Índice Poema Fernán González

Capítulo 718 – El capitulo de como el conde Fernand Gonçalez salio daquella prision.

Quando los castellanos sopieron que el conde era preso ouieron muy grand pesar, et fizieron por ende tamanno duelo como sil touiessen muerto delant. La condessa donna Sancha otrossi quando lo sopo cayo amortida en tierra, et yogo por muerta una grand pieça del dia. Mas pues que entro en su acuerdo dixieronle: «Sennora, non fazedes recabdo en uos quexar tanto, ca por uos quexar mucho non tiene pro al conde nin a uos. Mas a mester que catemos alguna carrera por quel podamos sacar por fuerça o por alguna arte o por qual guisa quier.» Desi ouieron so acuerdo et fablaron mucho en ello por qual manera le podrien sacar, et dizie y cada uno aquello quel semeiaua guisado; mas por tod esso aun non podien fallar carrera por o lo pudiessen fazer. Et porque el coraçon dell omne siempre esta bulliendo et penssando arte, fasta que falle carrera por o pueda complir aquello que a sabor, non queda, et la fuerte cosa se faze ligera de fazer desta guisa, ca el grand amor todas las cosas uence; et los castellanos tan grand sabor auien de sacar de prision a su sennor el cuende, que su coraçon les dixo qual serie lo meior. Desi ayuntaronse. D caualleros muy bien guisados de cauallos et de armas, et iuraron todos sobre los sanctos euangelios que fuessen todos con la condessa para prouar sil podrien sacar. Et desque esta jura fizieron, mouieron de Castiella et fueronse de noche; et non quisieron yr por carrera ninguna, mas por los montes et por los ualles desuiados por que los non uiessen los omnes, nin fuessen ellos descubiertos. Et quando llegaron a Mansiella la del camino, dexaronla de diestro, et alçaronse suso contra la Somoça, et fallaron un monte muy espesso et posaron todos alli en aquel monte. La condessa donna Sancha dexolos alli estar, et fuesse ella pora Leon con dos caualleros et non mas, et su esportiella al cuello et su bordon en la mano como romera. Et fizolo saber al rey de como yua en romeria a Sant Yague et quel rogaua quel dexasse uer al conde. El rey enuiol dezir quel plazie muy de buena miente, et salio a recebirla fuera de la uilla, con muchos caualleros, bien quanto una legua. Et desque entraron en la uilla, fuesse el rey pora su posada, et la condessa fue uer al conde. Et quandol uio, fuel abraçar llorando mucho de los oios. El conde estonces conortola et dixol que se non quexasse, ca a sofrir era todo lo que Dios querie dar a los omnes, et que tal cosa por reys et por grandes omnes contescie. La condessa enuio luego dezir al rey quel rogaua mucho, como a sennor bueno e mesurado, que mandasse sacar al conde de los fierros, diziendol que el cauallo trauado nunqua bien podie fazer fijos. Dixo el rey estonces: «Si Dios me uala, tengo que dize uerdad», et mandol luego sacar de los fierros. Et desi folgaron toda la noche amos en uno et fablaron y mucho de sus cosas, et pusieron como fiziessen tod aquello, segund que lo tenien ordenado, si Dios ge lo quisiesse enderesçar assi. Et leuantose la condessa de muy grand mannana quando a los matines, et uistio al conde de todos los sus pannos della. Et el conde mudado desta guisa fuesse pora la puerta en semeiança de duenna, et la condessa cerca dell et encubriendose quanto mas et meior pudo; et quando llegaron a la puerta, dixo la condessa al portero quel abriesse la puerta. El portero respondio: «Duenna, saberlo emos del rey antes, si lo touieredes por bien». Dixol ella estonces: «Par Dios, portero, non ganas tu ninguna cosa en que yo tarde aqui et que non pueda despues complir mi iornada». El portero cuedando que era la duenna et que saldrie ella, abriole la puerta et salio el conde; et la condessa finco dentro tras la puerta encubriendose del portero, de guisa que nunca lo entendio. Et el conde, pues que salio, non se espidio nin fablo, por que por uentura non fuesse entendudo en la boz et se estoruasse por y lo que ell et la condessa querien: et fuesse luego derechamientre pora un portal, de como le conseiara la condessa, do estauan aquellos dos caualleros suyos atendiendol con un cauallo. Et el conde, assi como llego, caualgo en aquel cauallo quel tenien presto, et començaronse de yr, et salieron de la uilla muy encubiertamente, et dieronse a andar quanto mas pudieron, derechamientre poral logar do dexaran los caualleros. Et quando llegaron a la Somoça, fueronse pora a aquel mont do aquellos caualleros estauan atendiendo; et el conde, quando los uio, ouo con ellos muy grand plazer como omne que saliera de tal logar.

Capítulo 718 – El capítulo de cómo el conde Fernán González salió de aquella prisión.

Cuando los castellanos supieron que el conde estaba preso, tuvieron gran pesar, e hicieron tan gran duelo como si lo tuvieran de cuerpo presente. La condesa doña Sancha, cuando se enteró, perdió el sentido y se desvaneció durante mucho rato. Y cuando volvió en sí le dijeron: «Señora, no adelantáis nada con quejaros tanto, que el que os quejéis así, no ayuda nada al conde ni a vos. Mas es preciso que busquemos el modo para liberarle, por la fuerza, por astucia o por cualquier otro modo».

Luego se reunieron y trataron mucho sobre el modo en que pudieran sacarle; cada uno decía lo que mejor creía; mas, aún así, no podían encontrar el modo para lograrlo. Y como el corazón humano siempre está bullendo y maquinando hasta lograr los medios para obtener lo que desea, no cesa y hace livianas las cosas pesadas, porque el gran amor supera todas las dificultades. Y los castellanos tenían tan gran deseo de sacar de la prisión a su señor el conde, que su corazón les dijo cuál sería lo mejor.

Se reunieron quinientos caballeros muy bien pertrechados con caballos y armas, y juraron sobre los santos evangelios que irían todos con la condesa para intentar liberarle. Cuando hicieron este juramento, salieron de Castilla, cabalgando de noche, y no queriendo ir por caminos, sino atravesando montes y valles escondidos para que no les viese nadie ni fueran descubiertos. Cuando llegaron a Mansilla del Camino, dejáronla a la derecha y subieron hasta Somoza; allí encontraron un monte muy espeso, donde descansaron todos. La condesa doña Sancha los dejó allí, y ella, acompañada de dos caballeros se fue para León, con su esportilla al cuello y su bordón en la mano como romera.

Y le hizo saber al rey que iba en romería para Santiago y que le rogaba que le dejase ver al conde. El rey le envió a decir que accedía con mucho gusto, y salió a recibirla fuera de la ciudad, con muchos caballeros, a una legua aproximadamente. Cuando entraron en la villa, el rey se fue a su palacio y la condesa a ver al conde. Y cuando le vio, fue a abrazarle llorando mucho. El conde entonces la animó y le dijo que no se quejase que el sufrimiento era todo el que Dios quería dar a los hombres y que estas cosas sucedían a los reyes y a los grandes hombres. La condesa mandó luego decir al rey que le rogaba como a señor bueno y magnánimo que ordenase quitar las cadenas al conde, dándole a entender que el caballo trabado nunca podría hacer bien hijos. Dijo entonces el rey: «Dios me valga, creo que dice la verdad», y le mandó desencadenar y holgaron toda la noche los dos juntos y hablaron mucho de sus cosas y trataron cómo hacer todo aquello, tal como estaba organizado, si Dios les ayudaba.

Levantóse la condesa muy de madrugada, al toque de los maitines, y vistió al conde con sus propios vestidos. Y el conde disfrazado de este modo se dirigió a la puerta como si fuera la señora y la condesa junto a él ocultándose lo mejor que podía. Cuando llegaron a la puerta dijo la condesa al portero que le abriese la puerta. Este respondió: «Señora, hemos de decírselo antes al rey, si os parece bien». Entonces ella repuso: «Por Dios, portero, no ganas tú nada con que yo esté aquí más tiempo y no pueda cumplir mi jornada».

El portero, creyendo que era la dueña la que salía, le abrió la puerta y salió el conde; y la condesa quedó dentro, tras la puerta, ocultándose del portero, de manera que nunca lo descubrió. Y el conde, al salir, ni se despidió ni habló para que no fuera descubierto por la voz y se estropease por ello lo que habían tramado la condesa y él. Y se dirigió a un portal, como le aconsejó la condesa, donde estaban aquellos dos caballeros suyos esperándole con un caballo. El conde, en cuanto llegó, montó en aquel caballo que le habían preparado y comenzaron a cabalgar. Salieron de la villa muy ocultamente y se pusieron a galopar hacia el lugar donde habían dejado a los demás caballeros. Y cuando llegaron a Somoza, se encaminaron hacia aquel monte donde esperaban los caballeros; y el conde, cuando los vio, sintió una gran alegría, como hombre que salía de tan lúgubre lugar.