regia leonesa y castellana.

Es importante advertir, con carácter previo, que el grueso de la presencia de estos linajes condales en los oficios palaciegos se circunscribe casi totalmente al oficio más importante, el mayordomo real -el comites palatii visigodo y el maiordomus carolingio- que era el encargado de gobernar el funcionamiento del palacio, con jurisdicción sobre los otros oficiales subalternos – comes scanciarum, el comes spatariorum, el comes cubiculariorum, el comes thesaurorum o el comes stabuli. Y ello porque este oficio era el más antiguo y en el que pudieron converger un mayor número de miembros de la nobleza condal de ese periodo. Repárese en este sentido que las primeras noticias documentadas de los otros officium fueron posteriores o tangenciales al periodo condal. Los armigers asoman en diplomas de 904 y de manera muy residual; de los camareros mayores o camarlengos se tiene noticia en el año 1294, con la figura de Juan Mathé de Luna, que lo fue de Sancho IV; en cuanto a los llamados  oficiales de comer y beber – repostero, despensero y copero- nada se dice antes de Las Partidas; el primer físico real lo fue de Alfonso VI, Josef Ferrizuel, alias Cidello, que además de médico era su consejero íntimo; el aposentador también nace con Las Partidas alfonsinas; el estoque del rey (quien no recuerda a la mano del rey de los Lannister) surge en 1420 cuando se dice que don García Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, era el encargado de portar el estoque real delante de Juan II de Castilla; de los primeros porteros que hay razón, se sabe hasta sus nombres: Pedro de Oca, Domingo Pérez y Pedro, que lo fueron del rey Alfonso VIII; no hubo un oficio de Montero mayor hasta el reinado del primer Trastámara y en lo que concierne a los guardas mayores, en la crónica de Sancho IV se cita al portugués Esteban Pérez Florián como guarda del Rey.

Por todo ello, y centrándonos necesariamente en la figura del maiordomus y dejando de lado las primeras y epidérmicas referencias documentales durante el reinado de Alfonso III El Magno, es con Ramiro II de León -y gobernando en Burgos el conde Fernán González-, donde se documenta fehacientemente la presencia como mayordomo real de Iusvado Braoliz entre los años 917 y 928, quien tras su cese sería nombrado tenente de Luna y después, encargado de las tareas de repoblación de la Tierra de Ledesma tras la batalla de Alhándiga de 939, fundándose la localidad salmantina de Juzbado en honor suyo precisamente. Al referido Iusvaldo le sustituyó el conde Hermenegildo Aloitez, uno de los grandes magnates gallegos del siglo X, poseedor de un importante patrimonio familiar situado fundamentalmente en los territorios de Curtis, Vilasantar, Aranga y Sobrado. Su lealtad al rey Ramiro facilitó que fuera sustituido por su propio hijo Sisnando, que lo ejerció hasta la muerte de El Grande en 951. Con la llegada de Ordoño III al trono, Sisnando fue nombrado obispo de Iría. 

El desdichado Ordoño IV y Ramiro III contaron entre 963 y 973 con la ayuda de Ansur Gómez como maiordomus in domo regis, lo cual no tiene nada de extraño, pues además de proceder de una de las familias más proteicas del periodo condal castellano -los Banu Ansurez de los Montes de Oca-, el propio rey Ramiro era nieto por línea materna –Teresa Ansúrez– de Ansur Fernández, primer conde de Monzón, conde Castilla y bisnieto de Fernando Ansúrez, miembro de la Curia Regia de Ordoño II y también conde Castilla cuando sucedió en 926 al rebelde Nuño Fernández.

Otro poderoso y turbulento linaje condal, los Vela, establecido en Álava y tradicionalmente enfrentado al núcleo de poder condal radicado en Lara de los Infantes, también incorporó a uno de sus miembros en la mayordomía real de Sancho El Craso, no en vano, Froila fue uno de esos Vela o Velaz que se pusieron al frente de algunos partidarios del adiposo monarca y de un contingente musulmán, probablemente fronterizo, a fin de impedir la entrada de Ordoño IV en León a principios del mes agosto de 958. Ese primer servicio como mayordomo regio no le impidió incrementar su patrimonio junto a su esposa Jimena, constatable durante el resto del reinado de Sancho, que en diciembre de 966 murió envenenado en tierras portuguesas del Duero, sucediéndole en enero de 967 su hijo Ramiro III, de tres años de edad, que quedó bajo la tutela de su tía Elvira. Durante la regencia, Fruela y su esposa no perdieron influencia en la curia regia leonesa, destacando su asistencia a la solemne asamblea del palacio que el 29 de junio decidió la supresión del obispado de Simancas. La muerte de la regente Elvira no alteró la trayectoria política de Froila Vela, que siguió mostrándose muy cercano al joven Ramiro y a su madre Teresa Ansúrez en diversas cartas, entre las que cabe mencionar dos de Sahagún, la primera 16 de junio de 977: «Froila Velaz comes», la otra, de 23 de abril de 978, en la que vuelve a lucir el título de mayordomo del palacio: «Froila Vigilani et maiordomus».

Los Núñez de Cea no fueron menos que los citados linajes y Fernando Bermúdez aparece también como mayordomo de Ramiro III en 978. Nos cuenta Javier Iglesia Aparicio que este magnate era hijo de Bernardo Núñez, primer conde de Cea, siendo su primera aparición documental del 28 de agosto del 945 cuando es testigo (Fredenandus Virmudiz) de una donación de su tío el obispo Oveco al monasterio de Sahagún junto a su padre y otros tíos. Aún en vida de su padre aparece en tres documentos más: el 13 de agosto de 949 en la fundación del monasterio de Santiago de Valdavida junto a su padre y hermanos; junto al rey Ordoño III en una donación al monasterio de Sahagún (6 julio ¿952?) y confirmando una donación de su padre a Sahagún el 28 de julio del 955.

Tras la muerte de su padre, heredó la dignidad condal que aparece documentada por vez primera el 27 de septiembre del 960. El segundo conde Cea afianzó su posición al casarse con Elvira Díaz, hija del conde Diego Muñoz de Saldaña, con quien tuvo seis hijos, entre ellos, la futura reina de Pamplona, doña Jimena Fernández, esposa del rey García Sánchez II y madre, por tanto, de Sancho III El Mayor, parentesco que no dudaría en invocar años después para gobernar el condado de Cea, tras la muerte de su tío Pedro Fernández sin hijos varones.

Asimismo fueron mayordomos de palacio del rey Alfonso V, los nobles Munio Muñoz, conde de Álava y hombre de confianza de García III de Pamplona en ese territorio y Munio Flaínez, conde León y directamente entroncado con el Cid, a través tanto de su esposa Jimena, nieta de Fernando Flaínez, como por el cauce de Diego Flaínez, padre del Campeador.

La presencia no sólo de la nobleza condal, sino también del alto clero en las mayordomías reales se confirmó pocos años después cuando el célebre cronista Sampiro funge en un diploma fechado el 15 de noviembre del año 1000, como presbiter qui est maiordomus regis del rey Alfonso V. Un dato que también nos permite corroborar que el oficio de mayordomo se simultaneaba en ocasiones con otros cometidos, religioso como es el caso, o administrativo, como Fáfila Pérez, que sirvió a Bermudo III como maiordomus, pincerna in palacio y economus

Con la entronización de la dinastía navarra en Castilla, la figura del mayordomo se diluye apreciablemente, de hecho, en la documentación relativa al reinado de su primer monarca y último conde Castilla, Fernando I, no figura un sólo confirmante con el oficio de mayordomo, lo que puede responder no tanto a su inexistencia como que fuere ejercido el cargo por personajes de menor relevancia social. Sin embargo, nada más comenzar el reinado de su hijo Alfonso VI, en 1067, la figura del mayordomo reaparece en los diplomas con vigor, siendo su mayordomo el más íntimo colaborador del nuevo monarca a lo largo de su reinado, el conde Pedro Ansúrez, de los Banu Gómez. No menor alcurnia ostentaron sus sucesores en el puesto: Tello Gutierrez (1071-1075); Pedro Maurelliz (1075-1078), Pelayo Velitiz (1079-1086); Hermenegildo Rodríguez (1087-1095); Diego Fernández (1103-1105); el conde Fruela Díaz (1106) o Munio Gutiérrez (1108- 1110).

Si damos un enorme salto de diez siglos, la figura del mayordomo se mantiene durante los reinados de los tres últimos reyes borbones previos de la Segunda República, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII, correspondiéndole la jefatura de toda la organización palaciega y siendo denominado, desde 1840, jefe superior de Palacio. Sólo en tres ocasiones desde entonces, todas ellas en el reinado de Alfonso XIII (aunque las dos primeras fueron durante la regencia de María Cristina de Habsburgo), la Jefatura Superior y la Mayordomía correspondieron a personas distintas. La primera, entre 1886 y 1889, en que el jefe fue el marqués de Santa Cruz de Mudela y el mayordomo mayor interino el duque de Medina Sidonia. La segunda transcurrió entre 1891 y 1900, cuando Jefatura correspondió, esta vez, al duque de Medina Sidonia y la Mayordomía al duque de Sotomayor. Y la última, entre 1925 y 1927 en que la Jefatura la ostentó el marqués de Viana y la Mayordomía el duque de Miranda. Este último, Luis María de Silva y Carvajal es, por tanto, el último mayordomo real de la monarquía española, cargo extinguido con el cambio de régimen político de 1931, y que no se rehabilitó después, asumiendo sus funciones el nuevo cargo creado de Jefe de la Casa del Rey el 2 de diciembre de 1975, cuyo primer titular fue el marqués de Mondéjar, Nicolás de Cotoner.

El Autor

RAÚL C. CANCIO FERNÁNDEZ (Madrid, 1970). Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos. Miembro por oposición del Cuerpo Superior Jurídico de Letrados de la Administración de Justicia, desde el año 2003 está adscrito al Gabinete Técnico del Tribunal Supremo como Letrado del mismo, destino que compatibiliza con las funciones de analista en el Equipo de Análisis Jurisprudencial del CGPJ, Relator de jurisprudencia en la delegación española de la Asociación de Consejos de Estado y Jurisdicciones Supremas Administrativas de la Unión Europea y Observador Independiente del European Law Institute.

En julio de 2013 fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Aranzadi Editorial, del panel de expertos de la Cátedra Paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza y del portal divulgativo queaprendemoshoy.com, cuenta con una docena de libros editados como autor único, más veinte colectivos, y más de trescientos artículos publicados en revistas especializadas.

En cuanto a su labor docente, imparte anualmente el Practicum de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Carlos III, es Profesor Tutor del Máster de acceso a la Abogacía de la UNED, siendo ponente habitual en cursos y conferencias desarrolladas en el marco del Centro de Estudios Jurídicos de la Administración de Justicia.

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